Cuando Dios ha sido acusado de hostigamiento sexual
agosto 15, 2019 | María José García Oramas

En los últimos tiempos hemos visto escalar de manera exponencial el problema del hostigamiento sexual, es decir, de las violencias que se ejercen entre las personas que mantienen una posición jerárquica, en la gran mayoría de los casos ejercida por un hombre hacia una mujer.

La relación de subordinación de las mujeres hacia los hombres es estructural, dado que vivimos en sociedades androcéntricas y patriarcales. Por ello, han tenido que pasar siglos para que las mujeres violentadas empiecen a contar sus historias y generalmente lo hacen en la vida adulta, luego de callar, a veces hasta por decenas de años. El silencio generalizado encuentra sus raíces en la falta de voz de las mujeres y en el consecuente temor a las represalias que conlleva hablar, tanto por parte del propio acosador como de la opinión pública, incluso de las personas más allegadas a la víctima, y cuanti más, si el agresor goza de prestigio y reconocimiento social. Y es que los agresores se presentan ante sus víctimas como dioses, personas a las que ellas tienen que adorar y servir incondicionalmente, incluso se han atrevido a marcarlas corporalmente como objeto de su propiedad, tal y como lo hemos visto en el caso de la secta Nxivm y de su líder Keith Rainiere.

Las denuncias desde plataformas como #Metoo van tocando a personas cada vez más cercanas a los dioses del olimpo: gobernantes, empresarios, artistas y funcionarios de toda índole. Ahora le tocó el turno a Placido Domingo, una figura de renombre mundial, quien además es muy querido y apreciado por el público en general, y por lo menos así lo parecía, también por la comunidad artística. Sin embargo, el secreto a voces se ha expandido y lo que en el medio artístico que le rodeaba pareciera conocerse desde hace años. Hoy ha salido a la luz al ser acusado por hostigamiento sexual, hasta el momento, por nueve mujeres. Sólo una de ellas ha dado su nombre y cuando le preguntaron sobre lo sucedido su respuesta fue: "¿quién puede decirle a Dios que no?"

Todo ello nos habla de la condición jerárquica entre víctima y victimario, y de la situación histórica de subordinación de las mujeres hacia los hombres en un régimen patriarcal como el que aún seguimos viviendo, tema que es imperante abordar para la procuración de justicia. Considero que, de entrada, la justicia debiera dejar de representarse como una mujer con los ojos vendados porque lejos de ser un símbolo de la neutralidad con que se emite un juicio, lo que representa es el velo en los ojos que cargan las mujeres sosteniendo una balanza falsamente equilibrada.

Nos enfrentamos a relaciones jerárquicas tan abismales como es el caso de una camarera afroamericana en un hotel frente al director del FMI, o una joven que sueña con ser actriz frente a un poderoso productor como Harvey Weinstein, o una bailarina en búsqueda de fama frente a Plácido Domingo. El hecho de que las mujeres hayan permitido –o no– actos de hostigamiento sexual, que van desde caricias no consensuadas hasta violación sexual, y que tarden años en denunciar, alude a formas de violencia estructural sustentadas por siglos de patriarcado.

Considero entonces que el verdadero problema al que nos enfrentamos no es al linchamiento del colectivo masculino en general, y en lo particular, de personas inocentes por venganzas personales, sino al reconocimiento de lo relevante que es hoy en día repensar los mecanismos de promulgación de leyes y de impartición de justicia que han sido regidos por los hombres, y por ende, han estado sustentados en un orden social de dominación masculina. El mundo de la abogacía tiene, necesariamente, que incluir la perspectiva de género y enfrentar los desafíos que imponen este tipo de faltas en las cuales el testimonio de la víctima es vital, puesto que se trata de faltas que ocurren en la intimidad, sin testigos y en contextos que generan indefensión y subordinación extremas. Pretender que una víctima exponga hechos con "exactitud" luego de muchos años, cuando la memoria es un proceso complejo; que se presenten pruebas cuando el agresor comete el acto bajo amenazas y deliberadamente buscando no dejar ninguna evidencia, son ejemplos que vuelven imperante el poner en cuestión los mecanismos de presunción de inocencia, de acceso a la justicia y de debido proceso, para abordarlos desde nuevas y develadas miradas con perspectiva de género. Las leyes no son inmutables, responden a las necesidades sociales y el Derecho es, finalmente, una ciencia del área de las humanidades. Sólo así las mujeres podrán decirle a Dios que no, se atreverán a enfrentarlo y a emprender un proceso penal si así lo deciden.

Nos toca a las mujeres no limitarnos únicamente a alzar la voz para denunciar, sino apoyarnos jurídicamente unas a otras para re-configurar los mecanismos actuales de la procuración de justicia. No podemos pretender un "mea culpa" de los agresores aceptando sin más las acusaciones en su contra, porque ya conocemos sus respuestas: "se trata de hechos inexactos que no se me han comprobado", "quizá actué de manera inconveniente pero los cánones eran otros", "hubo siempre consentimiento" etc., etc. El camino a recorrer es largo y difícil, y no puede seguir en manos de los hombres, porque si es así hasta Dios quedará impune y el silencio seguirá imponiéndose a las inocentes.

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