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julio 31, 2019

La velocidad con la que se deshila la trama de la corrupción en el país es mucha. Desde la espectacularidad del huachicoleo terrestre y sus primeras reacciones terroristas con la explosión que cobró varias vidas en el estado de Hidalgo cuando el gobierno no había cumplido aún 20 días. Las investigaciones en torno a Odebrecht y los ya famosos fierros de la planta de nitrogenados; la detención de la madre de Emilio Lozoya en Alemania; el enderezamiento de investigaciones a Rosario Robles Berlanga, notable ex perredista que sustituyó al hoy Presidente de la República cuando éste dejó el gobierno de la Ciudad de México, y la detención en España de Alonso Ancira, presidente de Altos Hornos de México, dan una idea general de la magnitud de la corrupción en las altas esferas de la toma de decisiones gubernamentales donde se diseñaron las "estafas maestras".

Hay otras corrupciones mucho menos sofisticadas, burdas, al grado de que bordean estulticias mezquinas para explotar a los más indefensos. Vender certificados de alfabetización en 5 mil pesos a quienes no saben leer, mucho menos escribir, sugiere los niveles de degradación moral de algunas burocracias dispuestas a exprimir al débil hasta sacarle el último aliento de vida y trabajo.

La tolerancia con estos niveles infames de explotación de las debilidades es imposible. La persecución para castigo de los niveles burocráticos que los instrumentaron debe ser igual de implacable que aquella que se hace en los niveles superiores.

Tal es el lema del presidente, cero tolerancia, y es de esperarse que tanto sus titulares durante los dos gobiernos pasados como los niveles burocráticos medios sean investigados. Apropiarse del dinero público es de suyo grave, hacerse del dinero de la población analfabeta es miserable. Es verdad que las escaleras se barren de arriba hacia abajo, pero hay casos icónicos que obligan a sacudir otras estructuras: las medias.