Política

La metáfora perfecta

mayo 10, 2018

La saturación que provocan los medios de comunicación entre las audiencias cautivas respecto del proceso electoral que culminará el próximo primero de julio deriva en la banalización de la política, por distintas y convergentes razones. Primero, la cobertura de las pre, inter y abiertas campañas ya anunciaba la presencia infinita de voceros, estrategas y de los propios candidatos. A ello se suma la editorialización sesgada y alevosa de los mismos conductores de noticieros, programas de opinión, semi debates y spots; estos últimos al parecer diseñados por publicistas que no venderían ni Coca-Cola. Considérense también las sesiones y polémicas al interior del INE y sus controversias con el Tribunal Electoral del Poder Judicial de Federación respecto de viles trampas de los candidatos independientes, cuyo aval otorgado al Bronco convirtió a éste en una grotesca caricatura. Y el agraviado de Armando Ríos Piter, mejor se arrojó al vacío al descubrir el talento de José Antonio Meade.

No menos abrumador ha resultado el posicionamiento de la cúpula empresarial, el Consejo Coordinador Empresarial y el Consejo Mexicano de Negocios, quien a través de su muy activo y preocupado representante, Juan Pablo Castañón, y la figura inefable de Carlos Slim –personificación suprema de la concentración del ingreso en el país y principal beneficiario de Carlos Salinas– causan alarma respecto del supuesto y peligrosísimo escenario económico que significaría la cancelación o la sola revisión del proyecto del nuevo Aeropuerto Internacional de México, núcleo importante de inversiones de alto rendimiento para el intocable capital; como si los problemas del país solo pasaran por la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, para complacencia de los intereses empresariales, quienes, como el preponderante Slim y Alejandro Ramírez, propietario de Cinépolis, meten la mano al bolsillo para fijar tarifas y precios en sus rentables negocios pues, en el caso del segundo, una entrada a sus salas y un combo equivalen a dos salarios mínimos.

La retahíla de discursos y ajustes estratégicos en las campañas continuarán luego del primer debate, donde los candidatos se lucieron con piezas de oratoria que apenarían a Pericles, Demóstenes y Cicerón. Y para sazonar el caldo, la academia –entre la endogamia y el conspicuo protagonismo de sus más visibles y representantes, como el intelectual/funcionario de una pieza que es Jorge Castañeda– no alcanza a posicionar una agenda nacional y local, y a partir de ella influir en los temas políticos que se cuecen a fuego rápido. No existe, en este caso, como pensaba Keynes, la fuerza de las ideas. Los análisis, mesas redondas y otros foros efímeros de donde se desprenden libros en los que se reciclan ideas para el autoconsumo, no resuenan en los oídos de los candidatos y sus equipos de campaña, simplemente porque se trata de reflexiones de otra naturaleza y apelan a distintos públicos.

Antes de presenciar en qué termina la Gran Cruzada Nacional contra de López Obrador ("López", para el difunto Enrique Ochoa Reza), indudablemente orquestada, no por una mafia en el poder, sino por una convencional oligarquía económico-financiera y sus operadores tecnócratas cuyos valores democráticos y ultraliberales los representa el Fondo Monetario Internacional y el escritor Mario Vargas Llosa, habría que acudir a la figura metafórica del futbol, un deporte, como otros, envuelto en intereses corporativos globales.

Entre el pasado y el presente –el López Obrador de hoy es el Echeverría del pasado, según la ocurrencia del preclaro Héctor Aguilar Camín–, el futbol mexicano tuvo tantas figuras nacionales, por solo mencionar a algunas, como Enrique Borja, oportunista y efectivo rematador; Chava Reyes, popular e histórico jugador de las Chivas, quien inspiró historietas del Chanoc; Alfredo del Águila, fino mediocampista del América; Alberto Onofre, malogrado talento de la media cancha, fracturado por Juan Manuel Alejandrez; el Kalimán Guzmán, defensa del Cruz Azul, quien le pegaba tan fuerte y tal mal balón que lo enviaba fuera del estadio; el Halcón Peña, cuyo mejor recurso defensivo fueron las barridas; Fernando Bustos, Willie Gómez y el atlista Ricardo Chavarín, habilidosos delanteros de media caída; Aarón El Ganso Padilla, cuyo dribling de la bicicleta no superaría ni a un jugador de liga infantil; el Campeón Hernández, tan lento como solvente defensa central; los hermanos Razo, defensas del León, bautizados por Ángel Fernández como "el terror del Bajío"; el Cuate Ignacio Calderón, quien perdió la figura en un encuentro contra Italia en el mundial de México, en 1970; y el Wama Rafael Puente, de sorprendente atajada ante un cabezaso de Luigi Riva, si la memoria no falla.

En el plano de la dirección técnica, qué decir de Ignacio Trelles; El Güero Raúl Cárdenas y José Antonio Roca, y otros tantos entrenadores extranjeros de concepción defensiva. El Guadalajara o el Atlante, de estirpe popular y nacionalista –digamos, la "izquierda"–; o los Pumas de la UNAM, de origen universitario, rivalizaban con un América ya considerado como un equipo privilegiado y financiado por la televisora de Emilio Azcárraga Milmo –digamos, el PRI–, actualmente el consorcio controlador de la Federación Mexicana de Futbol, la Comisión de Arbitraje y de la Selección Nacional, constituyendo el equivalente del carro completo. Esa época del fútbol mexicano curiosamente se correspondió con la etapa del desarrollo estabilizador, estrategia promotora de una economía cerrada, de estímulo al consumo interno y al ascenso social; donde los presidentes fueron políticos de carrera y sus funcionarios eran bien conocidos en Jurassic Park –Antonio Ortiz Mena, Jesús Reyes Heroles, Hugo Cervantes del Río, Antonio Dovalí Jaime, Mario Moya Palencia, Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Emilio O. Rabasa, Carlos Hank González.

De igual manera, la concepción de este deporte de aquellos años privilegiaba la audacia individual y la defensiva cerrada, en contraste con el esquema táctico revolucionado del futbol total introducido por Holanda, la Naranja Mecánica, en el Mundial de 1972. Pelé, Alfredo Di Stéfano, Puskas, Garrincha, y aún el mismo Maradona representan una estirpe incomparable de futbolistas donde el talento, la cadencia y la personalidad se anteponían a la intensidad atlética, la velocidad incesante y el uso de esteroides, salvo el genio excepcional de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, pese a la arrogancia de este último.

Visto así, el neoliberalismo, el Consenso de Washington y el Pensamiento Único resultan los ejes inspiradores de un sector de políticos e intelectuales liberales que asumen el paradigma como si éste no tuviese profundas contradicciones y enormes costos sociales, y a quienes el fantasma del populismo les ha provocado una extraña manifestación de esquizofrenia: túndanle al puntero, que eso sí se vale; pero no se atrevan a decir que la élite empresarial es voraz y fraudulenta. Lástima que más de 50 millones de pobres en el país no puedan firmar impecables desplegados como los recién difundidos por el club selecto de hombres de negocios, apenas unos cuantos agraviados y atormentados por el peligrosísimo Peje.

Del mismo modo, las estructuras del futbol internacional se correlacionan con las de la economía global. La FIFA y la UEFA resultan sospechosamente parecidas al FMI y al Banco Mundial. Ambas dictaminan políticas, imponen sanciones, fusionan intereses corporativos y asignan sedes mundialistas insospechadas, como la de Qatar para el 2022; mientras los otros pilares del capitalismo programan las reuniones del G-20 y ajustan hasta la asfixia a Portugal, España y Grecia. Y lo peor que tienen en común estos metapoderes globales es la corrupción. Joao Havelange, Joseph Blatter y Michel Platini compaginan bien con Rodrigo Rato, Strauss-Kahn y Christine Lagarde, directores gerentes del FMI. Así, las corruptelas de Odebrecht en México hacen que Emilio Lozoya –ejemplo de máxima impunidad– sea el Alfredo Hawit de la Concacaf.

Si en México se protege al América, en Europa se cobija al Real Madrid, por elementales intereses económicos y guardadas las proporciones. Si antes, el amor a la camiseta permitía ver la verdadera camiseta, ahora los uniformes a base de fibras maravillosas han convertido al futbolista en una masa publicitaria. Si antes el balón era de cuero y pesaba una tonelada, ahora es aerodinámico como un dron y es producido por Nike empleando trabajo infantil en donde se le permita. Si antes una voz de locutor anunciaba las cervezas Corona o Carta Blanca, ahora la cervecería Heineken adorna su publicidad en los estadios con cintillos virtuales. La "Perra Brava", porra del Toluca, desentona con la uniforme elegancia de las gradas europeas y pueden ser bien portados si se les compara con los holligans. Y si antes las transmisiones de los partidos eran en televisión abierta, ahora habrá que contratar Sky o Megacable para presenciar los partidos nacionales e internacionales.

En fin, hace falta un poco de relax ante tanta tensión provocada por los atalayas de la patria. Lamentablemente, y volviendo a la abrumadora presencia de los medios de comunicación, aquel periodismo practicado por Francisco Martínez de la Vega, Miguel Ángel Granados Chapa y Julio Scherer, hoy lo ejercen Ciro Gómez Leyva, Joaquín López Dóriga y Eduardo Ruiz-Healy, reyes del micrófono. No es mera nostalgia, pero siendo así el panorama, mejor seguir practicando el futbol playero y llanero antes de sucumbir ante la filosofía fracasada del Catenaccio italiano.