Política

Acrílicos

marzo 12, 2019

El pasado domingo, en la misa del mediodía, la cabeza de la Iglesia Católica veracruzana habló sobre las grotescas distorsiones de los gobernantes veracruzanos de los últimos veinte años. Dijo que durante ese tiempo los políticos buscaron poder para su propio beneficio.

En efecto, desde que en 1998 asumiera la gubernatura Miguel Alemán Velazco, el ejercicio público exacerbó sus distorsiones patrimonialistas. No debe de extrañar al respetable tal desviación. Durante los últimos 30 años el estado fue gobernado por neoliberales o por personajes condescendientes con el neoliberalismo.

Dado que el engrudo que mantiene funcionando a un sistema de racionalidad económica profundamente contrario al sentido de la obligación del Estado por equilibrar –o en el peor de los casos compensar– las deformaciones y cortedades del mercado como instrumento de distribución del ingreso es la corrupción, ésta se disparó a niveles obscenos.

El paradigma aborigen de la corrupción incontinente de la era neoliberal es Javier Duarte de Ochoa, inenarrable admirador de Francisco Franco por el impensado motivo de compartir el mismo timbre agudo de voz.

En los 20 años a los que se refiere, la actitud de la Iglesia católica veracruzana fue la del silencio. Si acaso alguna referencia ocasional pero sobre todo tangencial a la violencia. No más. Durante las dos décadas a la que el arzobismo alude, la Iglesia no fue un agente activo y comprometido con la contención de la violencia. Para algunos incluso, fue omisa, ocupada más en la protección de algún sacerdote pederasta, que en el padecer de la grey por el borbollón de asesinatos y escenas macabras.

No se vio nunca especialmente crítica a la jerarquía por la pesadilla de las desapariciones de migrantes, los feminicidios, los asesinatos puntuales de periodistas. Hace apenas unos días, el padre Solalinde se refirió a la omisión de todos los gobernadores y el resto de la élite gobernante en las miles de desapariciones.

La jerarquía católica local tiene una gran responsabilidad en la perpetuación de esta violencia que agobia a los gobernados. En todos estos años no se la vio jamás plantarse interrupción y desgarrarse las vestiduras por las desapariciones y secuestros de migrantes, por los feminicidios que continúan, por los entierros clandestinos, como sí lo hizo cuando una Cámara de Diputados de mayoría gazmoña quiso legislar sobre la interrupción temprana del embarazo.

Sí, en efecto, los últimos 20 años han sido de pesadilla delirante y la jerarquía clerical ha sido escandalosamente omisa.