Política

El enojo de Yunes y la pérdida de control

noviembre 16, 2018

La altanera respuesta del gobernador Yunes Linares a la pregunta del reportero de La Jornada Veracruz, Jair García, en el sentido de que si estaría dispuesto a meter las manos al fuego por alguno de sus colaboradores, revela su descomposición personal y al mismo tiempo la de un régimen feneciente, cuya dependencia simbiótica con el panista es de tal magnitud que no se entendería lo que sucedió en su breve reinado sin la fuerte personalidad del nativo de Soledad de Doblado.

Es decir, en el minigobierno de la alternancia, el del Estado soy yo, Yunes Linares falló como estadista pues la continuación de la crisis institucional y de seguridad pública dejada como herencia por Javier Duarte, comprobó sus limitaciones personales, pues no es lo mismos trabajar como subalterno de políticos inteligentes, como Patricio Chirinos, o bajo el paraguas presidencial cuando se desempeñó en el Issste, que asumir a cabalidad la responsabilidad personal de sus acciones como jefe y cabeza de gobierno.

De ahí el fracaso también en el absurdo intento por heredarle a su hijo la silla gubernamental, con todo y que tuvo a su disposición el erario y el aparato de Estado, lo que derrumbó simultáneamente el mito de su genialidad como operador político, falsa teoría que él mismo se encargó de divulgar. De paso, recordar que su triunfo en la pasada elección gubernamental no fue producto de su arrolladora personalidad, empatía social o carisma político; fue producto del hartazgo, la corrupción y la pérdida de rumbo de la administración duartista, fenómeno que extraordinariamente se replicó el pasado mes de julio cuando el juicio de los veracruzanos se manifestó en las urnas al rechazar masivamente su proyecto personal de instituir el derecho de sangre como modelo de elección de autoridades.

Yunes no tiene que esperar más tiempo para conocer lo que piensan los veracruzanos de su administración. Ya se lo dijeron el 4 de julio y fue la repulsa a darle oportunidad a que siguiera gobernando por vía de su hijo.

Todo lo anterior ayuda a comprender –que no a entender, pues el exabrupto de Yunes Linares contra el reportero fue desmedido, injustificable y fuera de forma, surgido desde el más profundo enojo ante la inminencia de la pérdida del poder y la posibilidad de enfrentar las consecuencias de sus actos– el estado mental actual de un gobernador que, dicho sea de paso, ya dejó de serlo, pues mientras insiste en mantener ese falso discurso optimista, festinando logros que sólo él aprecia y falaz ante la realidad, el estado se desmorona ante la incertidumbre financiera y sobre todo por la imparable inseguridad.

Se va en medio del desprestigio como político y estadista; con la aversión de los cientos de miles de veracruzanos que con su voto le enseñaron, aunque sean menos inteligentes y preparados que él, que la rabia y el odio no son buenos consejeros para gobernar; que el poder político no se debe usar para favorecer a familiares y cómplices, pero más que todo, a sabiendas que sus actos, buenos o malos, tendrán por si mismos sus consecuencias, como le sucedió a Duarte a quien se parece cada vez más.

Con Miguel Ángel se cierra el impensable y absurdo circo que en los últimos años vivieron los veracruzanos, cuando inermes observaron como el apellido Yunes se había apropiado de la vida pública, y que gracias a los desatinos del mandatario saliente, su apetito por el poder deberá saciarse con regidurías y acaso alcaldías.