Política

¿De qué se trata?

agosto 14, 2018

Imagine que usted será festejado próximamente por algún motivo gozoso, para lo cual nadie le pide parecer, y mucho menos interesa saber, a nadie, qué es lo que más le gustaría disfrutar en una fiesta en su honor. Para entonces, se integra una comisión especializada en festejos –un grupo de gente aburrida y bostezona– y a usted, el celebrado, inopinadamente le llega la invitación a su propia pachanga, y sin saber de qué se trata tiene la ocurrencia de asistir con sus amigos del barrio. Pero, ¡oh desilusión!, en el salón no caben todos, salvo los que fueron invitados por la solemne comisión. La botana resulta un festín de "Tostitos" aguados. La música, tandas interminables de reggaetón, banda y las románticas de Luis Miguel. Las bebidas, cerveza "Sol", tequila "Jimador", y charanda mezclada con refresco "Jarrito" de piña o tamarindo, al tiempo. La piñata es una figura del payaso "Eso" al que se le da con un palo de escoba que le astilla la mano y que por poco lo parte en la cabeza de un imprudente invitado. El pastel, sin ciruela, es uno de tres leches que se desparrama en el plato de unicel, endulzando el sándwich de jamón en forma de triangulito y el volován. Ya entrado en horas el jolgorio y aturdido con los brebajes servidos, para colmo la someten al numerito del karaoke. Pero lo peor está por llegar, pues casi al final y antes de que toquen "Caballo dorado" con la infaltable coreografía, aparece en escena, cargada en hombros, la verdadera reina de la fiesta a la que algunos acomedidos sacan a bailar de inmediato, pese a que todos resultan arrítmicos hasta el ridículo. En fin, que usted no fue el festejado y sus amigos gorrones fueron mal vistos.

Toda analogía tiene sus límites que permiten reconocer la naturaleza de las cosas. No obstante, el costumbrismo de los escenarios populares poco o nada deja a la imaginación y muchas veces resulta menos fastidiosa esta representación barrial, que cuando una supuesta élite académica asume funciones que, por su índole, rebasan por mucho la capacidad de concepción, coordinación y ejecución de una tarea que debe ser reflexiva, contextualizada e instrumentada en un nivel de participación amplio, constituyente, fundante e innovador; para lo cual la torpe y absurda propuesta emanada de la Comisión Transitoria –por fortuna– del Consejo Universitario General (CUG), más bien parece haber sido susurrada al oído de los comisionados por una eminencia gris que despacha en una obscura oficina de la rectoría.

Las primeras reacciones de algunos miembros de la comunidad universitaria no se hicieron esperar y se ventilaron en medios impresos y no en espacios universitarios; pero el contenido de las argumentaciones y cuestionamientos puntuales resultan apreciables y no sólo dejan mal parados a quienes redactaron el Anteproyecto de Nueva Ley Orgánica para la Universidad Veracruzana, sino que pone al desnudo un andamiaje institucional, que para efectos de una discusión de esta naturaleza, resulta muy cuestionable. Y esta lectura crítica parte de las atribuciones y pretensiones de la doctora Sara Ladrón de Guevara para concentrar al poder en la figura del rector –aunque no sabe precisamente para qué–; pasando por las resoluciones mismas que perpetra un Consejo Universitario General disciplinado y obsecuente; y alude también al carácter anacrónico de una Junta de Gobierno que, en su último comunicado ni sufre ni se acongoja por el desempeño de la ahora rectora, cuyas ocurrencias han puesto de cabeza a la Universidad Veracruzana. El mismo doctor Mauricio Merino, integrante de la Junta de Gobierno y promotor de un órgano de transparencia y rendición de cuentas, nada hace para asumir este compromiso de cara a los miembros de esta universidad, pues no son poca cosa las implicaciones que traería esta reglamentación para la vida universitaria. Siempre es así, cuando se adquieren compromisos se acalla la conciencia.

El que la Comisión Transitoria haya dado marcha atrás ajustando los plazos y modalidades de la consulta, en nada garantiza la inclusión de las propuestas en un nuevo anteproyecto que se ponga a consideración del CUG y, posteriormente, sea turnado al Congreso local para su aprobación. En primer lugar, no se trata de poner puntos y comas o cambiar una palabra. Se trata de un debate fundamental que requiere la aportación concreta de ideas que no pueden ser reducidas a criterios jurídicos, pues bien se sabe que el derecho y su estructura codificada está lejos de ser la representación sustantiva de la realidad social, como lo demuestra este desencuentro.

Sin subestimar los aportes de los abogados en el diseño de dispositivos legales –si bien suelen gestar engendros jurídicos–, en este proceso resulta crucial el reconocer y recuperar las contribuciones que puedan provenir de distintos campos disciplinarios vinculados estrechamente al quehacer universitario y de los muy diversos actores comprometidos con el papel que juega la Universidad como institución pública frente a la sociedad.

Involucrar a los universitarios en el formato de discusión para una nueva Ley Orgánica, propuesto por la propia Comisión Transitoria en los términos más complacientes, significa volver a las modalidades de consulta limitada, para que al final "Las observaciones, comentarios o propuestas específicas serán revisadas y en su caso integradas por dicha Comisión", quedando en las mismas manos el criterio discrecional de incorporación de las propuestas, lo que francamente desalentará la participación. En tal sentido, el argumento central de una corriente opositora a esta línea institucional consiste en desconocer el contenido del anteproyecto, tal y como fue presentado, y se propone que la base de la discusión sean la Ley Orgánica y la Ley de Autonomía vigentes, dialogadas bajo principios democráticos que otorguen legitimidad al proceso y al resultado; si bien cuando se apela a la democracia, en esta universidad no se sabe a ciencia cierta qué significa en términos de las formas de gobierno y los mecanismos de toma de decisiones.

Está claro que la respuesta a esta iniciativa ha sido contundente al cuestionar el contenido y el procedimiento; pero, sobre todo, al percibir innecesarias y nocivas tendencias de concentración de poder y el consecuente autoritarismo que aquel traería consigo; antivalores inaceptables por no ser propios de una comunidad que se debe al pensamiento y a la creación. Es probable que en el círculo cercano a la rectora no haya una mente lúcida que contribuya a aclararle el panorama; de tal suerte que sólo cabe esperar que la alternativa que se está proponiendo a través de los consejeros universitarios de distintas facultades e institutos, que consiste en organizar foros en las distintas regiones, desactive el procedimiento y genere una plataforma de análisis lo más amplia e incluyente posible.

La Universidad Veracruzana corre el riesgo de convertirse en una institución jerarquizada, desarticulada a su interior y sujeta a una estructura burocrática privilegiada, si no es que ya lo es. Urge, entonces, que todos sus integrantes –científicos, humanistas, creadores, ejecutantes, trabajadores de toda clase que la sustentan, alumnos de todos los niveles– sin distingos ni rangos, se pronuncien en el proceso de construcción de una Ley Orgánica que recupere el espíritu universitario manifestado en la inteligencia, el buen sentido y el compromiso social de toda institución pública. De lo contrario, será verdaderamente imposible –según lo expresaron miembros de la propia Comisión Transitoria– "que la Universidad se maneje en los mejores estándares de transparencia, legalidad y legitimidad"; mucho menos que se coloque "a la vanguardia legislativa de las Instituciones de Educación Superior (IES) del país".

En este escenario, la rectora Sara Ladrón de Guevara cometería un grave error si subestima los pronunciamientos críticos manifestados en torno a su iniciativa de reforma. Y no basta postergar la discusión remitiéndola a un proceso no deliberativo, colocando en la mesa el mismo anteproyecto. La rectificación puede ser un acto que no necesariamente implique la renuncia a los principios, sean cuales sean estos. Pero la renuencia, la simple soberbia reflejan la pobreza de un espíritu indigno de representar la alma máter. En tal caso, los costos político y moral le resultarán mayores.

Xalapa, Veracruz, a 13 de agosto de 2018.