Política

Inconvenientes a propósito de la salida de un nuevo y rojo sol

marzo 14, 2018

Históricamente, uno de los principales problemas –si no es que el principal– para la supervivencia de un régimen autoritario ha sido la cuestión de la sucesión. El problema se agrava cuando se trata de una dictadura personalista pues, evidentemente, en ausencia del máximo líder tienden a desatarse conflictos fratricidas entre los aspirantes a tomar su lugar. Es por ello que los regímenes de esta naturaleza que consiguen mantener el poder durante más tiempo son aquellos que logran institucionalizar la sucesión. Generalmente, esto se logra mediante el fortalecimiento del partido en el gobierno, de modo que las inevitables pugnas sucesorias se den dentro de la estructura partidaria y no contaminen a las instituciones de gobierno o a la narrativa ideológica del régimen.

A propósito, el pasado 5 de marzo dio inicio la XIII Sesión de la Asamblea Popular Nacional –el poder legislativo de la República Popular China– en la cual los legisladores aprobarán la eliminación de los límites para la reelección del actual presidente Xi Jinping, en el cargo desde 2013 y ratificado el año pasado para ejercerlo durante un segundo periodo de cinco años a partir del presente. Con la referida modificación legal, Xi se convertiría formalmente en el líder chino más poderoso desde Mao Zedong, fundador de la república. Digo formalmente porque, de hecho, después de que el año pasado el Partido Comunista Chino (PCCh) incorporara la doctrina de Xi sobre el "socialismo con características chinas para una nueva era" en su constitución, diversos analistas hicieron notar que el presidente era ya el líder más poderoso en la historia reciente del país.

Los defensores de la personalización del liderazgo en China prefieren fijarse en el indiscutible respaldo popular del que goza el PCCh entre la población del país. Y es que, más allá del sofisticado aparato de censura y represión de la disidencia que tiene desplegado Beijing, lo cierto es que el bienestar material de la gran mayoría de los chinos –hay que tener presente que se trata del país más poblado del mundo, con aproximadamente mil 300 millones de habitantes (más de 10 veces la población de México)– ha incrementado dramáticamente durante las últimas cuatro décadas. Los más cínicos pensarán que, después de todo, poca diferencia hace quién esté a cargo –una o varias personas– si al final el país es una dictadura.

No obstante, una breve regresión histórica basta para caer en cuenta de los potenciales inconvenientes que para ese país podría tener la centralización del poder y el creciente culto a la personalidad de Xi Jinping. Como se sabe, Mao Zedong gobernó al país desde el establecimiento de la República Popular en 1949 hasta su muerte en 1976. Hacia el final de su vida, y en un esfuerzo por depurar todo rastro de capitalismo y tradicionalismo de la sociedad china, Mao implementó la llamada Revolución cultural, que en los hechos significó una purga política que cobró la vida de cientos de miles de chinos y una masificación del culto a su persona. De aquella época provienen los célebres afiches donde el brillante sol rojo que alumbra y guía a los obreros y campesinos porta la cara del propio Mao.

A la muerte de éste, y como consecuencia de la excesiva centralización del poder en sus manos, el país vivió al menos dos años de inestabilidad política e incertidumbre como consecuencia de las luchas internas entre la élite del partido. Cuando Deng Xiaoping logró finalmente consolidarse como el nuevo líder chino en 1978, y habiendo vivido el riesgo de un colapso del régimen por una sucesión mal manejada, optó por establecer un límite legal que impidiera a los mandatarios perpetuarse en el poder. Reconocido como el arquitecto de la China moderna, Deng afirmó que la concentración del poder en una persona impediría "el progreso del partido". El actual presidente Xi, mejor que nadie, debería conocer los riesgos de seguir por este sendero, pues su propio padre fue despojado de sus cargos y humillado públicamente en el marco de las purgas de la Revolución cultural.

En el famoso Libro Rojo de Mao, principal instrumento de adoctrinamiento ideológico durante su gobierno, se incluye la siguiente cita de 1957: "La disciplina del Partido consiste en 1) la subordinación del militante a la organización; 2) la subordinación de la minoría a la mayoría; 3) la subordinación del nivel inferior al superior; y 4) la subordinación de todo el Partido al Comité Central". A la luz de los acontecimientos que se han desarrollado en China en los últimos meses, el presidente Xi bien podría incluir un quinto punto en una nueva edición de la obra: "La subordinación de toda China a Xi Jinping". El Partido Comunista Chino ya sobrevivió una crisis sucesoria, una gran hazaña política: ¿podrá superar una segunda el día que falte Xi?

Twitter: @jesevillam