Política

El engaño liberal

febrero 25, 2018

Gran revuelo causó en el círculo rojo un brevísimo e insustancial intercambio de tuits entre Andrés Manuel López Obrador y Jesús Silva-Herzog Márquez, al cual solícitamente se incorporó Enrique Krauze, aprovechando la oportunidad para ventilar una vez más su pública y notoria animadversión hacia el candidato presidencial. El asunto, más allá de las fobias personales de los tres involucrados, que inmersas en un contexto nacional crítico y convulso como el nuestro no pueden ser más que calificadas como anecdóticas resulta útil, sin embargo, para discernir los lindes del disenso y la geometría de nuestro espacio público.

El origen de la discrepancia –llamarlo debate sería banalizar el término–, es un artículo escrito por Silva-Herzog Márquez, donde sin grandes rodeos distingue a López Obrador como "sectario", "prócer", "intransigente", "oportunista", "caudillo", "sin nervio ideológico ni criterio ético para entablar alianzas", "irascible, "intolerante" y "grosero". El ya candidato presidencial respondió por Twitter, con la limitación que esto entraña, calificando como inmerecidos los epítetos y acusando al autor de ser un secuaz de la mafia del poder. Krauze, igualmente por Twitter, le endilgó al político su ya célebre calificativo de mesiánico, sólo para que este último lo tachara de conservador.

En el corazón de este intercambio subyace el recalcitrante afán de Krauze, y otros opinólogos de renombre, por arrogarse la titularidad y legítima representación de lo que ellos consideran liberalismo, colocando a AMLO, por supuesto, al margen de esa categoría que asumen como propia. Una suerte de club privado, con una membresía muy selecta y en el cual se reservan el derecho de admisión. Su diferencia con AMLO, así lo dice el mismo Krauze en un artículo que escribe días después, es que "López Obrador no valora la libertad".

Jugar con el término de libertad para descalificar a un adversario además de irresponsable es sumamente dañino para el debate público. Esta palabra, libertad, más allá de un signo o significante representa un concepto-valor de la mayor relevancia; la libertad como elemento consustancial de la democracia, como valor fundacional de la cultura occidental –la categoría de Occidente como construcción ideológica encuentra asidero precisamente en el sentido que se le da a la libertad como principio de identidad. Al hablar de liberalismo y libertad con tanta ligereza, lo que Krauze busca es estigmatizar al destinatario de sus críticas, ubicándolo como un tirano, ajeno a los procesos democráticos. Una encomienda política a la que el autor no renuncia desde hace más de 12 años. El mismo Krauze exhibe en ese texto los excesos a los que está dispuesto a llegar con tal de utilizar los términos y categorías como mejor le convenga, alcanzando el extremo de afirmar que "el liberalismo no es una doctrina, es una actitud".

Más allá del consabido recuento del liberalismo político del siglo XIX, al que ineludiblemente recurren los paladines del liberalismo actual, a sabiendas de que esa gesta republicana y federalista nada tiene que ver ya con la acepción contemporánea que hoy sirve de justificación filosófica para el orden neoliberal hegemónico, deberíamos debatir y examinar la conflictiva relación entre democracia y liberalismo.

Es aquí, en el análisis y entendimiento del binomio democracia-liberalismo, cuya sustancia es el fundamento teórico, jurídico y político de las democracias modernas, y que actualmente halla punto de encuentro determinante en el constitucionalismo liberal, donde se gestan numerosas y complejas tensiones que amenazan con romper un muy frágil equilibrio: el equilibrio democrático.

En esta tesitura, el actual discurso hegemónico apuesta por el endurecimiento de la tensión liberal, en franco detrimento de la dimensión democrática, toda vez que es esta narrativa la que le permite a sus beneficiarios, siempre bajo el argumento de la libertad, eludir cualquier tipo de vínculo jurídico o dique institucional que pueda acotar la profundización de la relación asimétrica que ejercen sobre los demás actores sociales. Krauze, por supuesto, así lo constatan sus ensayos, se encuentra en esta trinchera, aunque convenientemente recurra al liberalismo político del siglo XIX cuando así le acomode.

Por lo pronto, mala salud presenta nuestro debate público cuando aquellos que creen detentar el monopolio del disenso se sienten agredidos porque alguien osa criticarlos, o responderles. Curiosos liberales los nuestros, pontificando desde las planas de auténticos órganos de difusión paraestatales, financiados con cargo al contribuyente mexicano. Un exceso cavernario que ninguna democracia liberal se permitiría.