Política

Sotanas, perspectivas

mayo 15, 2018

Veracruz y el resto del país pasan por tiempos de marcado posicionamiento electoral entre quienes desde la conciencia o el enojo y el hartazgo adelantan su intención de votar antisistémicos fuera del esquema de complicidades prianistas, y los que viven acongojados con la consistente preferencia mayoritaria por López Obrador.

La urdimbre de complicidades que ha gobernado, vendido y sangrado al país durante treinta años lanza campañas de miedo y antipropaganda que en nada parecen afectar la sólida delantera de AMLO. Hay, sin embargo, razones para esperar reacciones diversas, al fin y al cabo perderán mucho miles de millones de pesos en negocios a costa de la riqueza y patrimonios públicos.

En las dos elecciones presidenciales anteriores (2006 y 2012) la nomenclatura conservadora jugó roles sustantivos para facilitar y avalar la alteración de la voluntad popular. Entre ésos, el clero que nunca desaprovechó las oportunidades para minar la candidatura de López Obrador.

Pero la llegada de Jorge Bergoglio al papado ha implicado una inflexión nada despreciable en la forma probable de hacer las cosas. Por lo pronto la sustitución, por jubilación, de Norberto Rivera por Carlos Aguiar, quien claramente ha empezado a reversar el estilo ajeno de Rivera, elitista y distante de la feligresía pero cercano a las élites económicas y políticas.

Más allá de eso, no es en absoluto menor el reciente posicionamiento de la Conferencia del Episcopado Mexicano en el sentido del grave deterioro social por el que pasan los mexicanos. La CEM ha hecho varias declaraciones importantes en los últimos tiempos, todas implican un claro reposicionamiento del clero católico respecto al que mantuvo por décadas con Rivera Carrera. Apenas antier declaró su vergüenza por los casos de pederastas clericales que Rivera y Juan Pablo II protegieron durante tantos años. Un día después de que empezara la conferencia plenaria del Episcopado Mexicano en abril pasado, éste se pronunció abiertamente sobre la tragedia de los migrantes centroamericanos y mexicanos en el país, víctimas de delincuentes y autoridades y, frecuentemente, la combinación de ambas.

Es claro el cambio de entendimiento y posición política del episcopado mexicano. No necesariamente porque sean otros obispos, sino porque el liderazgo nacional y vaticano ha cambiado por otro que claramente tiene intenciones manifiestas de hacer las cosas de forma diferente. Para bien, todo parece indicar.

Con estos elementos es verosímil esperar que la actitud y rol a desempeñar del clero como testigo de calidad de los procesos electorales en México sea ahora claramente diferente a los tiempos de Norberto Rivera. Apenas en diciembre la CEM en su mensaje de Año Nuevo llamó a los creyentes hombres y mujeres a no desentenderse de los grandes retos que azotan a los gobernados: violencia e inseguridad; enfrentamientos entre grupos y pueblos en diferentes lugares de la nación y la reconstrucción de casas, edificios y templos, tras los terremotos de septiembre del 2017, pero sobre todo del tejido social.

Así pues, es dable esperar una actitud y procesamientos distintos de la jerarquía católica frente al panorama mexicano.