Política

Espacio público

julio 28, 2019

La explosión urbanística de Xalapa iniciada hace décadas ha cambiado dramáticamente todo. El clima, los microclimas circundantes, la relación emocional con el espacio, la habitabilidad; conserva por fortuna su civilidad, su afabilidad interpersonal con el vecino e incluso con el desconocido. Sufre, sin embargo, de las tensiones habituales de la vida urbana, desde el tráfico hasta inundaciones, pasando desde luego por los cambios emocionales de quienes la habitan. Son cambios irreversibles, pero se puede hacer con un plan de habitabilidad, reglas y límites rigurosos para la urbanización ulterior y definición planeada a corto, mediano y largo plazos. Un acuerdo de la sociedad con los tomadores de decisiones, y quienes aspiren a serlo, que obligue a no salirse ni alterar los acuerdos públicamente acordados. Habrá quien sugiera reformas legales de fondo, habrá quienes no. Lo sustantivo es definir públicamente los contenidos del plan y los mecanismos de verificación y evaluación que den certidumbre de que las decisiones de tal o cual tendencia ideológica o interés concreto se tomen en el acordado.

Xalapa es, antes que cualquier otra cosa, espacio público. Donde se manifiesta y expresa la ciudadanía; el espacio de los derechos ciudadanos.

El abandono, la degradación, la privatización y las pesadas tendencias a la exclusión degradan el espacio público. Sin espacio público potente, socialmente integrador, la ciudad se despersonaliza, se enfría hostil, la democracia disuelve, se pervierte. La supremacía de la solidaridad y la tolerancia como valores ciudadanos se ven superados por la segregación y por la codicia; en consecuencia, la exclusión.

La crisis del espacio público es resultado de las actuales pautas urbanizadoras, extensivas, difusas, excluyentes y privatizadoras.

Esto es algo que debe corregirse en interés de todos, incluso el de los urbanizadores. Lo hecho hasta ahora ha producido espacios fragmentados, lugares inexpresivos, tierras de nadie, guetos de clase, zonas marginadas, la sede del miedo. El espacio público prácticamente desaparece, la ciudadanía se atomiza en sus individualidades y se les reduce a clientes, consumidores de servicios múltiples y privados. No es un espacio público, es un espacio compartido sustentado en el gancho del consumo y el entretenimiento.

El cambio de régimen debe también consagrarse a eso. A rescatar los espacios públicos y las decisiones públicamente definidas. No es fácil, los intereses que intervienen en la urbanización son poderosos y no necesariamente civilizados. Para eso las definiciones públicamente decididas.