Política

Penoso dislate

mayo 16, 2019

El diferendo entre el gobierno y la Fiscalía del Estado patina sobre el mismo lugar desde hace tiempo. Es el resultado del impulso emocional de un político que durante años ha sido alentado fundamentalmente por el contenido de sus vísceras, antes que la razón. Ni pensar en la posibilidad del conocimiento y mucho menos el de la sabiduría. El ex gobernador toma decisiones sobre la misma base que lo hace un infante o un adolescente. Una puesta en escena que se repite todos los días y que hace un contexto que con frecuencia sugiere falta de experiencia y obcecación en los operadores de éste régimen y los del pasado.

El ambiente puede y tiende a crisparse porque el ritmo de los acontecimientos es intenso, multi temático y polarizado por el perfil de los actores. Habrá que esperar a ver si los actores son capaces de resolverlo o si fallan por deformaciones de entendimiento o madurez emocional y política.

Cuando las cosas son así, las emociones suelen escapar al filtro de la prudencia y se desvelan las raíces y reflejos profundos que dan consistencia, o no, a la formación y a la acción política.

El delegado del gobierno federal en el estado, Manuel Huerta, en el ambiente disonante que se ha formado entre el Ejecutivo y la Fiscalía General del Estado, afirma que no toma partido pero aprovecha la ocasión y conmina a Jorge Winckler a hacer sus tareas con seriedad dado que tienen un rezago estructural de lustros, además de las distorsiones de origen y de décadas que se arrastran desde la formación del estado moderno mexicano a mediados del siglo XIX.

Manuel Huerta percibe un ambiente de crispación, es discutible, pero ciertamente hay severa disonancia que entorpece y distrae la concentración del gobierno en las tareas urgentes que deben ser emprendidas a la mínima brevedad.

El delegado dice que es una situación y ambiente al que hay que ponerle fin. Desde luego. Y que tal ambiente ha propiciado excesos. Dice el delegado federal, textual: "Dentro de este clima de descomposición, hay que poner un alto. Inclusive la libertad de expresión ha llegado a excesos. Vi hace unos días lo que le decían al secretario de Gobierno, no se miden, se pasan, ya ni el psicoanalista llega a tanto".

El delegado Huerta está molesto por el contenido y orientación de las o algunas críticas al gobierno. Es natural, a nadie le agrada que le mellen la egoteca. Pero se equivoca al calificarla de excesiva, aún cuando probablemente las críticas hayan sido ofensivas para el aludido, el secretario Erick Cisneros.

Por una razón: es una persona pública en un cargo público de importancia sustantiva. Está sujeto a eso y sus críticos están en completo derecho de decir y utilizar para ello el tono que les venga en gana. Si es vulgar, ofensivo, falaz o maldita la cosa, es algo con lo que tendrá que aprender a vivir porque son esas algunas de las variables indeseadas pero determinantes en el ejercicio de la libertad de expresión. El costo de mentir, alterar la información o el sentido de ésta ya lo llevará el periodista y el medio. El funcionario puede dolerse y quejarse por ello, pero jamás sugerir algo como que "la libertad ha llegado a excesos". Jamás la libertad ha sido excesiva. Nunca. A la libertad de expresión no se le ponen límites nunca porque si lo hacen, o sugieren hacerlo, se toma una senda que conocemos muy bien por reciente. El Estado, y mucho menos el gobierno, son nadie para sugerir limitar la libertad que el Estado, el pacto legitimador, garantiza a todo hijo de vecina en este país en reconstrucción.