Política

Pensar desde hoy. Del perdón

octubre 06, 2018

El pensamiento contemporáneo corre el riesgo de adoptar formatos faltos de profundidad, de devanarse en ocurrencias carentes de hilo conductor, de perderse en el sinsentido de la satisfacción automática. Ante la visión de esta tendencia etérea e inaprensible reforzada por las altas esferas del poder, Pensar desde hoy teje la reflexión en torno a cuestiones cruciales de la experiencia humana y propone para la filosofía una pista de aterrizaje en la sociedad, una invitación a la reflexión de la postura propia ante el quehacer colectivo, un resurgimiento como actitud ante la vida.

¿Qué significa perdonar? ¿cómo se distingue el perdón del olvido? ¿qué revela, pues, el perdón sobre la esencia de la persona humana? En su ensayo "El perdón, una investigación filosófica" (Encuentro,2016) el filósofo español Mariano Crespo afronta de manera valiente estas y otras interrogantes, y ofrece algunas sugerencias para pensar la experiencia de perdonar.

El libro comienza con la precisión de la especificidad del perdón en cuanto tal, es decir, aclarando qué rasgos distintivos hacen del perdón precisamente esa vivencia y no otra. Así, la recurrente asociación entre perdón y olvido no parece estar bien encaminada. En el olvido nos enfrentamos a un evento casi involuntario, se trata más del resultado de una desatención que de la ejecución activa que siempre está en la base del acto de dar y pedir perdón. Por tanto, el que perdona de ninguna manera olvida, pues perdonar implica estar en pleno reconocimiento del daño que hay que perdonar. Así, por otra parte, perdonar es siempre perdonar a alguien y, sobre todo, perdonarlo "por algo", y es siempre algo que le hizo o le hicieron a sí mismo: difícilmente se puede hablar de perdonar en nombre de alguien ni por alguien más. Así, el perdón no supone la mera apreciación negativa sobre un valor en general de una acción, sino que siempre tiene como punto de referencia un daño, en sentido amplio, cometido contra una la persona concreta, dirigido específicamente a ella. En esa medida, perdonar es siempre asunto de quien recibió el daño objetivo, y es también, como veremos, una de las formas más altas en las que se revela su propia libertad.

La tesis más importante del libro, que casi funciona como premisa mayor de su argumento, es asumir que la persona es irreductible a sus acciones. Las personas en cierto sentido son lo que "hacen", pues por sus acciones se revela lo que en cada caso son, pero, como sugiere eso, no son sólo eso, ni es lo que revelan sus acciones lo más importante de la persona. Existe un reducto de indeterminación que está en la base de la acción de perdonar, y al mismo tiempo, hace que el perdón tenga sentido: la libertad. Por un lado, si la persona es más de lo que muestran sus acciones, incluso en el caso de un acto que ha tenido por resultado un daño objetivo, al pedir perdón se pide la oportunidad de revelarse como algo más de lo que se hizo, y otorgarlo, también es la oportunidad de asumir a la persona como algo que trasciende sus acciones. Por otro lado, en la medida en que, por más que la indignación iracunda se apodere de nosotros, por más fuerte que sea el odio despertado por la injuria, si en verdad somos libres, tendría que ser posible la distancia que permita asumir el daño y perdonar. "Todo perdón" dice Crespo, "surge de la libertad de la persona. Por eso se trata de su perdón". En ese sentido tampoco puede hablarse de un "deber de perdonar", incluso de un deber moral por el perdón, pues al tratarse de una decisión personal de quien reconoce y asume una ofensa dirigida a su persona y que, desde esa condición individual, desde su libertad, reconoce gracias a su perdón que el otro no es, y puede ser siempre más que aquello que le hizo al ofendido.

En ese sentido, la obvia relación que guarda el perdón con el rencor revela una dimensión sumamente interesante: quien ha sido ofendido siente y seguramente tiene buenas razones para aborrecer a su ofensor, lo sostiene en el odio en los mismos términos en los que mantiene quien perdona al que le hizo daño: reconoce un daño objetivo, y sabe que ese daño es el resultado de la acción voluntaria de alguien más. Pero, a diferencia del perdón, en quien guarda rencor vemos el extremo opuesto que descansa, precisamente, del otro lado de la libertad. El rencor parece ser entonces una forma de aquello que Sartre llamaba la mala fe: el que siente rencor, no asume su propio odio como algo que viene de sí, no se compromete con éste, sino que vive su odio como un destino inevitable, una condena, como si se resignara a odiar. Dado el argumento que hemos sugerido con Crespo surge la cuestión, ¿en qué medida el que odia, no sólo rehúye en secreto de su propia libertad, sino que se niega a reconocer la libertad de aquellos que le hicieron daño? La abierta contradicción que resulta del comportamiento del rencoroso es que, para que tenga sentido asumir el daño objetivo como el resultado de la acción de otro, el ofendido tendría que asumir aquello que, al condenar la esencia a lo que hizo, se niega a reconocerle: su propia libertad.

Por lo tanto, si bien es verdad que no hay obligación ni deber alguno con el perdón, y en esa medida, resulta casi tan inhumano como el odio exigirle a alguien que perdone sin más a su agresor, lo cierto es que parece que el odio y, en consecuencia, el rencor, aprisiona, encierra, mientras que el perdón, en cambio, siempre está más cerca de la libertad.

En esta segunda temporada de Pensar desde hoy, el Instituto de Filosofía tiende la discusión cada jueves de octubre y noviembre esperando contar con la retroalimentación del lector que podrá hacerlo a través de sus redes sociales (Instituto de Filosofía UV) y al correo pensardesdehoy@gmail.com .

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