Política

¿Al final todo queda en un lío de faldas?

junio 07, 2019

La mal llamada ideología de género puede resultar, en ocasiones, más un peligro que una solución, en especial si no se le comprende en toda su dimensión. Lo anterior ocurre cuando los operadores y ejecutores de la política tienen una visión sesgada o poco versada sobre las consecuencias de una decisión, esto en cualquier ámbito del ejercicio de la cosa pública, pero llama nuestra atención que las cuestiones de género no tengan un impacto más allá de ser meros paliativos intrascendentes.

En días pasados, la Ciudad de México ha estado en el ojo del huracán al permitir el llamado uniforme neutro, es decir, que los estudiantes puedan elegir si usan falda o pantalón, sin importar su sexo. Esto podría significar, para muchos, un gran acierto, en especial si pensamos que puede significar un severo golpe a los estereotipos de género.

Inclusive, si nos pusiéramos optimistas podríamos decir: "está perfecto, es un primer paso, que bueno que se hizo porque así ya avanzamos en cuestiones de género". Mutatis mutandis, si este paso lo consideramos como una metáfora del avance en términos de género y suponiendo que este sea un gran primer paso, bien podríamos mostrarnos un poco más pesimistas al decir que un paso no nos garantiza que podamos ganar la maratón de Boston, o peor aún, qué tipo de paso he dado para que esto me garantice un éxito.

En ese sentido, cómo es que llegamos a pensar que el uso de un pedazo de tela, convertido en falda o en pantalón, pueda resultar significativo para abatir la brecha de desigualdad y discriminación que sigue imperando en los contextos educativos y en los diferentes ámbitos de la sociedad.

Si intentamos resolver esto, algunas problemáticas nos pueden servir como inicio para un debate aún mayor:

En primer lugar, es menester sostener que la supuesta "ideología de género" debe dejar de verse como un aparato que se impone para hacer un cambio sustancial en la realidad; para ello deberíamos decir que no es una ideología en el mismo sentido que el marxismo, que el capitalismo o que el nazismo son una ideología. Sino que esta vertiente, es una perspectiva que intenta hacer ver un problema mayor, el tema de los derechos humanos, que por sí mismo quizás podríamos nombrar como ideología.

En este sentido, más allá de preguntarnos si la ideología de los derechos humanos es lo mejor que tenemos o no, es importante comprender que lo que se trata es de pensar no en términos puramente ideológicos, sino que los temas de género son más bien asunto de perspectiva, lo cual mostraría que al interior de las mismas propuestas teóricas habría diversas ideologías permeándolas, como el eco-

feminismo, neofeminismos, etcétera. Entonces, aquí tendríamos que no hay una sola perspectiva o visión de género, sino que esta dependerá de un determinado sistema de pensamiento; haciendo aún más complejo su entendimiento.

Lo cierto es que el estado pareciera que no profundiza en estas cuestiones y todo lo reduce a una dualidad entre sexo y género (pero esto quizás valga la pena discutirlo en otro espacio) o en cursos y talleres que polarizan los discursos y en ocasiones terminan por radicalizarlos, en lugar de buscar una conciliación entre las partes, entre los actores sociales.

En segundo lugar, si consideramos esta miopía, también valdría la pena cuestionar que esta decisión política-social, no considera el término coeducación, el cual ya de por sí es problemático, puesto que puede tener múltiples vertientes que van desde la perspectiva de género y todo lo relacionado con la educación, hasta un paradigma de derechos humanos que debe englobar un espectro más amplio como lo puede ser la educación especial.

En ese sentido, si atendemos el primer aspecto, se puede argumentar que la coeducación debe velar por implementar medidas que tengan un impacto en el desarrollo de los educandos en cuestiones de género. Por lo que el uso de un uniforme neutro no es una solución viable, si no se atienden cuestiones más imperantes que si afectan en la formación de los estudiantes, para muestra pensemos en el uso de los espacios de recreo, en donde los roles de las mujeres pueden seguirse ciñendo al estar alrededor de un patio, en donde el centro es para los hombres; o peor aún, si los estereotipos de género de los maestros, los alumnos o los directivos impiden el proceso de enseñanza aprendizaje. Por tanto, el uso de un trapo, en la forma que sea, no resolvería estos problemas reales.

Así mismo, el ser permisivos con el uso de un uniforme neutro podría tener un impacto en temas como el bullying o la discriminación hacia los compañeros que decidan utilizarlos, cuestión que agravaría las cosas, ya que en múltiples ocasiones no se hace nada en casos de acoso escolar; por lo que la cuestión no sólo no cambiaría, sino que podrían empeorar.

Por último, en una sociedad tan cerrada como la nuestra, tomar una decisión tan abrupta iría en contra de la sensibilización propuesta por la teoría de género, puesto que esa decisión lleva a un rechazo por parte de quienes pudieran ser más conservadores, generando una negación hacia la misma perspectiva de género. Impidiendo con ello lograr nuevos cambios más significativos.

En resumen, sin el afán de sonar conservadores o retrógradas, podemos decir que esta decisión no sólo se terminará por convertir más en un obstáculo que en una propuesta tangible. Es decir, quizás tomar decisiones apresuradas, sin mirar todas las posibilidades puedan ser un obstáculo más que un apoyo real a las cuestiones de género.

Entonces, dejemos una última cuestión para la reflexión de todos los lectores: ¿Cómo evitar que la perspectiva de género se convierta en un mero lío de faldas?