Política

Reconciliación, posibles lecciones de Camboya

mayo 04, 2018

A mediados del mes de abril se cumplió el vigésimo aniversario de la muerte de Pol Pot, enigmático líder del Partido Comunista de Kampuchea (más conocido como el Jemér Rojo), que gobernó Camboya entre 1975 y 1979. Inspirado en el maoísmo chino, el Jemér Rojo aspiró a instaurar una sociedad agraria autosuficiente en este pequeño país del sureste asiático, por lo que una de sus primeras medidas de gobierno fue decretar la evacuación de todas las ciudades y la obligación de todos los ciudadanos –independientemente de su formación profesional o capacidades físicas– de trabajar en el campo. El saldo de este experimento social fue desastroso: entre 1.8 y 2.5 millones (las cifras todavía son motivo de controversia) de los 8 millones de habitantes que tenía el país perecieron, víctimas de la hambruna o de las despiadadas y arbitrarias purgas políticas.

Al final, el motivo de la caída del régimen fue que los vietnamitas –también comunistas pero de orientación pro-soviética– invadieron el país en 1979 y establecieron un gobierno camboyano afín, a cargo del Partido Popular de Camboya, el cual por cierto ha regido el país desde entonces. Pol Pot y los miembros del Jemér Rojo que se mantuvieron leales (muchos desertaron y se adhirieron al gobierno pro-vietnamita, incluido el hoy primer ministro Hun Sen) huyeron a sus bastiones en las regiones más apartadas del país, cerca de la frontera con Tailandia. Ahí, Pol Pot vivió en relativa tranquilidad los últimos 18 años de su vida hasta que murió en 1998, supuestamente como consecuencia de un ataque cardiaco. Hay, sin embargo, quienes sugieren que se habría suicidado ante la posibilidad de enfrentar juicio en un tribunal internacional por los crímenes de lesa humanidad que instigó durante su gobierno.

En 2006, y bajo los auspicios de las Naciones Unidas, se estableció la Cámara Extraordinaria de las Cortes de Camboya, un tribunal especial compuesto de jueces camboyanos e internacionales con el mandato de juzgar a los perpetradores de crímenes contra la humanidad durante el régimen de Pol Pot. Después de 10 años, este mecanismo sólo ha imputado a cinco personas, todos miembros de la alta dirigencia del Jemér Rojo; pero sólo dictó sentencia contra tres; de los otros dos, uno murió durante el proceso, mientras que al otro le fue suspendido por razones de enfermedad y murió un par de años más tarde. Hoy, Kang Kek Iew, alias Camarada Duch y responsable de la infame prisión S-21; Nuon Chea, alias Hermano Número Dos y mano derecha de Pol Pot; y Khieu Samphan, quien sucedió a Pol Pot como líder del partido en 1987, cumplen sus sentencias de cadena perpetua.

Aunque el tribunal especial fue criticado en la prensa internacional por sus altos costos en comparación con los resultados, decenas de miles de camboyanos participaron como testigos en las audiencias y consideran sus fallos como una aportación importante, mas no suficiente, a la justicia. Y es que, si bien los referidos mandos del Jemér Rojo fueron los autores intelectuales del llamado "autogenocidio camboyano", lo cierto es que –por convicción o por instinto de supervivencia– miles de miembros de base del partido y ciudadanos comunes fueron perpetradores materiales de estos crímenes. Surge entonces la pregunta: ¿encarcelar a unos cuantos consigue que una sociedad se reconcilie con su pasado y camine hacia adelante?

En 2010, el periodista Thet Sambath estrenó el documental Enemigos del pueblo, que versa sobre cómo perpetradores y víctimas del horror camboyano enfrentan día con día su pasado. La película es maravillosa en muchos sentidos, pero para efectos de la pregunta planteada líneas arriba enlisto sólo dos. En primer lugar, el realizador demuestra una admirable capacidad de empatía con sus entrevistados (más considerando que muchos miembros de su familia murieron a manos del Jemér Rojo); y en segundo, los testimonios incluyen tanto a uno de los principales autores intelectuales de las masacres –el ya mencionado Nuon Chea, Hermano Número Dos– como a sus perpetradores materiales en el terreno –todos campesinos pobres. Después de un trabajo de años para establecer los vínculos de confianza necesarios, Sambath consigue que los responsables confiesen a detalle las atrocidades que cometieron e incluso que le muestren lugares donde fueron llevadas a cabo, así como los métodos específicos que emplearon. Si bien a lo largo del filme, el Hermano Número Dos no muestra mayores visos de arrepentimiento por sus decisiones, la sentida disculpa que pide al entrevistador al conocer que sus familiares fueron víctimas de éstas es un emotivo signo de la posibilidad de reconciliación, una muestra de que si esta reconciliación habrá de ser auténtica, tendrá que gestarse primero en las casas y en las calles, antes que en los juzgados. Habrá que tener esto presente.