Política

Camorra a la veracruzana. Una aventura italiana en México (Capítulo I)

marzo 11, 2018

A José B. Zilli, in memoriam

"Yo quedaré libre de estas cadenas, yo quedare libre de este tormento, con sólo que sepa guardar el secreto"

Prometo/ Esquilo

Capítulo I

Veracruz, México, Mayo de 1914.

El Ford T. Paddy, modelo 1910, se encuentra atascado en medio de dos dunas de regular tamaño. Definitivamente no fue diseñado para atravesar médanos de arena.

El vehículo, propiedad de un adinerado comerciante español del puerto de Veracruz, había permanecido arrumbado dentro de un zaguán, hasta que fue descubierto por un marino americano con conocimientos de mecánica.

Una vez reparado, fue requisado por las fuerzas de ocupación en Abril de 1914.

Mientras dos marines yanquis, tratan de liberar el vehículo atrapado en la arena, en su interior un malhumorado sargento da las órdenes de empujar con mayor fuerza, mientras un civil vigila a un prisionero que viaja en la parte trasera.

En sargento Logan, a pesar de ser un veterano de las recientes guerras que en las que su país ha intervenido, no está completamente familiarizado con las modernas maquinas que se integran al teatro de la guerra, prefiere al caballo que a la máquina infernal que se niega a moverse a pesar de pisar repetidas veces el acelerador.

- ¡Shit! ¡Mierda! - Grita golpeando el volante y vuelve a pisar el acelerador mientras observa que el prisionero custodiado en la parte trasera del vehículo sonríe.

- ¿Le parece gracioso?- cuestiona el sargento mientras se seca el sudor con la manga de su camisa y golpea el volante del vehículo nuevamente.

- No Sargento, es que me recordó a un viejo amigo- contesta tranquilamente el prisionero, mientras un civil que viaja en la parte delantera le apunta con un revolver.

- ¿Funny no? ¡Hurry, Hurry!- grita el sargento a los marines, sin dejar de vigilar a los dos civiles, pues no confía en el custodio y ni en el custodiado.

Ante tanto griterío un grupo de cinco niños de un barrio cercano, llamado la Huaca, aparece repentinamente en la cima de una de las dunas del lado oriental.

- ¡Hey, take care! - Grita uno de los soldados, dejando de empujar el auto y empuñando su rifle mientras se pone a cubierto a un costado del automóvil.

- ¡No!, ¡Son solo niños!- Les grita el prisionero custodiado para tranquilizar a los soldados, quienes nerviosos apuntan sus armas a los sorprendidos niños.

Al comprobar que solo son niños curiosos, el sargento Logan calma a sus hombres.

- ¡Ok, ok! ¡All right! but careful, the kids could try to pot shooting us!

Los marines enfundan sus armas y reanudan los intentos de sacar el vehículo del atascadero de arena, los niños observan y ríen de los esfuerzos infructuosos de aquellos soldados.

- ¡One, two, three, push push! - Grita Logan al tiempo que pisa el acelerador y una ola de arena cubre a los marines.

Los niños en la cima de la duna no dejan de reír al ver a los marines sacudiéndose y escupiendo arena.

- Hurry, Hurry! – Grita el sargento apresurando a los hombres para que suban al auto en movimiento.

Los marines, corren lo más rápido posible para alacanzar al auto, mientras escuchan la risa de los niños desde la cima de la duna. Esa risa y la vergüenza los acompañaran por un buen tramo del camino; el prisionero custodiado sonríe al ver a aquellos fornidos marinos sacudiéndose la arena hasta de las orejas.

El vehículo avanza sin mayores problemas por aquel desértico lugar hasta que logran llegar a un suelo más consistente, atrás quedan las dunas y los médanos.

Pasando un pequeño puente, topan con la calle principal de la ciudad, pavimentada con pequeñas rocas de rio, que los locales llaman "chinos".

Es cerca de mediodía y en las calles ya se nota el movimiento, no de vehículos, pero sí de personas, que olvidan la llegada de la modernidad y que aún conservaban la mala costumbre de caminar a media calle sin fijarse en el tráfico de los modernos vehículos.

- Hubieran venido a buscarme a caballo señor Villavicencio, era más rápido y fácil- comenta el civil prisionero.

Villavicencio, quien con unas gafas oscuras y bigote de escobeta acrecenta su cara de matón, parece no escuchar los comentarios del prisionero y sin dejarle de apuntar, solo dibuja una fría mueca.

- ¡Sí, a Caballo, mucho mejor!- Interviene el sargento cuando escucha sobre su animal de batalla preferido, sin quitar la vista del camino y las manos del volante.

- Villavicencio creo que el sargento debe disminuir la velocidad, esta zona ya está muy transitada, o que toque la corneta- Sugiere el prisionero custodiado.

Nuevamente el civil que le apuntaba solo acierta a mostrar una mueca sin dejarle de apuntar con el revolver.

- ¿Transitada?, ¿Corneta?- Pregunta el sargento, con curiosidad.

El prisionero custodiado, le hace señas al Sargento y señala el claxon del Ford.

- Oh, yes, yes, the claxon, precaución - sonríe el sargento mientras acciona el claxón.

- ¡Honk, Hok!-

El moderno vehículo aún causa asombro entre el tranquilo vecindario de la ciudad de Veracruz.

- ¡Honk, Honk!

El Ford avanza sin problemas por la calle principal y se detiene frente al hotel Diligencias.

Los hombres descienden rápidamente del vehículo, el sargento Logan observa a sus compañeros cubiertos de arena quienes se quejan del ardor que le provocaba el sudor, combinado con la arena y el calor de mediodía.

Villavicencio enfunda su revolver al descender del vehículo y le indica al prisionero que lo sigua al interior del Hotel, el sargento Logan y los marines, los escoltan a retaguardia.

- Por aquí profesor- Dice Villavicencio sin mostrar emoción alguna.

Los marinos que hacen la guardia en la entrada de uno de los hoteles más antiguos de la ciudad, saludan marcialmente al sargento Logan y observan con indiferencia al tipo que ejerce las funciones de policía secreta durante la ocupación, el siniestro Antonio Villavicencio.

El destacamento con los dos civiles suben por las escaleras hacia el segundo piso de aquel inmueble.

Al llegar, el civil prisionero observa las perforaciones y grietas provocadas por las balas y metralla del bombardeo del 21 y 22 de abril.

La mayor parte del segundo piso se encuentra a oscuras, algunos marines hacen labores de reparación del sistema eléctrico y es gracias a algunos grandes boquetes hechos por la metralla que se puede distinguir algo del oscuro pasillo.

Al final del pasillo del lado norte, del segundo piso se encuentran otros dos marines custodiándola entrada de una habitación.

- ¿Mister Carreto? - Pregunta uno de los guardias de mayor jerarquía.

- Sí es él- Contesta Villavicencio sin quitarse aquellos lentes oscuros dentro de la penumbra del lugar.

- Come with me- Dice el guardia, mostrando su indiferencia a Villavicencio.

El Sargento Logan hace el saludo marcial a los guardias para retirarse.

- Gracias por el paseo en la máquina del diablo- Le dice el prisionero antes de entrar a la habitación.

- ¡Shit!.- Dice Logan mientras sonríe, prefiero mi amado caballo.

El guardia abre la puerta e invita a los dos civiles a pasar al interior de la habitación.

La Habitación iluminada afecta momentáneamente al prisionero custodiado, quien tarda pocos segundos en adaptar su mirada y observar una espaciosa habitación, habilitada como oficina.

- ¿Humberto Carreto?, ¿Profesor?- Se escucha una voz amigable que proviene del balcón.

- Sí- responde intrigado Humberto, tratando de reconocer a la persona que pregunta por él desde el balcón.

Humberto Carreto dirige su mirada hacia el balcón de la habitación que justamente da hacia la plaza de armas de la ciudad. Ubica a un oficial del ejército americano que está acompañado de una jovencita.

- ¡Vaya, vaya que tanto tiempo sin vernos!, ¿Desde?, ¡Ah sí!, ¡Roma!- Exclama un apuesto y alto oficial americano en perfecto español.

- ¿John? ¡John Keaton!- Dice Humberto sin ocultar su inquietud y sorpresa.

- ¡Caro amigo!- Exclama el oficial tratando de fingir un acento italiano mientras lo abrazaba con igual fingimiento.

Humberto Carreto devuelve el abrazo fingido y queda aún más sorprendido cuando descubre la identidad de la niña que acompaña al oficial.

- ¿Manuelita?- Cuestiona Carreto cuando la niña se acerca a saludarle.

- Buen día profesor- Contesta tímidamente aquella hermosa chiquilla de ojos azules y piel blanca.

- ¡Que gusto que todos seamos amigos!- Exclama con falso regocijo el oficial americano.

- ¿Todos? – Cuestiona Humberto mientras observaba a Villavicencio, quien se mantiene como estatua de sal en la puerta con sus gafas oscuras y el mostacho de escobeta.

- ¡Oh!, bien, bien, ¿Supongo que tal vez el señor Villavicencio no ha sido del todo cortés?

- No creo que hubiera necesidad de enviarme a buscar con este matón.

- ¡Vamos, vamos Humberto!, seamos más comprensibles, el señor Villavicencio solo cumple ordenes, pero que tal, aquí esta Manuelita, ¿A ella si la conoces?

- Si, si, ella es hija de una de mis vecinas- comenta Humberto confundido por los acontecimientos.

- Si, lo sé.

- Cosas del destino- Murmura Humberto.

- ¡Cosas del destino!, sí, pensar que nos conocimos en Roma, profesor y ahora aquí, en este lugar apartado de la civilización.

- Algo, algo apartado pero no mucho.

- Sí, no mucho, pero para eso estamos aquí, para ayudar a esta pobre gente.

- Sí, claro- contestó Humberto en tono sarcástico- estos días hemos vivido en carne propia su programa civilizatorio.

- ¡Profesor!, usted más que yo, sabe que "El fin justifica los medios" ¿o no lo dijo así su paisano Maquiavelo?

- Sí así lo dijo, pero en fin, no creo que me haya traído aquí para discutir pasajes históricos de mi tierra, veo que ya dejo la arqueología por una carrera diferente.

- No, no profesor, se equivoca, si lo he invitado aquí es precisamente por la historia, no de Italia, pero sí de esta ciudad, creo que podemos ayudarnos mucho, y no, no he dejado la arqueología, después de Roma, estuve en Grecia y regrese a los Estados Unidos para gestionar los trabajos del museo Metropolitano.

- ¿El proyecto del señor Norton?

- Qué bien que lo recuerde, Mr. Charles Edward Norton, mi profesor de Harvard, me enseño todo lo que sé.

- Bueno, también aprendió usted algo de Francesco Marinetti.

- Claro, claro, tremendo tipazo Francesco, excelente colección de antigüedades.

- Si, en especial la de los Vasos Griegos, ¿Todavía le interesan?

- ¡Ja ja!, no, no mi querido Profesor, ahora tengo proyectos más importantes.

- ¡Qué pena!, hacían un buen equipo usted, Paul Hartwis y Friedrich Hauser, buenos muchachos, ¿Cómo se llamaba su grupo? ¿Kalos?...

Keaton no oculta que aquella pregunta le incomoda, se arregla el cuello del uniforme y camina hacia la ventana abierta del balcón para tomar un poco de aire, mientras Manuelita se sienta en la cama a jugar con una muñeca de porcelana.

- ¿Un trago profesor?, tenemos whiskie, brandy y cerveza helada.

- ¿Helada?, ¿Puede haber algo frio en Veracruz en estos días?- Pregunta incrédulo Humberto.

- ¡Claro que sí!, los muchachos arreglaron una máquina de hielo que estaba abandonada.

- ¿Abandonada? ¿Cómo el vehículo en el que me trajeron?- Dice Humberto mientras sonríe.

- Así, así, esta gente no tiene la mínima idea de cómo se arreglan estos modernos aparatos.

- Antes de aceptar la bebida- Interrumpe Humberto mientras busca alrededor de la habitación un lugar donde sentarse- Me puede usted decir, ¿En calidad de que estoy aquí?, ¿Soy sospechoso? ¿Se me acusa de algo?

- ¿Acusado?, ¡no, no!, ¿y sospechoso?, bueno, bueno, tenemos varios sospechosos en la zona donde vives, sobre todo con la desaparición del soldado Mac Donald

- ¿Puedo?- Pregunta Humberto mientras toma una silla.

- ¡Claro, claro!, Qué descortesía de nosotros Manuelita, no ofrecerle asiento a nuestro caro amigo.

La muchacha sonríe desde la cama mientras peina a la muñeca.

- Algo escuche sobre la desaparición del soldado, pero ya detuvieron a la mujer apodada "La bruja".

- Sí, es una de tantas sospechosas en esta ciudad, afortunadamente ella y otras personas han sido detenidas gracias a la investigación de nuestro bueno amigo Antonio Villavicencio*

*Antonio Villavicencio, pájaro de cuenta, involucrado en el atentado contra Porfirio Díaz en 1897 y agente al servicio de las tropas norteamericanas en 1914.

- Buen.

- Oh si claro, buen amigo.

- 1890- Dice en voz baja Humberto.

- ¿Perdón?

- ¡Brandy!, la bebida que me ha ofrecido, veo que tiene 1890.

- ¡Oh, si! ¡Si, perdón!, nuevamente, mira Manuelita, que somos unos desconsiderados con el caro amigo.

La chica sigue peinando a su muñeca, esta vez sin sonreír.

- Bien, ¿y yo soy?- pregunta nuevamente Humberto mirando fijamente a Villavicencio, quien seguía haciendo guardia en la puerta de la entrada de la habitación sin mover un músculo de la cara y con aquellas gafas oscuras que impedían saber si dormía o vigilaba.

- ¿Sospechoso? ¡No Profesor!- Contesta Keaton mientras sirve una copa de Brandy- tu eres amigo, caro amigo, ¿comprende?, amigo de la arqueología, con algunas ideas, ¿Como le llamabas?, ¿Progresistas?, pero amigo al fin amigos y los amigos, se ayudan, ¿o no?

- ¡Claro, claro!, los amigos se ayudan, por algo pudo entrar a la Sociedad Dante.

- ¡Claro! – Exclama Keaton agitando la copa- ¡Ahí lo tienes!, sin tu ayuda no hubiera sido posible ingresar. Lo recuerdo muy bien, muy agradecido, mi dominio del italiano me ayudo con el español.

- Sí, eso noto- Dice Antonio mientras sorbe un buen trago de Brandy.

- Pero bueno, tu afiliación al Partido Socialista Italiano no te ayudo mucho, ¿Que fue del buen Filippo Turatti?

- Tengo noticias que sigue luchando- Humberto asienta el vaso de Brandy y observa hacia el balcón mientras continua hablando - regresando al tema, yo no sé nada del soldado desaparecido.

- Mm - Keatón se lleva la mano derecha a la boca, tocando con sus dedos parte de sus labios, mientras con la mano izquierda agitaba el vaso con wiskie- ¿Como explicarle mi caro amigo? que yo no busco al soldado, para esos caso esta encargado Villavicencio. No mi caro amigo, mi oficina esta encargada de buscar otras cosas.

- ¿Otras cosas?- Humberto toma otro buen sorbo del Brandy y vuelve a fijar la mirada en Keaton- ¿Cómo cuáles?

- Bueno, pues como recordaras, además de la arqueología, también recogía datos de historias antiguas, leyendas.

- Si algo recuerdo, tu interés por aquella leyenda, Micheloto.

- ¡Exacto!, el inmortal, el lugarteniente de Cesar Borgia- Exclama excitado el oficial.

- Lo recuerdo bien, creo haberle ayudado con los datos que poseía.

- Si hasta que, como decirlo, tomamos caminos diferentes.

- Si muy diferentes- Humberto observa a Manuela que seguía peinando a la muñeca y a Villavicencio que parecía estar dormido de pie.

- ¿Hace cuanto que estas en México?- Cuestiona Keaton mientras busca la botella de Wiskie.

- Llegué hace 14 años.

- Tu edad Manuela, ¿Cierto?

- Apenas estoy por cumplirlos señor- Contesta desde la cama la muchacha sin prestar atención a aquellos hombres.

- Soy conocido de su madre- Agrega Humberto como queriendo agregar un dato más.

- Si, lo sé, triste historia, el vicio, la degradación, lo sé, como tu mí querido profesor, yo también sé muchas cosas.

- ¿Estoy arrestado?- Carreto se levanta del asiento y observa nuevamente el balcón.

- ¡No!, ¡no!, eres nuestro invitado y deja de ver el balcón, la altura es razonable y suponiendo que pudieras saltar y llegar entero abajo, los muchachos de Villavicencio tienen órdenes de disparar si intentas huir.

Ante la tal amenaza y una mueca más parecida a un rictus de dolor que a una sonrisa de Villavicencio, Humberto vuelve a tomar asiento y le muestra a Keaton su copa vacía.

- ¡A los invitados no se les busca con un piquete de soldados y un matón!- Exclama molesto Humberto.

- Bueno, bueno, comprenderás que la zona es peligrosa, por eso mande una escolta- Dice Keaton mientras alcanza la botella de Brandy 1890 y le sirve un generoso trago a Humberto.

- Creo que no era necesario, ¿necesitas algo?, de los soldados desaparecidos, no sé nada.

- ¡No, no!, ya te dije que no es por los soldados desaparecidos, al final eso me da igual, sirve de escarmiento para que no salgan de la zona de control. Confió en Villavicencio y estoy seguro que con sus métodos, los sospechosos nos aportarán datos valiosos en breve tiempo. A mi me interesan algunos datos sobre tus amigos.

- ¿Mi amigos?- preguntó Carreto mientras daba un gran sorbo a su Brandy - creo que no te pueden aportar gran cosa.

- Yo creo que si, en especial los de tu Nuevo Levante.

- ¡Delante de profanos no puedo hablar!- Carreto se levanta nuevamente y observa a Manuelita que continua peinando la muñeca y a Villavicencio quien dirige sus gafas detenimiento a las botellas de licor.

- Claro que lo sé querido hermano, claro que lo sé.

Keaton camina hacia la mesa donde están las bebidas y revolviendo la hiera se percata que ya hay solo agua.

- ¡Manuela, ve a buscar más hielos! , ya sabes por si te preguntan, son para mí, ¡Y usted Villavicencio! ya puede retirarse, yo me encargo de nuestro invitado.

Ante la orden del militar, la muchacha deja la muñeca, salta de la cama y cogiendo la hielera de metal sale de aquella habitación junto con Villavicencio quien sin dejar de observar hacia donde están las botellas moja su labio inferior con la lengua, porque el superior está tapado con la tosca hilera de pelos de su bigote de escobeta.

Cuando quedan solos, Keatón invita a Carreto a acercarse al espacioso balcón de la habitación, donde se encontraban unas cómodas mecedoras de estilo tlacotalpeño.

Antes de tomar asiento, ambos observan la plaza de armas, el edificio de Gobierno desde donde ondeaba la bandera de la barra y las estrellas.

- Profesor, hoy es un día especial, no creo oportuno preguntarte nada que no quieras contarme, tenemos años de no vernos, éramos unos jóvenes inexpertos y audaces,

- Kalos - volvió a mencionar Humberto mientras observaba pasar un viejo tranvía.

- Ja, ja, si, si, Kalos…

El oficial también mostro su incomodidad, acomodándose el cuello del uniforme y bebiendo de un solo sorbo lo que quedaba del wiskie en su copa.

- Mejor platícame, ¿Cómo llegaste a este lugar?

- Es una larga historia.

- ¿Larga historia?- Keatón sonrió y entró a la habitación buscando la mesita de bebidas, donde tomó la botella de wiskie y se sirvió un generoso trago- A eso vine precisamente, a escuchar historias, muchas y que mejor que platicar desde este balcón, porque hace un calor terrible hoy.

- Es que va a entrar norte- Dice Humberto mientras observaba hacia la zona norte de la bahía.

- ¿El viento del norte?, ¡sí! es terrible en estos lugares.

- ¿Sigues fumando?

- ¡Claro!

Humberto saca del bolsillo de su camisa dos hermosos habanos de la fábrica de puros la Prueba.

- Tenía que salir de Italia- Continua Carreto mientras prepara el habano.

- Si, terrible aquel tiempo, ¿fue en el 98?- Pregunta Keaton mientras mal mordisqueaba el habano.

- Sí 1898, terrible, perdí todo- Dice Humberto, mientras extrae una filosa navaja de su bolsillo, la cual amedrenta a Keaton.

- ¿La perdiste también?- Pregunta Keaton nervioso mientras mal mordisqueaba el habano y da sorbo grande de wiskie, sin dejar de perder de vista los movimiento de la mano de Humberto, quien diestramente corta la cabeza del Habano.

- Todo – Contesta Humberto con un tono seco y triste, sin dejar de mirar hacia la zona del muelle y arreglar su habano, cortándolo finamente.

Keaton deja de tensarse cuando Humberto guarda nuevamente la navaja, buscando en su otro bolsillo unos fósforos.

- ¿Quieres un encendedor?

- No gracias, prefiero seguir el ritual tradicional.

- Como siempre- Sonrie Keaton.

- Sí, los rituales son importantes, tú lo sabes.

- Cuenta, creo que nos hará bien a ambos.

- Fue hace 14 años y era de noche…

(CONTINUARÁ)