Política

Migrantes, violencia, indefensión

mayo 12, 2019

A principios de diciembre del año pasado sujetos armados atacaron una camioneta pollera en la que viajaban mujeres migrantes hondureñas. El vehículo volcó y las ocupantes salieron malheridos. Una murió a causa de un balazo.

A mediados del mes pasado volcó un tráiler con migrantes en alguna carretera del norte del estado. Hace más de un lustro que la migración centroamericana, a la que se suma ahora caribeña y la transcontinental, es la de una crisis humanitaria mayúscula. Un fenómeno que empezó a gestarse en los años noventa y que las causas que lo propiciaron obedecen casi exclusivamente al modelo neo liberal de apropiación de la riqueza que incluye la facilitación de la miseria a escala industrial, y la generación voluntaria o no de violencia armada en los países dominados por la racionalidad económica occidental. Ésos son los dos factores sustantivos que determinan la crisis humanitaria a la que asistimos con reprobable y poca compasiva pasividad.

El crecimiento de la migración ha traído también el crecimiento de la organización civil de ayuda y protección a la miseria en tránsito hacia el norte. Durante los últimos 18 años, los gobiernos mexicanos respondieron al crecimiento geométrico de la migración con acciones y legislaciones que pugnan por un control migratorio sobre la base de las deportaciones y otras acciones hostiles. Esto, en un marco de corrupción, falta de mecanismos de coordinación institucional, abusos de poder y desde luego con impunidad en todo lo largo del calvario.

Hace años que las dinámicas migratorias y su vulnerabilidad son, como decía Eduardo Galeano, los náufragos de la globalización que peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas. Algunos pocos lo consiguen. Otros, la mayoría, son cadáveres que arriban a las orillas empujados por corrientes desconocidas, o cuerpos sin nombre sobre la tierra de otro país distinto al que querían llegar. Pese al deseo de los gobiernos neoliberales, se pasó de una realidad invisibilizada y minimizada a un complejo problema público, resultado de la presión norteamericana por convertir a éste en un filtro, las denuncias de activistas, y las organizaciones de la sociedad civil.

La presión del gobierno norteamericano será un factor creciente en el contexto electoral en el que ya están metidos. El mero rechazo al fenómeno grava el problema porque hace nugatorias las eventuales decisiones que apuntan a una solución distinta a la basada en un enfoque de desarrollo económico humanista generador de bienestar, no necesariamente de crecimiento. Único enfoque por el que puede llegarse a una solución duradera. Dicho de otro modo, el objetivo es cambiar la racionalidad de la economía interna e impulsar soluciones regionales basadas en la relación colaborativa y en modelos locales sustentables. Para eso, es imprescindible la participación consciente de la sociedad civil.