Política

Inconclusa

febrero 08, 2019

La Comisión Instructora del Congreso veracruzano decidió que procedía juzgar a Jorge Winckler, protagonista de la puesta en escena de cumplir la consigna de permanecer en el puesto el mayor tiempo posible. Lo que pasará al final es previsible, como lo es también que el ex gobernador Yunes Linares busque la forma de continuar su cruzada de resistencia al cambio. No tanto por razones político dinásticas frustradas, como por la compulsión obsesiva de no soltar lo que considera suyo: el estado de Veracruz.

No es desmesurada la afirmación, no han sido pocas las veces en las que Yunes Linares o Yunes Márquez se han referido al estado o a algunos bienes o instituciones como de su propiedad personal.

El primer gobernador no priísta del estado, legitimado por el voto popular, decide irse a medias y dejar un alfil en el costado del gobierno. Ya se había descrito a sí mismo como el adalid de la resistencia al cambio de régimen. No es tanto un asunto de temor a ser investigado, que puede haberlo, desde luego, como un reflejo por negar una realidad que disgusta. Al fin y al cabo, la afectación a la autoestima de un egotista no es poca cosa.

Encarna así el ex gobernador la resistencia de un régimen que se niega a desaparecer. El gigantesco escándalo del robo industrializado de combustible permite imaginar con bastante precisión la magnitud del saqueo que le ha sido impuesto al país. No es nada fácil soltar el objeto del deseo, mucho menos cuando se ha pasado de la ambición protagónica personal, a la ambición familiar dinástica.

El caso ilustra con crudeza dos cosas. Por un lado, la profundidad de la debilidad y el diseño institucionales que permitió el absurdo de que un gobernador de dos años dejara por nueve la impronta de su capacidad de decisión en el estado. Y no el mejor gobernador, es claro.

Pareciera que existiera algún mal fario pendiente sobre el estado, de invasores coloniales medievales, a invasores imperiales decimonónicos, ya continentales, ya trasatlánticos, y de ahí a la cáfila de rémoras gobernantes que por décadas se han pegado al presupuesto público para drenarlo.