Política

De transformaciones

octubre 13, 2018

El punto de inflexión del primero de julio está hecho de dos componentes, por un lado el completo rechazo al modelo y las políticas instrumentadas desde 1982 por la muy costosa para el país secuela de gobiernos neoliberales formados en universidades norteamericanas; y por otro el mandato de una muy amplia y ecléctica alianza de grupos e individuos completamente variados e, incluso, de intereses contrapuestos.

Hay sin embargo puntos sustantivos en donde la coincidencia es total, o casi total. El rechazo a la corrupción, a la apropiación del dinero y bienes públicos, a híper-distorsión de salarios de funcionarios de gobierno y miembros del Congreso. Algunas estructuras han comenzado a crujir, es el caso de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Se niegan a disminuir sus salarios mientras que se hacen públicos los cuestionables comportamientos nepotistas de algunos magistrados.

Es clarísimo que el proceso trasformador de rediseño institucional y de reeducación de los servidores públicos encontrará resistencias.

De ahí la importancia de lo expuesto por Amalia García en el foro nacional "El Perfil de un Gobierno Transformador". En efecto, es clara la intención del próximo gobierno de llevar a cabo una reconfiguración institucional completa. Esto es, redefinir las reglas del juego, las instituciones, para recuperar la República y poner el interés público y nacional antes que los intereses de grupo o privados, como se ha hecho desde que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional impusieran ante José López Portillo a Miguel de la Madrid como su sucesor. 1982 fue la ruptura con el modelo de estado de bienestar construido por la Revolución Mexicana que, pese a sus muchas distorsiones, desde los años 30 del siglo XX construyó un modelo que permitió una aceptable distribución de la riqueza que fue la base de una inmensa clase media con acceso a la educación superior pública, pero cuyas raíces inmediatas eran obreras y campesinas. Fue posible por los pactos corporativos que sustentaban el autoritarismo gubernamental.

El neoliberalismo desapareció el poder corporativo y abusó de una sociedad desorganizada y no representada. La cuarta transformación de México es un imperativo de la sociedad, una sociedad ecléctica y miscelánea que ha coincidido en algunos pocos puntos básicos pero absolutamente sustantivos: terminar con la corrupción y la impunidad, recuperar el poder adquisitivo del salario, que el gobierno trabaje para la sociedad y el interés de todos, recuperar la soberanía para lo que Pemex y la producción alimentaria son sustantivos.

El papel del gobierno en esto es sustantivo, pero el papel que desempeña la sociedad es determinante. Ninguna transformación ni recuperación de la soberanía del interés público será posible sin la participación activa de la sociedad. Es preciso recuperar entonces el sentido colaborativo general, como grupo de interés e individual. Lo ideal es que los tres coincidan; no siempre sucede, pero los individuos debemos redefinir los modelos de pensar. El Estado no puede ni debe subsumir al individuo, pero el individuo debe estar claro en que hay prioridades públicas con las que debe transigir en su propio beneficio.

Esto, sin dejar de estar atentos al gobierno en sus tres niveles. Una victoria tan abrumadora no deja duda del sentido del mandato y deseos populares, pero es una tentación para apelar a argumentos de autoridad. Es preciso encontrar equilibrios que sin mediatizar lo urgente, dejen de lado las imposiciones y los mayoriteos de los que se huye.