Política

Oportunidad perdida

marzo 16, 2018

En Veracruz, el cambio de partido gobernante transita de manera parecida a lo que sucedió en los 12 años de gobiernos panistas de la alternancia, que al final de cuentas se convirtieron en una transición extraviada, primero por la estulticia y la inexperiencia de Vicente Fox, luego por la pérdida de rumbo del país durante la gestión de Felipe Calderón, salpicada además de notables casos de corrupción y recordada por abrir la puerta a la hiperviolencia desatada tras su declaración de guerra formal a los cárteles del narcotráfico.

Sin dejar de lado que ocurrieron cambios significativos en el ámbito político y social, impulsados desde la misma sociedad y a menudo obstaculizados por las cúpulas partidistas, y que en el decurso se abrieron cauces significativos que barruntan una vía democratizadora en el país, lo cierto es que atrás del discurso prometedor de renovación, combate a la corrupción y a la desigualdad, la administración del panista Miguel Ángel Yunes Linares despreció el extraordinario valor simbólico que pudo tener el hecho de que por vez primera en la historia política de la entidad gobernase un partido distinto al PRI.

En aras de un feroz apetito dinástico, el gobernador pospuso la construcción de una alternativa política que sentara las bases para un verdadero ejercicio democrático y que la competencia electoral se instaurara como práctica normal y civilizada en Veracruz.

Violentó el derecho de los aspirantes a la gubernatura provenientes de la alianza que lo llevó al triunfo e impuso de manera informal a su hijo como candidato a gobernador, dado el indiscutible poder e influencia que ha acumulado tanto hacia el interior del PAN-PRD como a otros ámbitos de la vida pública.

Sin ninguna justificación ética, hecho lamentablemente notable en AN que la tenía como partido de oposición, Yunes Linares desestimó el esfuerzo ciudadano expresado en las urnas para imponer aquella visión patrimonialista del poder que lo distinguió desde su origen priísta, y para garantizar la viabilidad de su proyecto familiar tejió una red de complicidades con caciques locales desencantados por la pérdida del cobijo político gubernamental o con priístas acostumbrados desde el 2000, a administrar la derrota y conservar sus reducidos cotos de control puestos al servicio del poder.

Es cierto que el ex alcalde de Boca del Río, en ejercicio de la legalidad, tiene el indiscutible derecho tanto a participar en política como en aspirar, como cualquier ciudadano, a gobernar el estado en que nació; sin embargo, resulta antitético que lo haga en la coyuntura en la que su padre gobierna y tiene la disposición personal –como se ha visto repetidamente– de encumbrarlo como su sucesor, en una chocante imagen que se ha venido repitiendo en otros ámbitos de la política donde pareciera que lo menos importante es la población.

Así, el gobernador pretende convertir la alternancia en Veracruz en un asunto de negocios familiares. Como él mismo dijo frente al presidente Peña Nieto, los veracruzanos son un pueblo inteligente que sabrá decidir con su voto el rumbo que le quieran dar al estado.