Política

Calidad ciudadana

enero 10, 2018

La llamada transición democrática mexicana ha tenido un déficit de origen que en todos estos años –desde la reforma política de López Portillo en 1977, seguida de la retahíla de reformas subsecuentes– no ha podido superar. Le ha faltado una ciudadanía que la acompañe. Esto explica su disfuncionalidad y la razón por la que los partidos políticos se la han apropiado en beneficio de sus élites. Es también la razón por la que lo que alguna vez fue un sistema político autoritario, con reglas del juego se transformara en un sistema de complicidades dentro de un cascarón vacío de simulación institucional igualmente deficitaria.

El desinterés ciudadano por los asuntos públicos que los determinan es preocupante, las consecuencias las sufren la población todos los días, pero, salvo excepciones notables, no parece interesada en la participación activa para resolver problemas y situaciones indeseadas.

Se ha ampliado el tiempo de convocatoria para la integración ciudadana del sistema anticorrupción en virtud de que sólo ha habido una propuesta para integrar un sistema que precisa de nueve ciudadanos.

La democracia y la consolidación institucional funcionan sólo bajo la premisa de la participación ciudadana. Cuando esta no es, tampoco lo son la democracia ni instituciones confiables.

Los males que paralizan al país y drenan su riqueza pública se sintetizan en la corrupción, Podrán emitirse leyes que la desalienten y castiguen con severidad, podrán inventarse instituciones y organismos de vigilancia, podrá hacerse cualquier cosa y fracasará todo irremediablemente si no existe la participación ciudadana en los asuntos públicos. En todos los asuntos públicos.

No hay parte del territorio del país que no acuse algún tipo de problema capital que lastima a la sociedad y la convivencia. Nada se resolverá si los ciudadanos no se deciden por un papel proactivo en la solución de los problemas, en su vigilancia organizada y en la exigencia a las autoridades.