Política

Espejo binacional/I

febrero 24, 2018

En el transcurso de la semana pasada se informó que comenzarían los trabajos de reemplazo de una porción de la barrera fronteriza que divide a Estados Unidos de México, específicamente 3.2 kilómetros que separan a Calexico de la capital bajacaliforniana de Mexicali. En lugar de la barrera realizada en la década de los noventa con desechos de metal, en esta ocasión se instalará un muro de más de nueve metros de altura, basado en alguno de los ocho prototipos que el gobierno de Donald Trump mandó a construir el año pasado en su intención de cumplir su infame promesa de campaña. La noticia no tiene mayores implicaciones reales – la división ya existe, sólo cambiará su estructura material – pero sí conlleva el poderoso simbolismo de reiterar la separación existente entre ambos países.

Este símbolo de segregación continental, inserto en el espíritu de una época marcada por el cambio y la incertidumbre, bien puede servir como un espejo en el que México y Estados Unidos puedan verse, pensarse, a sí mismos. Hacia el norte, ese espejo de concreto refleja a un país políticamente dividido como no lo había estado al menos desde la década de los treinta del siglo pasado y donde el marco institucional, legal y partidista ha dejado de funcionar. Hacia el sur, México encuentra el reflejo de una ‘nación desdibujada’ (Claudio Lomnitz dixit), cuya representación material más clara es la desarticulación en curso del sistema de partidos que ordenó la política mexicana desde el inicio de nuestra aparentemente interminable transición democrática (personalmente, yo lo fecho en 1977) hasta hace pocos meses.

Para el caso estadounidense, es de lectura obligada el artículo de Aziz Rana titulado ‘Adiós, Guerra Fría’ (https://goo.gl/qotHPH) publicado en el más reciente número de la revista n+1. Ahí, el profesor de la Universidad de Cornell argumenta que la elección de 2016 marca el verdadero inicio de una política interna estadounidense de la pos-Guerra Fría propiamente dicha. Y es que después de la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos se construyó una especie de consenso nacional que pretendió – y hasta cierto punto logró – trascender líneas partidarias, raciales y de clase. De esta manera, republicanos y demócratas tenían programas con diferencias y contrastes claros, pero siempre cimentados en presupuestos compartidos (el excepcionalismo estadounidense, la superioridad de la libertad económica, igualdad de derechos para todos, etc.).

Ese consenso básico – que permitió el funcionamiento de instituciones legalmente diseñadas para la parálisis – comenzó a desmoronarse desde hace al menos una década, y terminó por hacerlo en la elección de 2016, cuando las fuerzas del nacionalismo blanco, por un lado, y las de un socialismo desaparecido por décadas del panorama político estadounidense, arribaron intempestivamente a una discusión pública que las había desterrado de la plaza durante la Guerra Fría. Estas fuerzas, claro está, fueron personificadas por Donald Trump y el precandidato demócrata Bernie Sanders, respectivamente. Por su parte, Hillary Clinton representó el último estertor de esa manera de hacer política en Estados Unidos típica de la Guerra Fría. Es por eso que su fracaso, en la lógica de Aziz Rana, significa la muerte final de ese consenso mínimo que ordenó la vida política interna del país durante más de siete décadas.

Se vive, pues, una época de reacomodo ideológico en el bipartidismo estadounidense. Sus alcances y consecuencias son todavía imprevisibles. En este sentido, la imagen de México al mirarse en el espejo no es muy distinta. Pues así como la sucesión presidencial de 2016 derribó las líneas partidarias que habían ordenado el debate estadounidense durante décadas, las elecciones de 2018 ya están demostrando estar haciendo lo propio con el sistema de partidos mexicano. A comentar esa imagen se dedicará este espacio la próxima semana.

Twitter: @jesevillam