Política

Visión

febrero 03, 2019

El presidente López Obrador vuelve a Veracruz, esta vez a poner las cosas en perspectiva histórica. Veracruz ha sido saqueado sistemáticamente desde 1998, año en que Patricio Chirinos Calero dejó el gobierno con dinero en las arcas y con una deuda racional y pagable.

Y no es que antes los funcionarios públicos no se aprovecharan del puesto para hacerse de dinero extra hincando el diente al dinero público, la diferencia es la escala. Los gobiernos neoliberales llevaron el robo a niveles de saqueo industrializado. El colmo de la irracionalidad chocante, luego de que Fidel Herrera bursatilizara la deuda pública ésta llegó a 40 mil millones de pesos. Desde ahí la espiral de degradación continuó creciente hasta hacerse un vórtice que todo lo fagocitaba. Especialmente en la anti-administración de Javier Duarte. En dos años de panismo las cosas no cambiaron mucho. Tal vez el volumen de los desvíos, pero no demasiado. Al fin y al cabo, Yunes Linares no tenía que financiar una campaña presidencial. Sólo la de su hijo para gobernador.

Tres décadas de políticas específicamente dirigidas a proteger y garantizar las ganancias de una pequeña minoría (nacional y aborigen), a costa del bienestar del resto de la población. Millones de veracruzanos que no conocen más que la adversidad. Muchos en grado extremo. Ha sido infame. No es un asunto ideológico ni de sobado populismo, es una realidad medible y cuyos datos están a la vista y a la disposición del respetable.

El estado tiene los recursos suficientes para ser por sí mismo un país. No sólo por las riquezas que tiene, sino por el inmenso potencial económico que representa. Veracruz tiene tanto que tres gobiernos sátrapas no se lo acabaron, aunque sí lo han dejado en mal estado. Se abandonó la producción agrícola para el consumo nacional para favorecer la exportación. Disminuyó la producción, parte importante de la que había se exportaba y el déficit se importaba. Al final del gobierno de Peña Nieto, el país importaba más del 70 por ciento de su ingesta. De terror, se perdió por competo la soberanía alimentaria y México puede ser tocado por una crisis alimentaria y hambruna. De tal nivel es el grado de dependencia.

Es una situación que debe ser corregida pronto y para eso es necesario no sólo reconstruir la fábrica nacional, sino las relaciones colaborativas entre los mexicanos. Sacarse el competitivo individualismo pendejo del discurso neoliberal y reconstruir las relaciones de confianza. Lo que hagan los gobiernos morenistas será definitorio. Las relaciones colaborativas se construyen, no nacen espontáneamente. Mucho menos después de décadas de ideología neoliberal. Construirlas, propiciarlas, es algo tan importante como los programas socialmente compensatorios y los proyectos para el crecimiento económico y el empleo. No trabajar en ello equivale dejar al garete el futuro de la transformación. De la cuarta transformación, pues.

Hay varias iniciativas de políticas públicas que por sí mismas construyen capital social y relaciones colaborativas. La limpieza de los espacios públicos es una, el desalentar el uso de bolsas de plástico y unicel es otro. Hay ciudades en la República que han echado a andar la prohibición de estos materiales, ¿por qué no pueden hacer lo mismo los gobiernos veracruzanos? Especialmente los municipales de Morena. El asunto es que la acción misma de concienciar y convencer del no uso de materiales así, implica convocar y convencer a la sociedad de a pie, lo mismo que a los actores económicos. Es esa tarea de convencimiento y acción la que genera capital social y, al final del día, también capital político.