Política

Seriedad

agosto 13, 2019

El domingo pasado la Iglesia Católica por medio de su vocero en la Diócesis de Orizaba, insistió en la idea civilizatoria en que nadie tiene el derecho de suprimir la vida de otro ser humano. Un principio elemental de toda cultura, inclusive las culturas belicistas. Un principio básico común a las especies para asegurar su permanencia y diversidad por medio de la transmisión genética.

El vocero sacerdote, Helkyn Enríquez Báez, en referencia a los hallazgos macabros de los últimos días a la vera de la autopista Córdoba-Puebla, insistió en asentar su entendimiento de los principios éticos que sientan las reglas del juego de la convivencia social. Esto es, la condena del homicidio doloso como método disuasivo o de convencimiento para obtener lo deseado.

Está muy bien, es algo que las religiones de raíces semíticas comparten. Esto es, el judaísmo, todas las modulaciones del cristianismo contando a la católica y, desde luego, el Islam. Conceptualmente. Nada más. Basta otear la historia y el mundo actual para caer en cuenta que tales religiones suelen hacer lo contrario de lo que predican porque o suelen ser funcionales al poder, o son orgánicamente parte sustantiva del poder del Estado.

Ahí están Israel, Arabia Saudita, Irán, el Reino Unido y los propios Estados Unidos para demostrar que la prédica de valores hechos por las religiones son flexibles. Les recuerdan a las autoridades –y también a los criminales– que a ninguno de ellos les está permitido eliminar un ser humano de modo arbitrario. Es verdad.

Pero el sacerdote vocero incorpora un matiz que demerita y desvirtúa su discurso. Mezcla y adultera el concepto de la violencia criminal con el de la decisión de una mujer de interrumpir la gestación. Dice que el aborto genera cultura de muerte e insensibilidad hacia la vida. Lo cual no sólo es absolutamente falso, sino que equipara el eventual imperativo de interrumpir un proceso de gestación con el homicidio doloso, el asesinato.

Bienvenido el compromiso político de la Iglesia Católica de defender de la violencia a la población y ser un factor que sume a la pacificación y serenado de la sociedad; la cual no solamente está profundamente dolida sino traumatizada por más de una década horrores que han exacerbado patologías gravísimas como la misoginia y la homofobia letales.

Pero, piedad, los tiempos no están para mezclar mañosamente conceptos de naturaleza distinta y tratar de homologarlos. La interrupción volitiva de la gestación es un derecho y debe ser reconocido como tal sin regateos gazmoños y timoratos que agravan la indefensión de las mujeres en una sociedad misógina.

Que se sume la Iglesia de forma colaborativa a cambiar el ambiente de suspicacia y franca desconfianza está muy bien. Pero que no deslice en un acto de aparente buena voluntad y empatía una agenda que violenta el derecho de las mujeres.