Política

Pensar desde hoy

febrero 08, 2018

◗ Congruencia entre hablar y hacer

No hace falta ser experto en nada para darse cuenta, al leer a los biógrafos, compiladores de anécdotas o doxógrafos de la antigüedad, de todo lo fantasiosas e imposibles que son las tramas de las vidas que narraron. Nadie cree en realidad que Pitágoras tuviera un muslo de oro o que a Olimpíade le cayera un rayo en el vientre antes de concebir a Alejandro. Incluso, la mayoría de las veces, anécdotas no tan extravagantes resultan imposibles en el tiempo y, con mucha seguridad, las audiencias griegas de aquellos años lo sabían perfectamente. Lo sabían y no importaba. Ese saber, evidente ya para cualquiera, nos hace pensar que la intención básica de sus escritos poco o nada tenía que ver con los propósitos que ahora les otorgamos. En términos generales, cuando acudimos a una biografía o a una entre tantas historias del pensamiento, buscamos que nos diga la verdad de lo ocurrido. Buscamos la verdad del hecho o el dato, lo verificable en la memoria. El resto pertenece sólo al campo de la licencia poética y, tildado de literatura, merece poca o nula atención por parte de los estudiosos. La infidelidad de los antiguos para con la historia, el tiempo y las realidades, no parece sin embargo ser producto de la ingenuidad y más bien responde a una concepción específica acerca de la relación entre carácter y acontecimiento, carácter e idea, disposición anímica y significado, que, a nosotros, herederos de la muerte del autor, reticentes a juzgar las obras de un personaje a partir de las hazañas de su vida, no puede sino parecernos una cosa muy absurda o, cuando menos, en los círculos filosóficos, un asunto problemático.

A contracorriente, estos viejos escritores asumían que un relato de este tipo debía aprobar el examen de la consistencia. Es decir, hacían depender la verosimilitud no de la correspondencia entre el acto y el hecho, sino de la congruencia entre el acto descrito y el carácter de quien esa acción se predicada. El por qué, sintomáticamente, es un llamado: si la consistencia era la vara con que se medía la calidad de biografías e historias, era, justamente, porque ésta se solicitaba a los personajes que constituían el relato. Esto no quiere decir que se le pidiera a Pitágoras tener un muslo de oro o que los juicios sobre la vida y obra de Alejandro dependieran de si un rayo hubiera o no caído sobre el vientre de su madre. No, la petición de consistencia revestía más bien un carácter a la vez existencial y ético, una necesidad de ser congruente con la propia palabra y la propia vocación. Un llamado a la honestidad intelectual que comunicara al ser con el hacer.

Algo intempestivo, ciertamente, recubre esas ideas. En eso consiste su ser al mismo tiempo que un llamado una interrogación y un elemento crítico para pensar, en nuestro propio contexto, si acaso esa consistencia es un asunto desechable. Después de todo, la filosofía contemporánea ha entendido muy bien que el texto posee autonomía y vida propia. Que las palabras no le pertenecen a la voz de los hablantes y los escritores y que, en cambio, están ahí para ser a perpetuidad resignificadas. Sin que nada exista de falso en todo eso, uno puede preguntarse, al trasluz de la consistencia que guiara al pensamiento en la antigüedad, si es en serio una cosa fútil pedirle a quien habla, a quien escribe, que dé cuenta de su palabra en su acción o, para recordar una metáfora del periodo clásico, que su mano se encuentre en relación con sus ojos y su boca.

Quizá la pregunta más importante no sea si el texto es o no autónomo, sino cuál es el precio de disociar a la boca de la mano. Para estos antiguos, el valor del discurso y su extrema publicidad en contextos sociales diversos, descansaba en la posibilidad de que la vida pudiera convertirse en una obra de arte y si el prestigio de los filósofos, artistas y demás, recaía en algún lado, era justamente ahí.

No hay, por supuesto, manera simple de responder. Si aplicamos la consistencia como un dictum, nos quedaríamos sin autores: de Aristóteles a Heidegger, la historia está marcada de reproches. Pero si separamos radicalmente la vida del pensar, el valor de la palabra se pierde entre la duda y sólo con dificultad nos será posible escapar al desprecio que en general sentimos por lo teórico, lo erudito, lo naturalmente complejo o difícil de aprehender. Aunque la apuesta no es sencilla, debe, como toda apuesta, realizarse. Porque el precio de esa ruptura, de ese amortiguamiento moral que posee la palabra respecto a sus agentes, ha terminado por roer la figura del intelectual al punto de volverlo poco más que un falso ídolo.

El Instituto de Filosofía UV los invita a seguir la columna Pensar desde hoy cada jueves y retroalimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo pensardesdehoy@gmail.com

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