Política

Los debates

mayo 03, 2018

¿Sirven para algo los debates? Claro que sí. Sin ellos no sabríamos de los candidatos sino lo que ellos nos quisieron revelar en el curso de sus campañas. No conoceríamos las convicciones y propósitos que sustentan sus propuestas hasta que las encontráramos plasmadas en sus acciones de gobierno una vez electos. Entonces ya sería tarde.

Hay otras razones. En el debate el candidato muestra su verdadera personalidad. Tranquilo, irascible, controlado, impulsivo, todo tiene interés para el votante. La historia la hacen los individuos. El votante tiene que saber con quién se casaría la Patria y para ello usar un mínimo de perspicacia. De las cualidades del individuo depende cómo emplearía el poder que se le entregaría y la posibilidad de ser el líder que México necesita el inepto que atrasaría al país. Esta evaluación comenzó con en el primer debate que presenciamos la semana pasada. Los cinco candidatos que se presentaron en el Palacio de Minería merecen algún comentario.

Desde luego del que más se esperaba era de Andrés Manuel López Obrador. Los demás coincidieron en atacarlo porque, según las encuestas, estaba, y sigue estando, a la cabeza de las preferencias del electorado. López Obrador no siente necesidad de poner a discusión sus posiciones. Su discurso es axiomático, que no se adorna con explicaciones superfluas. Cualquiera, rico o pobre, sabio o ignorante, lo escucha y lo entiende. Vale para todos. Por eso mismo el único ataque que se les ha ocurrido a los otros candidatos es el de insistir en lo inviable de sus propuestas y lo ficticio de sus denuncias.

La presencia electoral de López Obrador coincide con su alta vulnerabilidad que sus contrincantes podrían explotar más si es que quieren salvar al país de la inminente catástrofe que prevén. El arma de la burla o el ridículo es demoledora.

Marcar lo irrisorio de lo que Andrés Manuel propone es la táctica que El Bronco usó en el debate. Proponer mochar las manos del ladrón puede ser un castigo inhumano y propio de culturas más primitivas que la de nuestras mafias, pero va al centro de la urgencia de responder al delito con castigos efectivos. En esa sencillez estuvo el acierto de Jaime Rodríguez que perfila su apuesta a la presidencia con la misma obviedad de AMLO.

Los análisis de los tres candidatos faltantes en esta reseña son menos complicados.

Margarita Zavala tiene la virtud de ser comprensiva y dueña del sentido común propio de las mujeres, para entender situaciones, muy distinto al de los políticos experimentados que la rodean. La candidata promete una presidencia sin florituras, dotada del insustituible equilibrio producto de la vida familiar. La mayoría de las mujeres gobernantes que conocemos han sido casadas y, con la sola excepción de Angela Merkel, han sido madres: Golda Meir, 2 hijos, Indira Gandhi, 2 hijos, Margaret Thatcher, 2 hijos, Michele Bachelet, 3 hijos. A México, afamada tierra del machismo, le hará bien probar con una mujer presidente lo que los hombres no han logrado hacer para vencer la fascinación que parece ejercer sobre ellos la vida de corrupción y violencia.

De José Antonio Meade no hay más que reconocer la limpieza de sus antecedentes de funcionario probo y la bonhomía con que siempre se ha manejado. Esa sencillez contrasta con la perversa maleza del PRI que lo enreda. Los procesos en curso contra gobernadores corruptos son intentos para esfumar décadas de delitos contra el patrimonio nacional y no bastan para extirpar la cultura de corrupción que contamina la campaña de Meade con la presencia de individuos desprestigiados.

Finalmente, las cualidades personales de Ricardo Anaya lo hacen el más prometedor por su agilidad y eficacia oratoria, y el estar respaldado por un partido que ofrece una visión clara y bien armada de un proyecto socioeconómico que está listo para implementar.

Mayo y junio ofrecen la oportunidad para Anaya de estar más cerca de la vida del pueblo al que quiere servir. No será en encuentros montados por profesionales de los medios que imitan las reuniones comunales de moda en los Estados Unidos (Town Hall meetings), donde encuentre al pueblo de México. Será en reuniones familiares, caseras, en acercamientos y convivios directos donde late el corazón del país que lo espera.

Los debates en TV son indispensables. Son un componente insustituible en esta era de difusión irrestricta en que nadie está excluido de participar. Nuestra comunidad nacional, más alerta que nunca a sus opciones, debe proponerse a dar en 2018 un paso firme en su desarrollo.

juliofelipefaesler@yahoo.com