Política

Hematófagos

abril 16, 2018

Los apremios patrimonialistas de los personeros del sistema son orgánicos. Simplemente no hay modo de que se libren de ellos. Un estado en total quiebra luego de dos administraciones de corrupción inmisericorde, votó por un gobierno que prometía corregir dos cosas: la inseguridad y la corrupción, particularmente la de personeros del gobierno que utilizan el presupuesto público para satisfacer intereses privados. Veracruz está sobre endeudado desde hace por lo menos 15 años. Luego de la virtual defenestración del infame gobierno anterior, la actual administración tuvo que apelar a la reestructuración y a nuevos créditos toda vez que la astringencia era total.

A contrapelo del quebranto y de la dramática limitación en la disponibilidad de recursos para el mero funcionamiento administrativo, los funcionarios de primer nivel violentan los tabuladores que establecen sus ya cómodos salarios para pagarse cantidades ajenas al más básico sentido del pudor. Así, el secretario de Salud de ésta administración se triplica a sí mismo el salario porque los casi 70 mil pesos que gana mensualmente le son insuficientes para efectos de engrosar su patrimonio. Esta es, al parecer, la tónica general de la administración que desde la Secretaría de Finanzas habría autorizado a los burócratas de angora a determinar sus propios salarios. Dada las dimensiones del quebranto, esto significaría no sólo que los nuevos endeudamientos son destinados fundamentalmente a gasto corriente, sino que parte importante se dedica a pagar inmensos sueldos injustificados.

A estas alturas de la experiencia nacional, es penoso constatar que la oposición dentro del sistema es apenas una ligera simulación que se esfuma a la hora de engancharse en la patrimonialización personal de los recursos públicos. Entre híper salarios y compensaciones equivalentes el servicio de la administración pública es completamente desvirtuado por este gobierno de la alternancia nominal.

El asunto no es menor, refleja la incapacidad crónica de la burocracia de angora para la más elemental empatía con las vicisitudes del resto de los gobernados. Pero más allá de eso, exhibe el completo valemadrismo y distancia entre quienes gobiernan y los que son gobernados. Sugiere, además, que las alternativas dentro del sistema son cualquier cosa excepto alternativas. La República, como cualquier proyecto de país que aspire a corregir los daños hechos en 40 años de gobiernos neoliberales, necesita ser refundada. Un nuevo pacto legitimador con reglas del juego claras y a favor de todos, no sólo de unos cuantos.