Política

Gobernar para la familia

enero 12, 2018

Las gestiones de Javier Duarte y Miguel Ángel Yunes Linares serán históricamente recordadas porque ambas lograron exacerbar, por distintas razones aunque similares en el fondo, la polarización política y el encono entre los veracruzanos al ejercer gobiernos sectarios, enfilados casi exclusivamente a buscar perpetuarse en el poder.

En el caso del primero, por dedicarse a administrar el dinero público, dejar crecer por oscuras razones la inseguridad que propició la muerte de 22 periodistas y un sinnúmero de jóvenes levantados y desaparecidos de la manera más vil. La pantagruélica corrupción que sembró el enojo del pueblo, cometida por una camarilla de socios, amigos y afines políticamente, que hicieron de la rapiña un modo de vida cuyas huellas no es difícil seguir, favoreció las condiciones para una esperanzadora alternancia.

Aunque de hecho, algunos de los conspicuos duartistas, incluyendo al jefe del clan, se encuentran encarcelados bajo proceso, otros gozan de la protección y el amparo de las nuevas autoridades que piensan aprovechar un supuesto capital electoral y económico para fortalecer el proyecto sucesorio del gobernador en la persona de su hijo, el ex alcalde de Boca del Río.

El costo que pagó el PRI por postular a Javier Duarte fue altísimo, pues el impreparado, inexperto y ambicioso joven fue metido a chaleco por el ex gobernador Herrera Beltrán, su padre putativo, con el afán de darle continuidad a una supuesta renovación de la élite gobernante veracruzana, pero en el fondo puesto ahí para realizar un control de daños sobre las cuentas sexenales del anterior gobierno.

Por el lado del panista, a un año de un gobierno fracasado, sus falsas promesas y cínica y visceral manera de gobernar lo están alcanzando al verse incapaz de contener la inseguridad y la violencia cuyos índices han rebasado ampliamente los peores momentos del duartismo; pero al mismo tiempo echando a perder la posibilidad de que la alternancia en el gobierno del estado consolidara la democracia en Veracruz, dado que sus decisiones como estadista no corresponden a promover el bien público, sino a estructurar un aparato electoral alimentado por programas sociales y dinero público, en el que al ir de por medio la derrota o el triunfo de su vástago, hace de la función pública, del hecho de gobernar, una mera cuestión de familia.

En ese afán de gobernar para seguir en el poder, ha abierto sendos frentes de batalla contra quienes considera sus enemigos políticos. Sin pudor alguno, Yunes Linares aparece como el jefe de campaña de su hijo, muestreándose en lugares públicos con el candidato del PAN-PRD-MC, Ricardo Anaya, y llevando como apéndice a quien ha decidido lo herede en la silla gubernamental.

En cambio, con el discurso de que quienes están de su lado representan el cambio y la renovación moral del poder público ataca a todos los demás, en un sinsentido en el que hay que recordar que sólo la tercera parte de los electores que acudieron a votar en 2016 lo hicieron no por su arrolladora personalidad o propuesta, sino en contra de todo lo que en su momento representaba Javier Duarte.

Al consagrarse a debatir con la oposición, particularmente con un discurso porril y golpeador en contra del morenista Andrés Manuel López Obrador, y tratando de mantener vigente la asociación del priísmo con la corrupción duartista, el gobernador abandona su papel de estadista para convertirse en promotor del voto en favor de su partido, gobernando exclusivamente para sus votantes y favoreciendo un ambiente de fanatismo electorero en el que los que no están de su lado y de su familia, se convierten en enemigos.