Política

Madurar

febrero 12, 2018

Los veracruzanos, como mexicanos comunes, solemos llamar democracia a la mera alternancia de gobernantes de partidos distintos. Craso error, la democracia es bastante más amplia y compleja que la mera alternancia en el poder.

En estas cortedades de entendimiento, los hombres en el poder suelen usar la confrontación política como instrumento para consolidar poder pero, sobre todo, para disponer de mayor autonomía sobre los ciudadanos. Así, frente a la utilización de la estrategia de la crispación, habría que preguntar por qué algunos políticos rechazan tan decididamente la posibilidad de la moderación cuando buscan el voto y optan tan decididamente por narrativas de polarización.

En general, los gobernados distinguen con claridad entre buenos y malos gobernantes, cuando hay una democracia funcional esto suele ser suficiente para que el gobernado premie o castigue al gobernante con su voto. Pero en México el sistema de convivencia política y el procesamiento de las diferencias no es democrático. La democracia es mayoritariamente simulada o pervertida. Y suelen ser las ideologías ultramontanas limitadas de discurso y argumentos, incapaces de convencer por el razonamiento, quienes crispan el ambiente porque los procedimientos normalizados no les dan para convencer al respetable.

Veracruz no es un caso único. Lo vimos hace unos años en España con el Partido Popular en su desesperación por que la moderación no les era suficiente para derrotar al PSOE en el poder. Lo vimos también con la campaña del ahora presidente estadounidense Trump. Estrategia de la crispación continuada que ha llevado recientemente a Noam Chomsky a advertir que la raza humana se acerca peligrosamente a una catástrofe nuclear.

Son tiempos aciagos. Los tomadores de decisiones y quienes aspiran a serlo en Veracruz, privilegian la descalificación sistemática de quienes les compiten con seriedad aludiendo a indefinidas certezas frente a regresos al pasado o futuros inciertos.

Veamos, el pasado anterior a la cáfila de neoliberales subsumisos que han vendido al país, aunque malbaratado es un concepto más preciso, con todo y sus cursos de corrupción y autoritarismos y el resto de deformaciones conocidas, crearon un Estado de bienestar que hizo crecer con educación y bienestar generalizados una inmensa base de la clase media de origen asalariado que pudo enviar a sus hijos a estudiar a las universidades públicas con base también en la educación pública previa. Milagro mexicano lo llamaron en los años 60, pero la sofocante intransigencia política condujo a la petición de apertura política y eso al 68 mexicano. Fueron tiempos de inflexión cruenta que a mediados de los 70 llevarían a los primeros barruntos de apertura del sistema político mexicano. Inconsistencias y manipulaciones condujeron a la actual partidocracia que ofrece aberraciones ideológicas como alianzas electorales entre supuestos extremos antagónicos.

En este mar de definiciones y posicionamientos simplistas por chabacanos, la crispación extrema sustituye malamente a la inteligencia. El problema es que no se limita a la aspereza de las formas sino que se extiende invasiva a la agenda de todos los temas de la agenda pública, incluso en aquellos en donde ha existido algún consenso mayoritario. La crispación como estrategia no sólo afecta las relaciones entre actores políticos entre gobierno y oposiciones, afecta también la vida cotidiana de las instituciones centrales y la convivencia entre ciudadanos. En el mejor de los casos es una anomalía de las democracias maduras, polarización a la Trump. Que no es el caso veracruzano.