Política

Mercadotecnia y política, Aladino y Trudeau

septiembre 21, 2019

A finales del próximo mes de octubre los canadienses acudirán a las urnas para decidir si renuevan su confianza en el Partido Liberal encabezado por el actual primer ministro Justin Trudeau. Cuatro años después de que ese partido derrotara contundentemente a los conservadores, sus perspectivas para la reelección lucen inciertas. La revelación de fotografías y videos de 2001 donde Trudeau aparece disfrazado de Aladino con la cara pintada de negro ha sido el más reciente golpe propagandístico contra el otrora rockstar de la política internacional. Así, a un mes de la elección general, las encuestas más recientes colocan a liberales y conservadores prácticamente empatados en las preferencias electorales.

Resulta interesante el impacto que la divulgación de estas fotografías ha tenido en la campaña electoral, así como el sentido discurso por parte del líder conservador Andrew Scheer en el que se mostró visiblemente afectado por la supuesta insensibilidad de su competidor lo cual, en su opinión, lo torna incapaz de continuar liderando a Canadá. Y digo interesante porque, piénsese en contraste con lo que pasó en el vecino Estados Unidos cuando se divulgaron las vulgares grabaciones de Donald Trump en las que presumía que por su condición de millonario podía acercarse a manosear a cualquier mujer sin que se le dijera nada. Ciertamente también hubo una indignación mediática generalizada, no obstante, el impacto en la imagen y preferencias del entonces candidato republicano fue prácticamente inexistente.

Tampoco es que Trudeau vaya a perder la elección por el escándalo fotográfico (la carrera ha estado cerrada desde el inicio de las campañas), pero el hecho de que sus rivales estén buscando explotarlo hasta donde sea posible en el ciclo mediático revela una característica esencial del primer ministro: su éxito político ha dependido principal – y casi exclusivamente – de su imagen, por lo cual un ataque efectivo contra ésta sí puede resultar decisivo en una contienda tan cerrada como la que se anticipa en el país norteamericano. Así como Trudeau saltó a los primeros planos de la política canadiense mediante una pelea de box contra un senador conservador en 2012 – un evento de mercadotecnia política – bien pudiera ocurrir que el punto de inflexión en su declive terminara siendo detonado por otro evento, en este caso un error, de mercadotecnia y manejo de imagen.

Más allá de las consecuencias concretas que termine o no teniendo este hecho para la composición del nuevo Parlamento canadiense, el caso de Trudeau es emblemático porque creo que representa uno de los últimos estertores de una lógica de campaña y de gobierno que ha sido más bien nociva para el quehacer político no sólo en Canadá sino a nivel mundial; a saber, el sometimiento de la política a las teorías, estrategias y métodos del marketing, con lo cual éstos han terminado de vaciar a aquella de su contenido histórico y eminentemente social para convertirla de una transacción privada entre un comprador (el elector) y un vendedor (la oferta política).

Todavía sin haberse divulgado las fotos del Aladino quebecuá, la periodista Ashifa Kassam atinadamente describió la última década en la vida de Justin Trudeau como "el ascenso y caída de una marca política" (https://bit.ly/2TVfo2r). En ese reportaje, publicado por el diario británico The Guardian, Kassam contrasta de manera clara la imagen que construyó Trudeau para posicionarse como el paladín global del progresismo en un mundo amenazado por el ascenso de líderes con inclinaciones autoritarias en ambos lados del Atlántico, con su manera en que de hecho ha ejercido el poder. En el ámbito de la imagen, se presenta a un primer ministro con un gabinete paritario que defiende esa decisión "porque es 2015" – una icónica frase que, después se supo, estuvo cuidadosamente coreografiada. Y en el ámbito del ejercicio de gobierno se muestra más bien a un político tradicional, con un estilo de mando vertical y que en poco se apartó del consenso de las elites políticas y económicas de Montreal, Toronto y Ottawa – el ejemplo más claro son las acusaciones en su contra por supuesto conflicto de interés en un juicio por corrupción.

En cuatro años, entonces, Justin Trudeau ha quedado expuesto más como un producto de la mercadotecnia que como una alternativa política clara y sincera. En ese sentido, y más allá del resultado de la elección general canadiense, espero su experiencia pueda leerse como una señal más de la urgente necesidad de volver a colocar a la Política en el centro de los asuntos públicos. Inevitablemente, las estrategias de mercadotecnia seguirán presentes en toda campaña electoral y como auxiliares en la comunicación política de todo gobierno; el tema es que permanezcan como herramientas y técnicas al servicio de la Política y no, como ha sido en las últimas décadas, se someta a ésta a una lógica de super-mercado en donde todo se reduce a transacciones de compraventa. La política no es, no puede ser eso. Por nuestro propio bien.

Twitter: @jesevillam