Cosas del cambio
julio 01, 2019 |

Hoy se cumple un año de la elección que llevó a López Obrador a la presidencia de la República, y que, literalmente, borró del espacio de las significancias a la totalidad de la partidocracia que, desde entonces, nomás no se halla. Desde la toma de las riendas del gobierno hace siete meses han pasado cosas como si se conservara aún el impulso abrumador del primero de julio de 2018.

Se ha enfrentado decididamente al sistema de corrupción y complicidades al grado de provocar en éste una sorprendente gama de reacciones de todo tipo. Desde las violentas y aterradoras hasta las cascadas de amparos en contra de proyectos emblemáticos del gobierno federal, pasando por las campañas desinformativas y las conspiraciones internacionales. Todo depende del escalafón, cada cual tiene sus métodos de expresión. Unos engatusan marginados para recoger gasolina del surtidor de un ducto ordeñado y, pirómanos, hacerlo explotar para provocar una tragedia; otros, más sofisticados, preparan baterías de amparos en contra la construcción del aeropuerto de Santa Lucía por no haber presentado el Manifiesto de Impacto Ambiental. Las bandas criminales y sus atomizaciones reciben incentivos para incrementar su belicosidad y exacerbar la percepción de inseguridad ciudadana. Otros, toman exiguos la calle para exigir renuncias en todos los niveles de gobierno.

Es relativamente normal, sucede con todos los cambios de régimen en donde se tocan muy fuertes intereses patrimonialistas habituados a apropiarse de la riqueza y dineros públicos. Y pasa también entre los tomadores de decisiones que al ritmo febril del cambio y de cortar la sangría al patrimonio, han debido retroceder en la dimensión de algunos de esos ajustes. Han sido meses intensos; a la par se desvela de a poco la dimensión del daño causado. Es un proceso no sólo de limpieza sino de redefinición del propósito del Estado. Y al tiempo de eso, se debe atender también el asunto de la explosión de migración centroamericana con miras de llegar al norte, porque si no el gobierno norteamericano gravará incrementalmente las exportaciones mexicanas.

Por eso llama la atención el sorpresivo cambio de actitud de la Iglesia Católica veracruzana, que se suma al reclamo que desde hace años hace la sociedad veracruzana respecto a proyectos mineros y la explosión asesina de represas en los ríos veracruzanos que, por cierto, ya han cobrado la vida de algunos defensores de los ríos. Es una buena noticia el que la Iglesia Católica se sume ahora al interés público. En efecto, son tiempos de cambio.

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