Política

Goodbye, sir Norman Foster

octubre 31, 2018

Es conocida la elocuente declaración del poeta norteamericano Thomas Stearn Elliot, quien se autodefinió, sin ambages, como clásico en literatura, monárquico en política y anglo católico en religión. Estos fundamentos, sin duda, no solo tuvieron consecuencias prácticas en su vida personal, sino que influyeron en el contenido simbólico de su profunda obra.

Sin embargo, en el espacio público afirmar quiénes somos frente a la realidad circundante debe ser un acto consecuente de nuestras convicciones para enfrentar las controversias con los demás. Identificar quién es nuestro antagonista solo lo define el saber cuáles son nuestras certezas y principios. Pero algo extraño ocurre cuando el discurso sugiere algo más que una autoafirmación. Éste corre el riesgo de convertirse en un afán incesante de hablar por los demás para desdoblarse y asumir como propios aquellos intereses que son ajenos; sin que ello signifique poner en juego ideas genuinas que, vistas así, resultan completamente prescindibles.

De distintas maneras, el segundo poder fáctico global que representan los medios de comunicación en su dimensiones de prensa y televisión –después de los organismos financieros internacionales y por arriba de los gobiernos– ha llegado a asumir un papel crucial en la mediación de las conexiones políticas entre el estado y la sociedad; articulación que no han podido asumir tantas iniciativas y propuestas de instancias ciudadanas que aspiran a ejercer controles democráticos en el desempeño gubernamental. Debido a este déficit los ciudadanos se informan, no de lo que deciden informarse, sino de aquellos acontecimientos que los medios jerarquizan, traducen, redimensionan, minimizan o magnifican, en perjuicio de la sociedad, formando una masa de opinión pública sin que medie debate alguno, que no sea también manipulado por el poder de quien detenta el micrófono.

Frente a las prioridades informativas que se deciden en las mesas de redacción o en los consejos editoriales, los lectores y las audiencias poco pueden hacer para interpelar a los medios y exigir derecho de réplica. Se trata de una audiencia anónima y silenciosa que, sin embargo, percibe y diferencia los contenidos y el control comunicativo que los aparatos mediáticos ejercen sin contrapeso alguno.

Lo anterior resulta más que evidente si con paciencia estoica se ha puesto atención a la carga informativa derivada de la decisión del presidente electo Andrés Manuel López Obrador de someter a consulta la ubicación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) y, luego de ello, anunciar su cancelación. Más allá de que se deban atender las razones presupuestales, técnicas, ecológicas y antropológicas de tal decisión –en abierta contradicción– y las inconsistencias organizativas que la propia consulta implicó, ésta se convirtió en un asunto de prioridad nacional, aún cuando dista mucho de serlo. En un país con tantas fracturas económicas y sociales, la construcción del vital aeropuerto –que estaba en marcha, por si las moscas– palidece si se redimensiona respecto a problemas cruciales de la realidad nacional (pobreza, inseguridad, educación, salud y migración) que de lo único que carecen es de garantizar atractivos rendimientos económicos de cara a las expectativas empresariales que olfatean cualquier nicho de inversión sin reparar en obstáculo alguno.

Hoy en día ya nadie cuestiona los mecanismos más sofisticados de expoliación y despojo que preceden a la localización del gran capital, porque se ha normalizado el argumento central de que en la economía global no puede frenarse el flujo de inversiones, provengan de donde provengan; se ubiquen donde se ubiquen. Y ello incluyó el ahora malhadado y fastuoso proyecto arquitectónico del NAIM a cargo del despacho Foster and Partners, quien ha hecho de la arquitectura un espectáculo escenográfico de escala planetaria, cosa que faltaba a un país como México: un parque temático-aeronáutico de relumbrón.

Todo el peso de los bloques informativos –mañana, tarde y noche– se volcó sin mesura alguna, en tiempo y en carga discursiva, para construir una narrativa tendente a crear una corriente de opinión favorable al proyecto de Texcoco, subestimando la opción del aeropuerto de Santa Lucía. Para ello pusieron en acción la batería pesada de las cadenas televisas de mayor audiencia en el país.

De buena a primeras, el secretario de turismo, Enrique de la Madrid filma un espontáneo cortometraje para difundir las bondades del proyecto de Texcoco y con ello hace olvidar la profunda crisis económica que presidió su padre, el presidente Miguel de la Madrid. Roy Campos, de consulta Mitofsky, ahora agudo analista, se desespera al no poder convencer a la ciudadanía a punta de encuestas sobre pedido que solo atinan cuando conviene. Luis Carlos Ugalde, ex presidente del INE, pasa de ser experto en asuntos electorales y en conteos rápidos, a ilustrarnos cómo solucionar problemas del tráfico aéreo. José Ángel Gurría, miembro de la élite que no nos pudo gobernar ya entrado el siglo XXI y actual secretario general de la OCDE, desde su sede en París y con pensión vitalicia por sus aportes a Nacional Financiera, alerta que México está en la mirada del mundo, no por violaciones sistemáticas a los derechos humanos, sino por cometer el pecado de no construir el NAIM bajo la alianza estratégica del estado mexicano y las intocables cúpulas empresariales. Y los analistas financieros no cesan de anunciar la posible inestabilidad en los mercados, como si detrás de ellos no hubiese especuladores de carne y hueso, con nombre y apellidos.

Si un observatorio ciudadano monitoreara, uno a uno y día a día, los posicionamientos explícitos de periodistas, analistas y simples merolicos que aparecen en cadena nacional y en televisión de paga, se podría percibir cuál será el verdadero bloque opositor al gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Un bloque de marcada tendencia conservadora que asumirá la representación de los intereses corporativos y de las élites políticas desplazadas. Y han puesto tanto énfasis en defender la hegemonía de las estructuras económicas que igual les alcanza para lavar la cara al pasado y al presente del ejército mexicano y para cuestionar la sentencia del Primer Tribunal Colegiado del Décimo Noveno Circuito, según la cual se ordena crear una Comisión de Investigación para la Justicia y la Verdad, en el caso de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa. ¿Acaso no es suficiente la "verdad histórica"?

No habrá asunto de la agenda de gobierno en el sexenio de López Obrador que los medios no la procesen obsesivamente más allá de la simple nota informativa, lo cual constituye el fundamento de la libertad de expresión, pero no resulta suficiente. La democratización pendiente en diversas esferas de la vida nacional incluye la presencia activa de la sociedad en la construcción del discurso público, tanto para ejercer la crítica frente al poder político como para defender su independencia y capacidad de interlocución respecto al uso alevoso del poder mediático. Por lo pronto, los activos voceros de la modernidad tantas veces prometida se retuercen y rascan por doquier, luego de la cancelación anunciada, sin que los tweets favorables los consuelen ante el tropiezo de su encomienda. Goodbye, sir Norman Foster. Otro proyecto lo espera en algún país de fachada modernizadora.