Política

Apego al ridículo autoritario

octubre 10, 2018

El Gobierno del Estado se empecina en demostrar hasta la saciedad que lo que menos tiene en consideración a la hora de tomar decisiones de gobierno es a los gobernados. Su desvinculación con quienes, pese a todo, confiaron en su oferta política es completa. No sólo es falta de empatía, que ya es grave, es completa antipatía; aquello que va en sentido contrario del elemental vínculo humano que supone el haber sido formado en sociedad.

Habrá que entender que tiene la intención de sumergir en basura a una ciudad que le es ajena en el sentido amplio. No sólo porque no tiene vínculos emocionales con ella, sino porque su población mayoritariamente votó por otro candidato, Cuitláhuac García, y que, además, es gobernada por un alcalde perteneciente a Morena.

A contrapelo de todo principio de seriedad y responsabilidad, el Gobierno del Estado impide a las autoridades locales depositar la basura de la ciudad en los rellenos sanitarios disponibles y a la mano. No puede dudarse entonces que lo que lo motiva no es el interés ciudadano, toda vez que está dispuesto a acumular la basura dentro de la ciudad con todo lo que ello implica en términos de salud.

Si los alcaldes cercanos le niegan al alcalde xalapeño hacer uso de sus rellenos sanitarios, debe entenderse que es por la intervención directa del gobernador. De otra forma, difícilmente se arriesgarían a la probabilidad de ser demandados legal y penalmente en diversas dimensiones.

El desplante del gobierno estatal es, dicho en breve, parvulario. Algo muy cercano a una rabieta con ánimo vengativo. Algo que parece ser el aspecto determinante en la configuración psicológica del gobernador o, si se lo prefiere, en el estilo personal de gobernar, como dijera don Daniel Cosío Villegas.

¿Qué pretende el señor gobernador Yunes Linares? ¿Cubrir a la capital del estado de basura en el poco más de mes y medio que le queda de uso de autoridad? Boicotear, como hace al gobierno local, en un asunto que impacta directamente en la salud pública de cientos de miles de habitantes puede tener responsabilidades penales severas; es un asunto de responsabilidad pública del que no necesariamente se libraría. Y no porque el gobierno que lo suceda comparta los mismos impulsos vengativos, sino porque la propia ciudadanía organizada puede enderezar varios procedimientos en su contra.

El asunto tiene un fuerte parecido al patético consuelo de aquél que vencido en una pelea con el rostro hinchado por los golpes del adversario, se da ánimos presumiendo lo lastimados que quedaron los puños del contrincante.

Al final del día lo que queda claro es la paupérrima calidad de los que se dicen políticos en el sistema de complicidades e impunidades que muere.

Pero pasa que los estertores son penosamente sonoros y olorosos.