Política

Veracruz, estado de homofobia

agosto 10, 2018

Diversas fuentes estiman que la población no heterosexual en el mundo, esto es la comunidad LGBTI, oscila entre el 3 y el 5 por ciento. En algunos países se estima el 10 por ciento. Si bien no existen cálculos precisos, cosa que no necesariamente sería relevante, para efectos de convivencia es importante para dimensionar la relación costo beneficio de las actitudes sociales y las políticas públicas derivadas de ellas, pues los datos coinciden en que es una población minoritaria.

La población LGBTI ha ganado para sí y por la buena, importantes espacios públicos y de visibilidad pese a que hay una masa crítica social obsesionada por invisibilizarla, rechazarla y condenarla. De ahí a violencia no hay más que un paso.

Independientemente del porcentaje general de la población que representan la actitud social hacia la homosexualidad suele estar asociada a la impronta religiosa. Así, los países de más violencia anti homosexual suelen ser aquellos donde la religión tiene mayor influencia.

Todavía hoy, luego de años de ganar espacios públicos y de plantarse abiertamente frente al mundo, la violencia aleatoria contra la población LGBTI sigue siendo inaceptable porque es una expresión clara de una patología social que debe ser atendida. En México hay lugares y regiones en donde parece ser más visible que en otros la comunidad LGBTI; curiosamente, fuera de la Ciudad de México, son esos lugares donde más violencia existe contra tal comunidad. Eso sugiere una correspondencia entre el tipo de gobierno y los niveles de tolerancia e integración a la normalidad para procesar las diferencias. No sólo las políticas, sino también las actitudes sociales hacia las minorías.

Es posible entonces asociar la intolerancia y la violencia sociales con el tipo de gobierno. Gobiernos conservadores con una clientela electoral religiosa amplia aceptarán y desatenderán las condiciones que alientan la violencia contra las minorías, del mismo modo que toleran y protegen la pederastia clerical, por ejemplo.

Y Veracruz es, pese a su amplia y visible población homosexual, un estado abiertamente homofóbico. Lo mismo que con las mujeres, la violencia contra la población LGBTI es escandalosa.

No es casual, pues, que la misma Organización de las Naciones Unidas condenara ayer la violencia que específicamente en Veracruz existe contra la población homosexual o cualquiera de sus expresiones derivadas. Y es que, en lo que va del año, la sociedad civil veracruzana ha registrado una ola de 19 homicidios contra la comunidad LGBTI, 10 mujeres transgénero y nueve hombres gay. Esto hace de Veracruz el tercer estado más homofóbico a nivel nacional según datos de la organización civil Letra S. Al grado que la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ONU-DH) manifestará su alerta.

Ésta estadística del horror se ha agudizado en los ocho últimos años. No es posible atribuirlo a la casualidad y eso hace que, además del amplio abanico de rezagos de todo tipo que lastran al estado, el próximo gobierno deba atender tanto a la vulnerabilidad concreta de tal población, como a las condiciones sociales que favorecen el odio. En más de un sentido la sociedad veracruzana acusa signos de estar enferma. Los feminicidios y los crímenes contra la comunidad LGBTI lo indican rotundo.