Política

Sexo, educación

julio 13, 2018

La impronta de la moral católica ultramontana es compartida en México por la gran mayoría de las expresiones religiosas derivadas del cristianismo. Pueden diferir radicalmente en el rito y en algunas formas de devoción a figuras del imaginario cristiano, pero se estructuran sobre los dos puntales que definen la construcción católica: el sometimiento a la autoridad y la disolución de la responsabilidad con base el arrepentimiento.

Cosa que pudiera ser la explicación de la frecuente convergencia de actitudes y posiciones frente a las realidades sociales. Tanto el conservadurismo católico como los cristianismos no católicos, comparten actitudes intransigentes respecto a la sexualidad y su ejercicio entre humanos. La niegan tan vehementemente que prefieren saber nada de ella y educar así. Es su derecho. Pero el asunto se hace problema cuando estas concepciones religiosas pretenden que sus concepciones se traduzcan en políticas púbicas. Sacar de los temas de aprendizaje la educación sobre sexualidad. Los señores confunden la información sexual con los valores ético-morales para el ejercicio de la sexualidad.

Debiera ser una discusión superada hace ya tiempo, no lo es porque sigue habiendo cantidad de consecuencias indeseadas precisamente por la falta de información sexual. Desde embarazos adolescentes, hasta el contagio de enfermedades de transmisión sexual. Dos factores que por sí solos justifican sobradamente la inclusión de la educación sexual en tira de materias.

Para algunos dirigentes evangélicos, como se narraba en la edición de ayer, la educación sexual es potencialmente instigadora de violencia y degradación social. No muy distinto de los dichos de fanáticos religiosos católicos que satanizan el condón y a las mujeres, pero que voltean a otro lado cuando sus santones son exhibidos como pederastas en activo. Pero también sucede que hay pastores pederastas en las comunidades religiosas evangélicas, cosa que no es atribuible al mero celibato porque los pastores protestantes no lo practican.

Lo que sugiere que no es sólo la contención sexual obligada la que provoca abusos sobre menores, sino la represión conceptual e ideológica sobre la sexualidad.

Desde luego, los pastores tienen el derecho de diferir y protestar, pero no el de sugerir que su enseñanza puede provocar violencia sexual. Eso puede ser interpretado no sólo como un desplante de ignorancia supina, sino como algo bastante más grave, una amenaza.