Política

Malas mezclas

abril 14, 2018

La debacle de la seguridad pública es punto menos que total. Aunque hasta ahora haya logrado sostener medianamente cierta apariencia de funcionalidad, es un problema nacional que tiene expresiones distantitas por estados y región. Veracruz está entre los más violentos junto con Tamaulipas y Guerrero.

Pese a la oferta articulada durante campaña, el actual gobierno es simplemente deficitario no sólo en cuanto a su cabal cumplimiento, sino también en cuanto a cualquier percepción de avance.

Puede decirse que en Veracruz el ánimo ciudadano en cuanto a la seguridad pública está definido por una significativa perturbación angustiosa, que se define por la percepción de la probabilidad de ser víctima de un delito y el serlo de hecho. Hay otros elementos que acentúan esta percepción general: la impunidad sistémica, la percepción de corrupción, las estadísticas de los delitos propiamente dichos.

Dicho de otro modo, la respuesta emocional a la percepción de inseguridad es alta.

Esto significaría que las detenciones y procesos enderezados contra conspicuos funcionarios de la administración pasada no son suficientes para revertir la experiencia empírica del miedo en las calles, o la incómoda sensación de ser mujer en zona de guerra.

Los discursos de dureza y firme intransigencia no son en absoluto suficientes para inspirar tranquilidad en el respetable, y está visto que tampoco lo ha sido la exacerbación del sentimiento de satisfacción de la venganza.

La percepción de inseguridad corre por una vía mucho más rápida que la de la victimización propiamente dicha. Afortunadamente, por lo demás. Pero es un sentimiento peligroso como se ha visto en los múltiples casos de intentos de linchamiento de presuntos delincuentes. Si los gobernantes no son capaces de leer eso y entender lo que leen, estamos en problemas porque existe la alta probabilidad de que las autoridades respondan con el uso de fuerza a lo que es una manifestación catártica del hartazgo. Hartazgo que por lo demás se explica por la severa precipitación de los estados de bienestar en proporciones oceánicas de la población.

La concepción neoliberal de las cosas es contraria al orden del interés público, pero esto es mucho más acentuado cuando los tomadores de decisiones privilegian el interés privado, tanto el personal como de grupo, sobre el interés público. Si hay algo que ha quedado plenamente asentado en la precepción ciudadana sobre el sistema es que éste y sus personeros son hoy, inusualmente, contrarios al interés público.