Política

Genio y figura

enero 11, 2018

Las cadenas nacionales de televisión norteamericanas como NBC suelen tener programas informativos presentados en forma de monólogos de sátira política, todos pueden verse en el portal YouTube. Son muchos comentaristas que, en su propio estilo, hacen uso de la sátira para reseñar algún evento significativo que haya marcado el día. Hace un año que todos, sobre bases diarias, hacen escarnio e informan de las novedades de "reality show" de la Casa Blanca y especialmente del presidente estadounidense. Trump los alucina como su némesis. En el último año no ha habido un día en que el presidente no sea el tema del monólogo. La razón es sencilla: no ha habido un día en que Trump no dé motivo a escarnio. El señor es prolífico en verborrea y abundante en quejas por las fake news. Para él, quejarse de la prensa y desautorizarla, llamarla mentirosa, es un hábito obsesivo. No sólo un estilo de relación, también una política pública.

Guardadas todas las proporciones y respetados los estilos personales, en varias ocasiones el gobernador Yunes Linares evoca al presidente de Estados Unidos. Especialmente cuando apela a un todo confrontacional incómodamente parecido también al del porril Ochoa Reza, presidente nacional del PRI.

Un mal fario incómodamente indicativo de ínfimo nivel de la política –y los políticos– en estos tiempos aciagos.

El gobernador Yunes fue elegido en unos comicios divididos en tercios apretados, básicamente por presentarse como la antítesis de lo que representa el actual PRI en general, pero muy especialmente lo que representan 18 años, tres sexenios, de corrupción continuada y sistematizada. El gobernador logró presentarse de forma que parecía verosímil que hubiera madurado lo suficiente para atemperar impulsos y estilos. Más allá de eso, el electorado realmente esperaba que hubiera un cambio en la forma de hacer política y procesar las diferencias. Eso no quiere decir que se esperaba la implacable tersura de estilos polemistas referenciales, como el del león Winston Churchill o el tigre Clemenceau.

La respuesta al "loco López Obrador" deja claro que no fue así.

Desde luego, el gobernador puede odiar o buscar confrontarse con quien que le venga en gana. En todo caso dependerá del otro si casca el pleito o no.

Pero sí resulta una cierta contrariedad que el gobernador, en nombre de la sinceridad y el plantar cara, apele al denuesto directo y opte por el enfrentamiento con base en la descalificación de entrada y total. Desde niños aprendemos que eso son bravuconadas.