Política

El terremoto electoral contra la corrupción

julio 11, 2018

Hasta que llegó el hastío de la corrupción y la impunidad saltó la embestida de las urnas, pues sólo entonces, la ciudadanía salió a la calle, de manera que ninguna maniobra extraña como en el pasado reciente –1988, 2006 y 2012– fuera obstáculo para regatear el triunfo que registran las urnas de 30 millones, 113 mil 483 votos, para Andrés Manuel López Obrador, contra 12 millones, 610 mil 120, de Anaya y 9 millones 289 mil 853 de Meade, es decir, no fue un tsunami, sino un auténtico terremoto electoral.

En 1988, el presidente mediocre Miguel de la Madrid, aceptó que se había caído el sistema y de manera por demás arbitraria y criminal, se le arrebató el triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas, despojo que muchos condenamos, pero de nada sirvió, porque el sistema electoral estaba bajo el control del propio gobierno y ese impostor, Carlos Salinas de Gortari continuó con el asalto a la nación y se inició el saqueo con las reformas estructurales para que hoy sufre la patria.

La llegada al gobierno Vicente Fox, en simulada alternancia, amplió el camino para ensanchar y profundizar más, aherrojando al pueblo en la miseria más acentuada y los recursos petroleros que fueron muchos, se dilapidaran de manera tal, que se pudo haber pagado la deuda externa, sin embargo, se alentó la corrupción e impunidad de los gobernadores que reclamaron su tajada al través de una organización facciosa que se denomina Conago, que sirvió de instrumento de chantaje efectivo y el reparto de la rapiña no se hizo esperar.

Eso no paró ahí, sino que el lengua larga de Fox, con sus artimañas –ahora rumia la pérdida de la pensión– obstaculizó que López Obrador llegara, primero a ser candidato a la presidencia con su desafuero y luego, al entrometerse en el proceso para que fuera Felipe Calderón el ganador, con el fraude conocido "haiga sido, como haiga sido" que arrojó un supuesto porcentaje de 0.50, lo que continuó el contubernio para el arribo de otra alternancia, que era el gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, de memoria infame.

Mediante una triangulación ominosa con su artífice, José Murat, se logra el pacto por México –PRI-PAN-PRD- y consolidan la alianza que lleva a las reformas estructurales –con un tasajo a la Constitución que no tiene nombre– que sólo falta que se determine de qué entidad federativa tenemos que desprender del territorio para afrontar el grave riesgo que se cierne sobre el país, al quedarnos sin petróleo , electricidad , agua y demás bienes nacionales, que nadie alzó la voz para denunciar la amenaza y que ahora se tiene que afrontar, porque, como expresó el derrotado candidato de Peña "los contrato se respetan" y las concesiones están dada, de ahí que pasaran muchos años para que nos podamos librarlas.

Todas las licitaciones que se hicieron de petróleos y demás recursos naturales, y cuyos ingresos ya se dilapidaron para mantener a un gobierno rico y derrochador, y para sostener a un pueblo pobre de 55 millones que tendrán que llorar su miseria, porque, si las esperanzas son muchas con el terremoto electoral, no menos cierto es que llegó la hora de amarrarse más el cinturón, porque la crisis que viene es de pronósticos reservados, y que conoceremos a partir del día 1 de diciembre en que se haga el cambio de gobierno.

Por lo mismo, no debe asombrarnos que se empiece a exigir, con rigor extremo, que el próximo gobierno que encabezará López Obrador cumpla lo que prometió en campaña, cuando el establo que se le deja es de una podredumbre que apenas le alcanzará el tiempo para medio arreglar lo que está podrido y hundido en la más espantosa miasma de que se tenga memoria, y se verá cuando se sepa que la deuda interna y externa, no dará margen para comprar un clavo. El país vivirá los días más tristes y dolorosos de su historia, por eso se le denominará la cuarta transformación, será punto de referencia para que la sociedad, consolidada, afronte el reto y no se arredre ante la adversidad que le espera.

La ciudadanía ya conquistó el gobierno, ahora falta que quienes integren el gobierno asuman el poder con la responsabilidad que conlleva para crear las condiciones de la transformación social que hace treinta años se espera el país y quienes en él vivimos para alegar la delincuencia, la criminalidad, la complicidad, la corrupción y la impunidad, males endémicos que asfixian, porque hay que tomar conciencia, o hay paz para todos, o no habrá paz para nadie.