Política

MIL PALABRAS

agosto 11, 2019

Son muy pocas para rendirle homenaje a Toni Morrison, quien jamás desperdició tinta en su novelística, compuesta por once piezas. Pongamos por caso Beloved (1987), la más conocida, incluso llevada a la pantalla grande por Jonathan Demme y Oprah (y también la más controvertida, recuérdense, sino, las reacciones de Stanley Crouch y Harold Bloom quienes, en su momento, la calificaron como una "tendenciosa letanía de atrocidades").

En esa novela, tres simples letras en un listado de iglesias –el acrónimo AME, African Methodist Episcopal–, envuelven una clave que nos lleva a develar varios misterios, algunos autobiográficos como el de su propia religión familiar y su temprana conversión al Catolicismo. Otros relacionados con hechos históricos del siglo XIX cuando varios grupos religiosos estaban activos en la lucha antiesclavista. Los enzarza, mediante creaciones ficcionales –una fantasmagórica casa para siervos desechados por el sistema– con movimientos abolicionistas que desembocarán en la lucha por los derechos civiles del último tercio del XX con el potente discurso del mismísimo Martin Luther King.

El lenguaje es en Morrison esa ave suave y blanda puesta al tacto de la sabia ciega a quien aludió en su discurso de recepción del Nobel 1993: puede perder la vida si es lastimada por manos inmaduras, ávidas y apresuradas o puede "pasar la voz", traspasar paredes y desencadenar los grilletes de la miseria humana para sobrevolar, con toda su fuerza, campos fructíferos y elevarse a altitudes de verdadera comunión entre nuestra especie. El padre de Chloe Ardelia Wofford (con ese nombre nació en Lorain, Ohio, el 18 de febrero de 1931) soldaba barcos y solía firmar con sus iniciales su labor; siete letras, B-E-L-O-V-E-D, son grabadas con sumo dolor y a un altísimo precio sobre la lápida que sintetiza siglos de esclavitud; una enfurecida Violet navajea su rúbrica sobre el rostro de la amante muerta (Jazz, 1992); Florens (A Mercy, 2008) raspa con un clavo sobre piso y paredes de madera signos que atestiguan su florecimiento moral; Connie y sus amigas colorean siluetas para exorcizar sus más íntimos demonios en el fondo del Paradise (1997)…

Al igual que estas figuras medulares en su vida y narrativa, Morrison forja su lenguaje con sumo cuidado hasta provocar una experiencia estética constituida no sólo por el placer sino también por la puesta en juego de una inteligencia que nos responsabiliza como lectores y conlleva la toma de partido. La suya es, para usar la expresión de Steiner, "una apuesta a favor de la trascendencia" construida a partir de un desafío artístico para afrontar estragos del capitalismo rapaz, racismo y discriminaciones de diverso tipo, incluidas, por supuesto, las de clase y género.

Es heredera de la tragedia griega y de la literatura bíblica, así como de Melville (Moby Dick figuraba entre sus libros de cabecera), Faulkner y Woolf. La suya es una voz impregnada por las tantas voces negras acalladas que como editora se encargó de revivir en The Black Book (1975 y 2009): una suerte de álbum visual de evidencias de la vida –pesarosa, doliente y, con todo, llena de música, danza y alegría– anterior a la guerra fratricida que separó Norte y Sur en los EU. También se encargó de dar a conocer, en 1975, la autobiografía de Muhammad Ali, así como la obra de autoras hasta entonces poco conocidas como Angela Davis, Gayl Jones y Toni Cade Bambara.

En suma, contribuyó a desencadenar una política editorial propia del movimiento literario afroestadunidense y abrirle camino a autores que años más tarde cobrarían importancia inusitada, tales como Nikki Giovanni, Audre Lorde, Alice Walker, Paula Marshall e Ishmael Reed.

Sin embargo, flaco favor le haríamos encasillándola en uno de esos compartimentos guetificados que tanto suelen gustarle al mainstream estadunidense. Nada más lejano a Morrison. Los suyos son temas universales perfectamente geolocalizados en contextos específicos: el dolor, la búsqueda y el ejercicio de la libertad, la comprensión de lo que nos hace diferentes, las relaciones entre madres e hijas, el pesar por el bien ajeno, la capacidad sacrificial. En su faceta de ensayista, Morrison se encargó de hacerle ver a la crítica literaria estadunidense cómo los grandes temas que obsesionan a ese país –la autonomía, la autoridad, la novedad, la diferencia y el poder absoluto– se han fraguado siempre a partir de lo que denomina "africanismo", es decir, la manera en la que las presencias no blancas y que comparten rasgos africanos o han sido africanizadas, son tratadas literariamente para construir ese Otro distinto al blanco. Por "africanismo", entonces, debe entenderse el amplio rango de puntos de vista, presuposiciones y asunciones que se aplican desde una perspectiva eurousacéntrica de la Otredad. Éste es el núcleo de sus imprescindibles ensayos Playing in the Dark (1992) y el muy reciente The Origin of Others (2017).

Su obra es clave en la rememoración y la reparación de la esclavitud en los Estados Unidos pero también para penetrar en las honduras de la experiencia cotidiana que nos hace esclavos –aquí y ahora– de las distintas violencias ejercidas por el biopoder y la dueñidad (los términos son de Rita Segato), con la desarticulación comunitaria y el vacío espiritual que nos dejan. Nada tan pertinente en este momento de neofascismos y resurgimiento de movimientos de supremacía blanca de la era Trump. Tiene sentido leerla en México porque el entrenamiento de la imaginación estética promete contribuir a cambiar el rumbo que nos están marcando los hechos recientes. Morrison nos deja un legado que apela a nuestra conciencia individual y comunitaria porque también nosotros somos sus personajes minorizados, rechazados, marginados.

La imaginación moral de Morrison, sus ideales puestos en acción dramática, nos impelen a tomar decisiones personales. Desde nuestras aparentemente insignificantes microesferas, podemos elegir si seguimos festejando cuando nace en nuestra familia un/a niño/a de piel más clara, si seguimos empeñándonos en "mejorar la raza" (The Bluest Eye, 1970); si la imagen narcisista y el estatus social seguirán siendo nuestros imperativos (Tar Baby, 1981; God Help the Child, 2015); si discriminamos al inmigrante y al distinto (Love, 2003; Home, 2012); si es mejor continuar con una visión individualista o si debiéramos cambiar hacia un proyecto común (Sula, 1973; Song of Solomon, 1977)... Parecieran elecciones menores, pero no lo son. Tampoco es que sean temáticas reductibles a una simple moraleja. Pero sí contribuyen a que, desde nuestro estado de Veracruz, nos cuestionemos sobre qué son la libertad y la responsabilidad social, en qué consisten, cómo se logran… Esa ave que es el lenguaje-vida, sonoro y audible, liberando una energía cautiva a través de ondas capaces de provocar cambios, está en nuestras manos: de nosotros depende que siga viva.

* Profesora-investigadora del Instituto de Investigaciones en Educación de la Universidad Veracruzana. Ha publicado ensayos sobre la obra de Morrison en La Palabra y el Hombre, Semiosis, Anuario de Letras FFyL-UNAM y en los libros Leer, escribir, traducir (Bonilla Artigas Editores) y El poder de la memoria (UV). www.uv.mx/personal/ivillegas

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