Política

El asesinato de Khashoggi, precedente peligroso

octubre 15, 2018

En noviembre de 2017, Mohammed bin Salman (MBS) – príncipe heredero de Arabia Saudita, una de las monarquías más tradicionalistas del planeta – fue nombrado por su padre, el rey Salman, como el jefe de una recién creada comisión anti-corrupción. Esa misma noche, se realizaron decenas de arrestos de altos oficiales sauditas, incluidos once príncipes y varios ministros del gobierno. Aunque la justificación detrás de los arrestos era la lucha contra la corrupción, lo cierto es que se trató de un movimiento estratégico del príncipe heredero para consolidar su poder en el seno del régimen y deshacerse de personalidades que pudiesen resultarle incómodos en su agresiva campaña por hacerse del control del reino.

Entonces, el periodista Jamal Khashoggi – de nacionalidad saudita pero viviendo como exiliado en Washington– dijo a la revista The New Yorker lo siguiente al respecto de la purga en su país: "Es una forma interesante de dictadura la que se está instalando en Arabia Saudita. […] MBS se está convirtiendo en el líder supremo" (https://goo.gl/Nf29es). El 3 de octubre pasado, Khashoggi asistió al consulado de Arabia Saudita en Estambul, Turquía, para obtener unos documentos oficiales que le permitieran contraer matrimonio con su pareja; pero nunca salió. Y aunque todavía no ha sido hallado su cuerpo, autoridades turcas señalan que cuentan con evidencia suficiente para afirmar que éste fue torturado y asesinado por agentes sauditas dentro de las instalaciones diplomáticas. Por su parte, el príncipe heredero MBS, quien actúa ya como el líder político de facto de su país, ha dicho no saber nada del paradero de Khashoggi y ofreció abrir el consulado a las autoridades turcas para que investigaran.

Lamentablemente, y como la situación en nuestro país lo hace constar, el asesinato de periodistas es algo mucho más común de lo que debería. Con todo, el caso de Khashoggi es particular por al menos dos razones. Por un lado, se trata de un crimen de Estado que no pretende esconder su condición de tal, es decir, agentes del gobierno saudita eliminan a un nacional suyo en una instalación oficial y en condiciones que difícilmente se podrían ocultar (la desaparición del periodista fue reportada por su pareja, que lo esperaba afuera del consulado). Por otro, el asesinato se lleva a cabo en territorio de otro Estado – en este caso de Turquía, país con el que por cierto las relaciones bilaterales se encuentran actualmente en un mal momento.

Cínicamente podría decirse que después de todo Arabia Saudita es una férrea dictadura en la cual muchas transgresiones de la ley son penadas con la muerte (en 2017 se ejecutó a 146 personas, el segundo mayor número a nivel mundial según Amnistía Internacional); y que si la persona a la cual se desea asesinar vive en el exilio, no queda más remedio que llevar a cabo el crimen en territorio extranjero. Todo esto es cierto. No obstante, es la conjunción de ambas cosas – agentes del Estado asesinando en una instalación del Estado en territorio extranjero – lo que convierte el caso de Khashoggi en algo distinto y con implicaciones potencialmente serias para el sistema internacional.

A la luz de la situación política en Arabia Saudita – el referido proceso de concentración del poder en la persona del príncipe heredero a costa del resto de la realeza saudita – y lo que se conoce de las investigaciones y que se ha difundido en diversos medios de comunicación, surgen al menos dos explicaciones plausibles detrás de lo que ocurrió en el consulado árabe en Estambul. La primera sería que, a pesar de la animadversión de MBS a Khashoggi, el asesinato habría sido ordenado por algún alto oficial saudita sin el aval del príncipe heredero, y con la intención de exhibirlo ante la comunidad internacional y con ello lastimar su posición de fuerza dentro del gobierno – una conspiración en la que el asesinato del periodista no sería más que un movimiento dentro de una lucha intestina por el poder en Riad.

No obstante, y ateniéndose a la navaja de Ockham, según la cual la explicación más sencilla suele ser la correcta, habría que considerar que el asesinato de Khashoggi en el consulado ocurrió por orden directa de MBS, principal jefe político del reino saudita y quien ha mostrado en repetidas ocasiones su fácil disposición para reprimir a sus enemigos. Esto implica una transgresión importante de la ‘costumbre’ en el ejercicio de la razón de Estado – aún para los estándares de una dictadura. El asesinato de un crítico en territorio extranjero sin guardar forma alguna para ocultar la autoría del crimen sólo puede ser resultado o de una incompetencia inconmensurable por parte de los perpetradores, o de la confianza de éstos en que el hecho quedará impune en todo sentido.

Y es esto último lo que tiene implicaciones serias para el entorno internacional. Hace algunos años – no muchos – un caso como éste habría sido sumamente costoso para Riad en sus relaciones con Estados Unidos, país del cual es un aliado importante en Oriente Medio. Hoy, más allá de una condena retórica del vicepresidente estadounidense y una tibia señal de molestia por parte de Donald Trump (teniendo instrumentos materiales a la mano para sancionar, así sea simbólicamente), parece que Washington no castigará en forma alguna Arabia Saudita. Si ese termina siendo el caso, el asesinato de Khashoggi sentará un precedente peligroso y fomentará la asertividad de cualquier Estado que se haya contenido – por temor a las críticas o al aislamiento internacional – en sus esfuerzos por eliminar a quienes considera incómodos.

Twitter: @jesevillam