Política

Tiempos de infexión

agosto 07, 2019

Entre la espectacularidad ridícula del control de daños estadounidense por las masacres recientes, la clara vinculación del hecho de una de ellas con los ambientes de confrontación creados por el propio presidente Trump, la exhibición continua de decadencia por sus ocurrencias misceláneas durante más de dos años, y las consecuencias múltiples que esto tiene para el país en medio de la cacofonía mediática por el estilo del presidente de ese país, el gobierno mexicano reivindica la vieja tradición soberana de lidiar con las realidad de la forma en que se pueda siempre que no vulnere los elementales principios de soberanía e independencia y, desde ahí, con mucho respeto, eso sí, todavía clavar en el morrillo del toro (en una lidia que no debiera ser) una divisa colorida por el mal enfoque que sobre el control de armas tienen tanto republicanos como demócratas. Una larga discusión en la que el establishment político estadounidense es incapaz de resolver porque tanto unos como otros han recibido importantes donaciones para sus campañas. El problema es que los militantes supremacistas blancos en todas sus versiones (los minute men entre ellos) aprovechan ad nauseam la permisividad. La propia vocería de la cadena Walmart ha anunciado que el evento no impedirá que siga vendiendo armas y municiones.

Tanto las acciones anunciadas por el gobierno mexicano como la crítica deslizada ayer por la mañana en la conferencia de prensa mañanera en el sentido de que los representantes de ambos partidos hacen un mal enfoque del problema, colocan al gobierno mexicano en la posición que solía tener antes de la pesadilla neoliberal. Aquella que votó, a pesar de las presiones norteamericanas, en contra del bloqueo a Cuba en la OEA en octubre de 1960. Luego de Trump fuera invitado al país por Peña y Videgaray en plena campaña electoral de ese país, los niveles de auto respeto y dignidad nacionales se hundieron. El actual gobierno reestablece las tradiciones diplomáticas republicanas.

Eso posicionará de nueva cuenta a México en el concierto de las decisiones regionales a favor de los intereses de los países al sur del río Bravo. En un contexto hostil distinto, el país recupera su tradición y, con ella, sus capacidades de negociación entre pares legales. Esto es sustantivo y tendrá un impacto inmediato en el intercambio de notas y mensajes intergubernamentales en esta crisis humanitaria migrante.

Estados Unidos ha desatado una guerra comercial con China y eso tendrá profundas consecuencias en lo inmediato. Por lo pronto, China ha devaluado su moneda significativamente y habrá que ver la oleada de importaciones chinas que están por invadir a los Estados Unidos. Es una mala y peligrosa configuración del concierto mundial. Las consecuencias son imprevisibles, incluso pueden ser violentas.

De forma indirecta, el affair beneficia al estado de Veracruz, porque esto constituiría el preámbulo de la definición de nuevas reglas del juego para el tratamiento de la migración.

Será un proceso largo, en ocasiones difuso, pero que lo menos que resultará de ello es una contención de la agresión de estado a migrantes. Se redifinirá el paradigma y México tiene voz destacada en ello. No son malas noticias si se atiende al aluvión de malas nuevas que el país ha debido procesar en los últimos 18 años.