Política

Conocimiento, sociedad y gobierno

agosto 01, 2018

El pasado primero de julio, Andrés Manuel López Obrador y la coalición Juntos Haremos Historia, integrada por Morena, PT y Encuentro Social –así, en ese orden– obtuvieron un triunfo inobjetable, amplísimo e inédito, por lo menos en la etapa de elecciones competitivas, creíbles y con alternancia que se han efectuado a partir del México posrevolucionario. AMLO alcanzó el 54% de los votos (más de treinta millones); triunfó en el 83% de todas las casillas instaladas en el país; ganó cinco de nueve gubernaturas; logró la mayoría en el Congreso con sesenta y ocho senadurías y trescientas siete diputaciones; y Claudia Sheinbaum gobernará en la ciudad de México. La numeralia que se derive de los resultados definitivos poco diferirá de la tendencia observada. Pero lo más significativo en un registro histórico es el hecho de que este arrasador triunfo correspondió a una alternativa de gobierno de izquierda nunca antes visto en la historia de México; resultado de escisiones y convergencias que dieron a su interior, luego de la reforma política de 1977.

El análisis e interpretación de estos resultados ya se han comenzado a perfilar en los mismos medios de comunicación y con la omnipresencia de los mismos expertos que, embozados, jamás declararon su preferencia por otros candidatos, que sin duda lo tuvieron; sin embargo, siempre sus severas y persistentes críticas a Andrés Manuel López Obrador dejaron ver un marcado sentido descalificatorio, sobrestimando aquellos su capacidad de influencia en la opinión pública, como si ésta no tuviese posiciones propias igualmente informadas. Su convicción liberal, su audaz vocación socialdemócrata o su "miserable gradualismo" les hace imaginar que el nuevo presidente tuviese que ser una combinación de Mandela, Kennedy, Charles de Gaulle, Gorbachov y Václav Havel. Al menos, tuvieron el arrojo de ver en Ricardo Anaya al Emmanuel Macron mexicano.

Luego de lo abrumadores resultados, se notan incómodos y perceptiblemente molestos; y en tono de advertencia casi definen la agenda y la actitud debe orientar al gobierno de recién electo presidente de la república. Transitan de una estación de radio a un estudio de televisión con pleno derecho sobre sus audiencias. Dicen que les gustan las mayorías, pero se alarman frente al hecho de que Morena tendrá el control de las dos cámaras. Quieren que el Estado Mayor lo siga resguardando, no por tratarse de Andrés Manuel López Obrador, sino porque representa a la república. La irrealidad de las propuestas de AMLO solo tienen su contracara en la realidad de los proyectos de modernización fallidos. Le piden amablemente que modere su lenguaje, tal como ellos –poseedores del monopolio de la palabra– lo moderaron cuando adjetivaban por los cuatro costados a este mesías tropical; o como cuando las mafias intelectuales se cruzaban abyecciones y se decían, ambas, estar tan lejos y tan cerca del poder presidencial. Demandan su derecho a ejercer la crítica –sin lugar a dudas– pero jamás se les vio conmoverse y agitarse con tanta vehemencia cuando Salinas reprivatizó la banca a una pandilla de neobanqueros, y culminó su sexenio con una profunda descomposición política. Tampoco cuando aquel y Ernesto Zedillo se culpaban de la crisis de 1995 que originó el desastre del Fobaproa. Celebraron la transición en el 2000, pero fueron sutiles con las frivolidades y torpezas de Vicente Fox. Vieron pasar la ola de violencia generalizada en el sexenio de Felipe Calderón y nunca lo emplazaron a que rindieran cuentas y rectificara. Con Peña Nieto fueron hasta entusiastas y generosos ante la oleada de reformas estructurales de "gran calado"; pero no lo expusieron ante los primeros síntomas de corrupción en su gobierno. Y pese a la tragedia cotidiana de crímenes de toda índole, muchos asumieron la "verdad histórica" en el caso de los 43 estudiantes desparecidos de Ayotzinapa. Ah, y pero eso sí, su osadía los condujo a firmar desplegados, pero nunca asomaron la cara en las movilizaciones callejeras, porque es más cómodo reunirse con el club de banqueros. Han abierto una discusión acerca de la posible reducción de salarios de los funcionarios de alto nivel, pero a nadie le interesa el análisis del ciclo de deterioro salarial de los trabajadores formales, por no decir el del salario mínimo y los ingresos de los trabajadores informales.

Andrés Manuel está lejos de representar la utopía de un país agraviado. Resulta, más bien, el depositario de la voluntad masiva; la quimera como posibilidad al alcance de un nuevo ejercicio del poder enfocado en concretar un proyecto inédito de transformación nacional. No es, por mucho, el signo del apocalipsis populista, en las caricaturas que se difundieron con marcada banalización. En todo caso, será un presidente muy observado y sometido a múltiples presiones; y como todo presidente en una democracia, su tiempo está acotado, lo que determinará el ritmo y profundidad de los cambios esperados.

La traducción de los resultados electorales y las expectativas generadas por el proyecto lopezobradorista, sin duda requieren ejercer un seguimiento sensato por parte de los ciudadanos en términos del cumplimiento de los compromisos tantas veces reiterados en campaña. No es necesario el autoproclamado marcaje personal que, comedidamente, prometieron hacer Enrique Krauze y Denisse Dresser. Para eso se emitieron treinta millones de votos que implican un complejo y plural perfil de electores, diferenciados por edad, género, grado de escolaridad, cultura política, posición social y estrato económico. Votantes convencidos sin hostigamiento y manipulación. Unos, cómodamente instalados, sin sufrir sobresaltos; otros, sobreviviendo sin red de protección; pero todos con los suficientes alicientes para ejercer la crítica y la exigencia legítimas.

La preocupación por la ausencia de contrapesos al poder presidencial ante la presencia de una mayoría legislativa, no toma en cuenta que se trata de una contingencia bajo las normas del sistema presidencialista vigente, que no es atribuible al fenómeno político en que se convirtió Morena. Lo auténticamente significativo será el observar de qué manera el nuevo presidente utilizará esa mayoría en los congresos para impulsar las reformas. Y que no se alarmen los locutores sin interlocutores, porque bien saben que cuando el PAN llegó a la presidencia de la república aprendió a negociar con el la bancada del PRI; y éste, al recuperarla, tuvo en el PAN un aliado a modo para impulsar las reformas estructurales, integrando una mayoría de facto, que pasó por encima de cualquier interpelación racional de la oposición, tal como se pudo constatar en las sesiones de las comisiones en el senado.

En este sentido, el balance de poderes no dejará de ser un juego de equilibrios inestables inherentes al sistema y sujeto a la voluntad de los actores políticos, más que al consenso racional. Sin embargo, este debate pasa por alto otra clase de ejercicio del poder: el de los medios de comunicación. En las últimas cuatro elecciones presidenciales, la incuestionable y necesaria libertad de opinión no se corresponde con la existencia de un espacio de expresión pública que actúe como un catalizador que permita contrarrestar los impulsos, muchas veces manipuladores, de quienes sabían perfectamente que neutralizar a AMLO era una operación clave para mantener la misma versión de proyecto nacional, de lo que puede considerarse un auténtico stablishment a la mexicana.

La manifestación masiva del voto a favor de MORENA constituyó el único instrumento de expresión social, a cambio de la voz ausente. Es decir, la democratización política –no hay de otra, pensaba Carlos Pereyra– no ha incorporado la democratización de los medios; de igual manera que el ejercicio del poder político no ha podido o querido incorporar los saberes producidos por importantes –y aún marginales– sectores organizados de la sociedad, en temas que sectorial y regionalmente resultan cruciales –educación, medio ambiente, inseguridad, políticas sociales, salud, cultura. Aunque un escritorzuelo como Francisco Martín Moreno se atreva a suponer que la masa de electores que favorecieron a AMLO, poco o nada sabe de temas como el del nuevo aeropuerto internacional de la ciudad de México; y mucho menos tiene idea de la negociación del TLC; ni remotamente se imaginan cómo se comporta el sector energético mundial –por lo que deberían recontratar a Jaime Serra Puche y a Emilio Lozoya–, a cambio de ello la élite gobernante se ha nutrido de conocimientos que, en cualquiera de sus traducciones en políticas públicas, proviene de la academia y del saber popular, poco o nada reconocidos.

La relación entre conocimiento público, las resonancias de la expresión libre y plural de la sociedad en los medios de comunicación, y las estructuras de todos los niveles de gobierno, aún está por clarificarse. La sociedad organizada no es la oposición al interior del poder político. Se queda en la antesala de éste, porque en ello radica su naturaleza. Pero la oposición hecha gobierno tiene la oportunidad de incorporar y recuperar con sentido práctico esta vitalidad ciudadana. A favor de quién se resuelva este vínculo dependerá, por mucho, la capacidad de conducción y concreción de la proyecto representado por Andrés Manuel López Obrador. En el peor de los escenarios, no olvidemos que dentro de seis años habrá otra elecciones, y bien a bien no se sabe hacia dónde oscilará el péndulo.