Política

Limpieza, justicia y juicio

agosto 05, 2019

La tragedia vivida en el país durante dos sexenios es el resultado del robo electoral que hizo el sistema de complicidades en contra de la voluntad de los electores mexicanos en 2006. Visto en perspectiva, Felipe Calderón resultó ser el hombre más peligroso en la historia mexicana. Mucho peor que cualquier villano satanizado desde temprano en los libros de texto de la Historia Nacional. Mucho más dañino que Antonio López de Santa Anna, quien perdió la guerra de Texas y con ello poco más de la mitad del territorio nacional que, por lo demás, era un territorio apenas poblado por mexicanos empobrecidos y algunos hacendados criollos. Pero la impronta de Calderón no es ninguna pérdida territorial (que las hay, y sobradas, en concesiones a mineras canadienses y concesiones carreteras a constructoras españolas), sino la muerte a escala industrial. Un festín pantagruélico de matanzas, desapariciones y violencia.

Felipe Calderón sigue activo, y brega por meter las narices en los procesos decisorios del país. Y aunque él, por sí mismo, apenas valga el vaso de la cuba que se bebe, hay quien respalda con discreción, pero con mucho dinero, lo suficiente como para diluir la percepción del rechazo hacia su persona.

Dipsómano reconocido, el ex presidente no es brillante pero sí obseso. Su ambición y completa ausencia de escrúpulos lo llevó a la presidencia, lo que a su vez derivó en la guerra intestina que seguimos viviendo, y ahora pretende regresar a la vida política como diputado federal en 2021 y, en un descuido, regresar a la presidencia por medio de un partido político que postule a Margarita Zavala o a alguien más cuyo desprestigio no sea tan profundo, pero a quien pueda dirigir.

El problema no son los dudosos y cuestionables atributos del ex presidente, sino las posibilidades que le ofrecen desde el frente económico quienes se han visto afectados con su llegada a la presidencia.

El fraude en las urnas y en la informática hizo que Felipe Calderón fuese declarado ganador con un margen pequeñísimo e improbable. De nada sirvió que se pidiera al entonces Instituto Federal Electoral la limpieza necesaria, ni el recuento de votos, ni la anulación de los comicios. Las elecciones estaban compradas, los altos funcionarios pagados, y las fuerzas policiales listas para reprimir un levantamiento popular.

La impronta de Felipe Calderón es la violencia, la sangre y la impunidad. Convirtió al país en zona de guerra. En su gestión instauró la veta macabra como estilo de interlocución entre las bandas criminales y el gobierno: las narco mantas, las cabezas cortadas, los cuerpos desmembrados, los levantados, los miles de desaparecidos.

El tipo chaparrito y calvo que mandó a los uniformados a disparar contra cualquiera que les pareciera sospechoso, hasta la fecha no se hace responsable de nada de ello.

Felipe Calderón es un traidor a la patria. Por sí mismo no representa nada pero es instrumento para los poderes que impiden el crecimiento nacional.

La última gran sangría a la soberanía fue el desmantelamiento y venta de Petróleos Mexicanos: Calderón facilitó y promovió que sus amigos asociados a corporativos diversos hicieran grandes negocios, tanto rayanos en lo ilícito como de hecho ilegales.

La pretensión del regreso de Felipe Calderón a la presidencia mediante intermediarios es una apuesta lejana, pero la probabilidad de que articule el movimiento contra Andrés Manuel López Obrador es razonablemente alta. Algunos intereses económicos esperan que las minúsculas protestas contra la gestión de AMLO evolucionen a un frente opositor que provoque algo más que una sonrisa compasiva. Para lograrlo obstaculizan en lo que pueden al gobierno federal. Desde amparos contra decisiones, actos terroristas como el incendio de una toma de huachicol, o gestiones palaciegas con funcionarios norteamericanos para promover acciones contra México.

Los poderes detrás de Felipe Calderón tratan de bloquear todo lo que el presidente Andrés Manuel trata de hacer. Para conseguirlo, aún conservan la maquinaria mediática, partidos políticos, jueces corrompidos, instituciones que siempre actuarán a su favor y, por supuesto, una cantidad inmensa de dinero, muchas veces obtenido de formas inmorales gracias a políticos como el propio Felipe Calderón.

En plena reconfiguración institucional, estorbar el trabajo gubernamental no es oposición política ni ideológica, sino sabotaje. Pero tratar de meter al país por lo menos en la percepción mayoritaria de que existe una crisis política y económica es traición a la patria. La reciente manifestación de la Policía Federal, una de las instituciones más corrompidas del país, indicó que los frentes para socavar la gobernabilidad serán variados.

Felipe Calderón y los poderes principalmente empresariales que lo respaldan deben ser entendidos como traidores a la patria. Es la mejor definición para quienes desean y promueven que el país y sus pobladores fracasen para que ellos recuperen el poder que les fue arrebatado contundentemente por los electores. Quienes buscan la ruina de los mexicanos son, llanamente, traidores a la patria, y deben ser juzgados como tales.