Política

Ian McEwan: "Todo puede cambiar en cualquier momento"

febrero 11, 2018

Hace unos años leí una novela de Ian McEwan gracias a una chica mexicana que se alojaba en la misma residencia para estudiantes que yo en París. El libro ya no cabía en su maleta y me lo regaló antes de irse.

Se trataba en realidad de una traducción al francés titulada L’enfant volée (La niña robada) y ese mismo día leí el primer capítulo, donde el protagonista va de compras a un supermercado con su nena de dos años y medio… y la pierde.

Llevaba la niña en el carrito y al llegar a la caja tuvo que sacar sus compras y le dio por un momento la espalda. Al volver a mirar, había desaparecido, la buscó y al no encontrarla gritó su nombre. Todo el mundo comprendió lo que había pasado. En el estacionamiento había dos patrullas, los policías pidieron refuerzos, que acudieron en seguida y acordonaron el área. Se revisó el edificio, pero la niña no apareció.

El protagonista tuvo que volver a su casa, donde su mujer se había quedado a descansar un poco y él tuvo que informarle lo ocurrido. Imagínense.

El incidente es trágico, pero al mismo tiempo ridículo, y ese tipo de mezclas es característico de este escritor inglés.

Además, hay la idea central: Que "todo puede cambiar en cualquier momento".

Desde luego, yo seguí leyendo, pero no les voy a contar en qué acaba.

Antes de vacaciones, compré ejemplares de otras dos novelas de Ian McEwan.

El protagonista de Solar es un científico que ya obtuvo el Premio Nobel y ahora trabaja en la energía del título, pero este proyecto no era suyo, sino de un joven que tuvo una muerte inesperada y le dejó una carpeta con sus ideas.

El chico, por cierto, se mató al pisar una alfombra –una piel de oso, en realidad– y resbalar golpeándose la cabeza contra la esquina de una mesa

de centro.

El protagonista se dio cuenta de que nadie creería que fue un accidente y lo iban a culpar, pero reaccionó y le hizo algunos ajustes a la escena para incriminar a un albañil que había amenazado al joven –ambos eran amantes de la esposa del científico.

Este, por cierto, era un mujeriego incurable, y una de las mejores historias de esta novela es la de su primera esposa, una estudiante de la que oyó hablar en un bar y le interesó en seguida.

Logró localizarla y vio que era más bonita de lo que había pensado, pero ella lo mandó por un tubo cuando le propuso un café; y es que a ella un estudiante de ciencias le parecía un tarado con el que no era posible hablar.

El rechazo no lo sorprendió, porque no se consideraba (y no era) muy atractivo, sino más bien chaparro, rechoncho, usaba lentes y ya era calvo; sin embargo, era un auténtico cerebro e investigó a la chica, que estudiaba letras y preparaba una tesis sobre Milton.

Consiguió todos los libros del poeta y leyó además todo lo que pudo al respecto, luego la vio y a la primera oportunidad citó unos versos que la joven reconoció, lo que le permitió entablar una conversación que los llevaría a contraer nupcias poco después y a convivir varios años.

Lamento no haber leído esta historia ejemplar cuando tenía 18 años, pues creo que la hubiera aprovechado.

El protagonista siempre se salía con la suya, en fin, pero todo se va complicando hacia el final y no se sabe si logrará escapar como Houdini.

La novela incluye pasajes muy divertidos y vale pena echarle un ojo.

En cuanto a la otra novela que compré, Amor perdurable, empieza con el picnic de una pareja; el narrador se disponía a descorchar una botella de vino cuando oye un ruido y ve un globo aerostático que cae; en la canastilla se encuentra un niño y su abuelo, que había bajado, trata de sujetarlo; otros hombres y el narrador acuden en su ayuda, pero tienen que soltarlo; solo uno se aferra a una soga, pero cae. El globo descendió luego a unos kilómetros y el niño se salvó. El problema es que así el narrador conoce a un individuo que se obsesiona con él y le va a hacer la vida imposible. En fin, una situación muy propia de McEwan.