Sociedad y Justicia

Museo Casa Xalapa ha presenciado las transformaciones de la capital

mayo 20, 2018

Es difícil imaginarse a esa Xalapa cuyos límites urbanos terminaban en Los Sauces y en 20 de noviembre; sin sus grandes avenidas, un pueblo de apenas un puñado de cuadras, calles y parcelas que conformaban el Centro Histórico y alrededores; un "pueblito" en proceso de volverse la capital veracruzana. Pocos inmuebles guardan tanta memoria de esa transformación como en el que hoy se encuentra el Museo Casa Xalapa (MUXA).

Inicios

Fue construido en 1536 y llegó a ser el segundo convento franciscano más grande de la Nueva España, pero en la década de 1760, el de la Natividad de Nuestra Señora, donde hoy está el parque Juárez se encontraba en problemas económicos y tuvo que lotificar y vender algunos terrenos.

La directora del MUXA, Rebeca Bouchez Gómez, cuenta que sobre la calle J. J. Herrera aún se ve el trazo de lo que antes fue un muro perimetral del convento franciscano, que daba la vuelta hacia las estatuas de las Cuatro Virtudes Cardinales, "y todo eso era propiedad del convento, tenía huertos y hortalizas. En 1771-1772 se separan los predios y venden a algunas familias".

En uno se construye una casa "modesta", típica de la región, de un piso, con su cocina de humo, algunos cuartos, un patio al centro, techo de teja y grandes vigas de madera, sencilla. Hay que recordar que ni el viaducto que pasa por debajo del parque, ni la avenida Ávila Camacho existían; en épocas del convento ahí se encontraba la puerta principal, y más tarde se construyeron dos grandes escaleras con dirección a Úrsulo Galván.

El terreno del Museo Casa Xalapa es exactamente de las mismas dimensiones que en ese entonces, y está en el corazón de la ciudad. En frente se encuentra lo que fue la plaza que recibía a quienes llegaban de Coatepec porque Úrsulo Galván era la única forma arribar a Xalapa.

La calle J. J. Herrera se llamaba El Toronjo, y bajaba hasta el Paseo de Los Lagos; no existía Allende ni otras calles aledañas, "eran terrenos del convento, pero los monjes comenzaron a vender poco a poco los predios". Es decir, el terreno que alberga el MUXA ha visto a Xalapa convertirse en ciudad, a lo largo de casi dos siglos y medio.

Los primeros dueños fueron los señores Lucas Joseph Barradas y María Serdán Ponce de León, quienes vendieron una casa de madera y teja a Domingo Ramos, de oficio platero, a finales de 1790. Eran casas en forma de L, con una distribución en tres zonas: social y de vida común; familiar, íntima y privada, y la de servicios.

Las Muñoz

Uno de los dueños del inmueble fue el general Ignacio Muñoz Tapia, uno de sus hijos, don José Muñoz, heredó la casa ubicada en el número 7 de la calle J. J. Herrera, quien a su vez se la dio a sus hijas María de la Paz y María de Lourdes Muñoz Pérez, quienes crecieron, vivieron y envejecieron ahí: "las Muñoz", como les decían.

"Una fue novia del hermano de mi papá, Pacecita; a ella y a su hermana les ayudamos a vender la casa", añade Rebeca Bouchez, que recuerda a sus amigas, las cocineras Carmen Titita Ramírez, Raquel Torres y María Isabel Marisa Paseiro Laria.

"Imagínate, Raquel es creo del 51, yo soy del 46, Titita debe ser del 38, Marisa también, debe tener como 85 años. Les tocó venir a jugar con las hijas de don Pepe, las Muñoz. La casa estaba viva". Es más, cuenta que el jardín se rescató en honor a ellas.

Traten de pensar –añade– una época en la que llegaba el burro o la mula con distintos productos, desde abarrotes hasta leña y carbón, al final del patio había un cuartito donde se guardaba todo; era una casa típica, con espacios para dejar el caballo, único medio transporte.

"Esa es la razón de las grandes puertas de las casas, porque tenía que pasar el burro o caballos que los dejaban amarrados mientras llegaba el huésped; se venían a caballo de los ranchos o carreta, y pues metían a los animales para que no se los robaran.

"Quienes vivieron en ella no era cualquier familia", dice Raquel Torres, cuya relación con la casa, y quienes la habitaron, se remonta a sus días de estudiante universitaria. "Titita vivía a dos cuadras, en Carrillo Puerto… Podrán imaginar que el parque Juárez no tenía el paso a desnivel, ellos caminaban para ir con las Muñoz, bajaban por las escalinatas y llegaban".

Dice que quienes vivían en el centro era la clase que tenía su situación económica resuelta, y recuerda que uno de los límites de la ciudad estaba en 20 de noviembre, y pasando la avenida apenas comenzaba a construirse viviendas.

Conoció a Paz Muñoz por una de sus amigas, Lula Oliveros, y cuando era estudiante, "ellas fueron varias veces a ver a la bebé cuando nació –pues me alivié mientras estudiaba la carrera–, y ahí me enteré que vivía en J. J. Herrera, que eran tres hermanas, por mi amiga de la escuela supe que tenían una casa preciosa".

Cuenta que Paz era una mujer elegante, religiosa, muy educada, "muy xalapeña". Eran mujeres elegantes, incluso una de las hermanas trabajaba de azafata, "era muy elegante porque así eran antes: muy viajada, muy guapa, elegantísima, grande. Antes las azafatas tenían que ser muy finas, guapas, educadas, ahora ya no sé".

Hace casi 30 años Paz la llamó y le dijo que quería venderle la casa, que junto con sus hermanas decidieron ya no vivir más ahí. "Me dijo: ya empieza a haber mucho ruido (ya habían abierto el paso a desnivel), y su vida ya no era la de esa Xalapa de su juventud".

El deseo de las hermanas era que Raquel Torres pusiera su restaurante La Churrería de mis recuerdos en ese lugar, "y como ya me sentía toda una empresaria, pues le dije, vamos a verla", señala al soltar una fuerte carcajada, pero "en realidad yo sólo quería conocerla".

Aquel fue el primer día que Raquel entró al lugar. "Era una casa de antaño, sus muebles tenían más de 100 años, era puras caobas, cedros, cuadros, óleos, era una casa muy distinguida, muy elegante como ellas, que hablaba de toda una historia local".

La investigadora rememora que lo que más le llamó la atención fue "estar en una casa con los muebles, con las personas que la vivían, que la vivieron durante generaciones atrás de ellos, fue como estar en otro mundo, en otra realidad, en otra historia, con las personas que le estaban dando alma al lugar".

Afirma que ni muebles ni el espacio físico, sino las personas, son las que le dan alma a una casa. "Me imaginaba toda una historia, las historias que ella me contaba. Estar con personas que tenían, digamos, un linaje local, me provocaba mucho sentimiento, porque era sumarse a otra historia". Las hermanas debieron haber tenido entre 75 y 80 años cuando vendieron el lugar que las vio vivir.

El Museo

Rafael Hernández Villalpando gana la presidencia municipal e invita a Raquel Torres a sumarse como directora de Turismo, "y un día, en 1998, iba pasando justo cuando escuché que le ofrecían la casa de las Muñoz, y rápido que le digo: hay que comprarla, y ojalá que se quede en museo o algo para Xalapa, hace falta. No me acuerdo si dije Casa de la Cultura o Dirección de Turismo".

Unos meses después la casa fue comprada por el ayuntamiento y pasó a formar parte del patrimonio de los xalapeños.

Rebeca Bouchez cuenta que desde que fue directora de El Ágora de la ciudad ya perseguía el proyecto de realizar un museo. "Fue una iniciativa del Patronato Pro Museo de la Ciudad. La queríamos para museo por estar a un lado de El Ágora, que se hiciera un conjunto cultural, y tiene el estilo de la típica casa xalapeña. Pero tardamos 18 años en conseguirlo".

El museo cuenta la historia de la ciudad, desde sus inicios geológicos, sus características geográficas, sociales y económicas; se expone permanentemente la maqueta del convento franciscano, y en uno de sus salones se encuentra una cocina típica, cuyos platos, vasos, tazas, ollas de barro y demás instrumentos fueron donados por Raquel Torres.

Rebeca Bouchez adelanta que buscan la declaratoria de Patrimonio Intangible de la Humanidad, ya que el inmueble tiene las características únicas de una casa del siglo XIX, y se encuentra en una zona patrimonial que es el parque Juárez: "Esta casita ha visto, y es protagonista de la historia de Xalapa", concluye.