Política

Horrores

octubre 16, 2018

El horror continuado que ha vivido Veracruz en los últimos ocho años debe ser calificado como una tragedia humanitaria. Un pálido indicio confirmador de eso son las fosas clandestinas que han sido exploradas por la sociedad civil. Notoriamente el Colectivo Solecito que en la brega de los años de lidiar con gobiernos indiferentes y antipáticos ha dado visibilidad a una tragedia que los gobiernos preferirían mantener oculta. Y con todo, es la hora en que el gobierno actual del estado no ha puesto su empeño y voluntad sin regateos al servicio de la sociedad civil que ha hecho el trabajo que las autoridades de dos gobiernos, o no han sido capaces o no han tenido la voluntad de hacer. O ambas.

El nuevo campo sembrado de inhumaciones clandestinas que se explorará tiene meses –si no años– de haber sido descubierto. Las autoridades hicieron nada o punto menos. Absolutamente reprobable bajo cualquier pretexto de falta de personal, recursos presupuestales o medios técnicos. Y no porque, eventualmente, cualquiera de las variables anteriores no sea cierta, sino porque existe una sociedad civil altamente organizada y auto capacitada para hacer el trabajo. Si las autoridades no han recurrido a la sociedad en busca de coadyuvancia es por obtusas, o por arrogancia, por ser incapaces de aceptar limitaciones y acudir y reconocer a la parte de los gobernados que sí la tiene. Demuestran con eso muy poca justificación para ocupar el cargo, aunque hayan sido elegidas en un ejercicio electoral democrático.

Si los indicios que el colectivo tiene resultan ser ciertos, difícilmente podrán las autoridades dar explicaciones dignas al respecto. El Colectivo Solecito ha sorteado la burocracia, tiene ya los permisos y su sentencia es lapidaria: "Ya tenemos acceso, vamos a desmontar y a trabajar ahí ya, porque también es necesario, en Veracruz hay que buscar en todos lados (...) hay varios puntos que nos han dado la posibilidad de que haya enterramientos ahí." Algo sabrán estas mujeres y hombres que generosos se han volcado a ofrecer la posibilidad a muchos de terminar la incertidumbre y empezar el duelo, de procesar la tragedia.

Qué pasa por la cabeza de un alto funcionario o un gobernador cuando la tragedia se convierte en un peso muerto con el que no pueden, porque no saben, lidiar con él.

Si nos atenemos a la experiencia de los últimos gobiernos veracruzanos y al gobierno federal en vías de extinción, pasa nada. Excepto, tal vez, el instinto de administrar el conflicto. Manifestarse preocupados y ocupados en ello, pero sin mayor demostración de realmente hacerlo.

Pero el colectivo es un actor social cuyo trabajo desnuda las deformaciones del régimen vigente y la pésima condición en la que han dejado las instituciones del estado.

La responsabilidad del próximo gobierno de responder de forma decididamente distinta es enorme. La sociedad lo espera y las expectativas son muchas. La tarea es enorme, habrá que dar pronta satisfacción a muchos recamos de la sociedad y rehacer por completo el entramado institucional. No poca cosa. Casi nada será de inmediato, excepto el cambio de actitud y la demostración real de empatía.