Política

Pensar desde hoy

marzo 16, 2018

◗ Historia y manipulación en los tiempos de la cólera identitaria

La modernidad actual –más que en ninguno otro periodo anterior del pasado– es la época en la que el hombre, como sujeto racional que es capaz de pensar sobre su propia realidad y existencia, está siendo más consciente de la historia y de su relevancia como sujeto histórico.

Parece, pues, una contradicción que la historia académica, sin embargo, esté infravalorada socialmente: a muchos nos da la sensación de que los estudios históricos están ahí porque tiene que haber de todo en la viña del Señor.

Para las sociedades actuales, marcadas por el pragmatismo y las urgencias de la inmediatez, la función de la Historia, de las humanidades en general, ha quedado restringida a un papel casi anecdótico. El ciudadano, lego en la historia académica, se pregunta por el sentido, el valor y por lo que aporta el estudio la Historia a nuestro mundo.

En el envés de este cuestionamiento ciudadano está el hecho de que serán pocos a los que se les ocurrirá preguntar por la relevancia o pertinencia de la medicina o de la ingeniería; sería absurdo. Sin embargo, en momentos muy concretos de urgencias sociales, para justificar los actos del presente, se va recurrir a la historia como argumento de autoridad acerca de los acontecimientos y procesos ocurridos en el pasado.

Y es justo aquí donde observamos las importantes propiedades balsámicas sociales y políticas que se pueden atribuir a la historia. Desde el poder político se exige a los historiadores la construcción de un relato oficial que asimile y ¿sirva de anestesia, tal vez? a la sociedad.

Pero el tiempo, juez insobornable que da y quita razones, demuestra que cuando la escritura de la historia al dictado del poder entra por la puerta casi siempre el rigor histórico y la Historia saltan por la ventana. Desgraciadamente, en tiempos de deriva identitaria, como los que nos toca padecer, suele ser común.

Estamos asistiendo a la práctica habitual de desenterrar las reliquias del pasado para judicializar la historia, falseándola para adecuarla a unas circunstancias o contextos políticos determinados.

La manipulación sistemática de la historia en estos contextos, como sucede por ejemplo en muchas realidades nacionalistas actuales, favorece la creación de unas condiciones ideológico-culturales que proporcionan no solo la imposición de una identidad, sino la perpetuación de unas relaciones de poder y dominación sobre el ciudadano. Se construye, así, una historia ad mediante una imagen distorsionada del pasado y de nuestro presente, precisamente, para servir a los intereses de dominio. Pero no nos equivoquemos: esto no es historia, es propaganda.

Recurrir al pasado en determinados escenarios es especialmente rentable: la Historia, fina o groseramente alterada, permite crear las condiciones oportunas de sensibilidad y conciencia necesarias para elaborar un clima identitario al que sumar más adeptos.

Los nacionalismos necesitan elaborar una historia de agravios pasados que justifiquen la existencia de identidades contrapuestas. Dice Todorov en Los abusos de la memoria, que conmemorar las víctimas del pasado es sumamente gratificador. Esto es evidente en el caso de las ideologías nacionalistas.

Los nacionalismos manosean deliberadamente la Historia para rememorar los agravios del pasado –reales o ficticios– en un doble sentido: porque desvía la atención de los problemas reales y porque, como con acierto afirma Todorov, monopolizan el recuerdo que "les permite olvidar –eso esperan– las agresiones por las que se convierten ahora en culpables".

Manipulaciones de la Historia, así, en condiciones propicias de deriva identitaria, solo pueden traer más manipulación de las conciencias, más enfrentamiento y sobre todo más injusticia –como la historia ha demostrado hasta la saciedad– para el verdadero sujeto paciente de las ideologías y de la política: el ciudadano.

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