Política

Razones

enero 09, 2019

Se ha dicho –y con razón­ que el sistema electoral mexicano es costoso hasta el absurdo porque está diseñado para atemperar la desconfianza, ser confiable en un sistema donde los actores políticos, sus organizaciones y la sociedad en general desconfían de todo y de todos. Lo que en parte explica porqué ha sido tan tardada su consolidación.

Y es que mientras los impulsos democráticos se convierten en reflejos y aquellos tengan que procesar y luego contrarrestar a la fauna política del régimen digamos prianista –duartes, yunes y animales de acompañamiento– el avance y saneamiento del sistema y acuerdos de convivencia estará condenado a lidiar con los abigarramientos y nudos psicológicos de actores como el ex gobernador Miguel Ángel Yunes, para quien Veracruz existe sólo en la medida que pueda sacar provecho de él. O, en el peor de los casos, importunar a sus enemigos políticos. Que es el caso del apaño con el fiscal Winckler.

El Congreso local aprobó las actas de un número suficiente de cabildos para reformar la Constitución Política del estado que otorga facultades al Legislativo para remover al fiscal general del estado. Esto con la resistencia del Partido Acción Nacional.

El resultado del affair Fiscalía General del Estrado es previsible, pero está aún por verse; aunque las cosas se alinean mal para el fiscal y, por extensión, para los viscerales impulsos del ex gobernador Yunes.

Son actores así los que explican por qué las relaciones en el sistema político se definen por la desconfianza y no por lo contrario. También explica en buena medida por qué en la historia mexicana las reglas del juego siempre han sido por la imposición de las facciones vendedoras y no por consenso, lo que ha conducido a sistemas políticos excluyentes y autoritarios porque son impuestos.

Hasta ahora, en los comicios del 2018, donde el triunfo obedeció a la amplísima convergencia de ideas y entendimientos de los asuntos públicos en el sentido de que las cosas nomás no podían seguir por el derrotero en el que iban, en donde las instituciones y la convivencia estaban determinados no por reglas del juego consensadas sino por la lógica de un régimen basado en las complicidades y la impunidad. La comedia del absurdo al que asistimos hoy en Veracruz es eso, la exhibición de los valores y temores de la desconfianza.