Política

Otra raya al tigre

abril 21, 2019

El horror que se pasea altanero por el estado podría ser linealmente atribuido a la lucha por prevalecer de las organizaciones criminales, orgánicamente atomizadas desde que el felón Calderón declarara su guerra con fines de legitimación. Cosa que no logró pero como él mismo dijo, "haiga sido como haiga sido" se hizo del principal puesto formal de la toma de decisiones. No poca cosa si nos atenemos a las atribuciones meta constitucionales que suelen tener los presidentes autoritarios en este país por décadas vapuleado. En efecto, la guerra de Calderón le facilitó transitar sobre su ilegitimidad. El sistema de complicidades lo sostenía y el sistema se sostenía en la indiferente conformidad de los gobernados. La guerra sirvió para la aceptación de la lógica de la violencia y ésta servía como herramienta de control social. La sociedad, harta, decidió largar al sistema de complicidades y confiar en la ardua e incierta tarea de reconstruir la nación sobre la base de rehacer los acuerdos legitimatorios básicos. Hacia allá apuntan las decisiones del gobierno federal.

En el nivel estatal las condiciones son otras, los poderes fácticos alucinan con el nuevo esquema y se comprometen con convencida militancia impedirlo o por lo menos a estorbarlo. Hay razones para entender la viciosa escalada violenta no tanto como un conflicto entre grupos y células antagónicas por el dominio territorial y de rutas de trasiego, sino como el resultado de la sincronía entre la organicidad criminal –cualquiera que sea su nicho de actuación– y la nomenclatura y operadores del régimen anterior, quienes tienen los operadores con los vasos comunicantes para concertar, coludir, acciones contra organizativas. El esquema no está alejado de los esquemas de contra insurgencia. Para tales efectos, no es nada despreciable contar con la sombra protectora del fiscal estatal que precisamente para eso está. A menos que providencialmente fuera capaz de demostrar lo contrario capturando y procesando a los autores físicos de la masacre y, desde luego, sus propiciadores intelectuales.

Pero no es esa su función. Por lo pronto, el personaje acumula motivos para su estigmatización. Terminados sus servicios al patrón difícilmente encontrará, fuera de la esfera de su dueño, un nicho donde ejercer su profesión.