Política

Clic… o no

junio 09, 2018

Seamos francos, si, como sostiene el colectivo Solecito, la impunidad existente respecto al tema de los desaparecidos en Veracruz es del 99 por ciento, entonces vivimos todos en un territorio donde el gobierno opera con cierta funcionalidad inercial, pero donde la crisis de institucionalidad y gobierno es total, y si nos atenemos a las cifras, punto menos que terminal. Quienes la describen como una crisis humanitaria no se equivocan.

La dimensión del problema es monumental desde hace por los menos una década, cuando en los dos últimos años de la administración foxista los funcionarios gubernamentales se devanaban los sesos por entender la escalada de violencia desatada entre organizaciones criminales del Golfo de México y organizaciones criminales del Pacífico. De entonces para acá dos administraciones federales han instrumentado la misma política obtusa pese a que la experiencia y los resultados sugerían desde hace mucho tiempo, cambiar la forma de definir el problema. Una circunstancia de profundos vacíos en políticas públicas que optaron por un esquema simplista de enfrentamiento sin ninguna otra dimensión.

Más de 12 años después la situación del país es mucho peor que al principio pero bañada además en sangre y con una voluminosa carga de traumas y duelos sin resolver.

Los candidatos que buscan la gubernatura sostuvieron una plática con las organizaciones civiles de búsqueda de desaparecidos. La evaluación es lapidaria, la ineficacia crónica del gobierno se disimula con declaraciones y con los cacareos extraordinarios cuando eventualmente hay algo por qué colgarse una medalla. La observación de la sociedad es rotunda y es completamente entendible el escepticismo de la sociedad organizada que ha decidido hacer las cosas por ella misma, toda vez que el Estado es particularmente lerdo.

Hay un problema especialmente delicado, la dimensión de la crisis humanitaria es monumental y los candidatos a gobernador parecen tener una aproximación bastante rana al tema. Una aproximación burocrática que impide dimensionar el problema tal cual es. La consecuencia visible se manifiesta en el simple hecho de que ninguno de los aspirantes a la gubernatura del estado parece tener una base mínima de empatía con las victimas familiares de los desaparecidos.

No basta con declararse solidario o poner cara de compungida circunspección para meterse en la piel de las víctimas familiares. Esta es una crisis que exhibe las lagunas e impresionantes vacíos institucionales que han hecho que las burocracias se reproduzcan y permanezcan sin que nada cambie ni se resuelva. Los candidatos se aproximan a los colectivos con esa actitud de comprensivos solidarios que no conectan porque no son empáticos en el dolor.

Es eso lo que perciben las madres y familiares de desaparecidos, el lejano tono amigable y conciliador de un aspirante que no convence por adolecer de la capacidad elemental de sentir como propio el dolor ajeno. Había que ver con detalle quién de ellos ha tenido por lo menos la intención de acercarse a los colectivos a trabajar en las lagunas existentes en la búsqueda de los desaparecidos. En los esbozos de las políticas correctivas a los hecho hasta ahora, por ejemplo.