Política

Pensar desde hoy Identidad y democracia

diciembre 07, 2017

Nuestro presente está siendo definido por el choque de dos fuerzas antitéticas que se disputan el espacio de inflencia ciudadano: uniformidad y diversidad. Sin embargo, más allá de las apariencias, estos dos procesos confluyen con frecuencia en la contención de derechos y libertades individuales. Contra el aberrante monismo cultural de la globalización que se está produciendo en muchos lugares del mundo, de pocos años hacia acá ha surgido la, no menos aberrante, devoción a una diversidad mal entendida. Esto último está conduciendo a una deriva identitaria que se está dando por doquier en buena parte del mundo y se está traduciendo en movimientos fraccionarios de la sociedad. A lo largo de la historia, mediante la identidad los grupos se han diferenciado y reafirmado frente a sus contrarios: los griegos de la antigüedad se autodenominaban civilizados frente a los demás pueblos no helenos a los que consideraban bárbaros, en la Edad Media los musulmanes consideraban infieles a los cristianos, etc., es decir, la eterna confrontación del nosotros opuesto al ellos. La identidad primitivamente sirvió para que los distintos grupos humanos se organizaran en tribus y, más recientemente, supone un elemento catalizador de la nación y, por supuesto, del sentimiento nacionalista. Y es aquí donde entramos en el quid de la cuestión: esa identidad nacionalista -y la historia no miente- es excluyente y se sustenta en la significación de la diferencia del "si no eres como yo, eres el otro". En muchos casos el nacionalismo ha demostrado cómo la simple existencia del otro es percibida como una amenaza existencial al propio ser o a la esencia nacional. El nacionalismo identitario, dotado de un carácter fuertemente comunitario, restringe la libertad individual y es contrario a la democracia. La razón está en que el nacionalismo impone la diferencia excluyente que elimina el respeto al otro, respeto que es el principio fundamental de las sociedades democráticas. Es entonces cuando el otro se convierte en el enemigo. Y el enemigo, como diría el pensador nacionalsocialista Carl Schmitt, solo puede ser reducido si es eliminado, a fin de proteger la propia existencia de la identidad. No fue baladí por lo que Hanna Arendt apuntó la idea de que el nacionalismo supone la expresión de la perversión del Estado que identifica al ciudadano con el miembro de la nación. El nacionalismo se convierte, de esta manera, en un sucedáneo emocional de la religión, en el que los dogmas fundamentales terminan siendo la lengua, la cultura y el territorio. Y todo ello se construye bajo un manto mesiánico que oculta siempre un concepto distorsionado de la democracia: el mito de que "todos somos" de nuestra nación, devotos fieles del "alma del Volk", es decir, del pueblo. Un pueblo entendido como ente metafísico superior ante el cual son relativos individuos o minorías, sin contemplar que haya ciudadanos que no concuerden con esta concepción absoluta de nación. Esta escuela de idiotez, en el sentido griego clásico que refiere a "lo mío, lo propio", convierte esa mística nacionalista del autoconocimiento a elaborar una cosmovisión reducida al yo y al nosotros que combate la diversidad, extermina cualquier tipo de divergencia e impone al servicio de los ideales nacionales una cultura y una historia reelaborada ad hoc, como la historia demuestra. No por nada el historiador francés Ernest Renan, ya desde el siglo XIX, advertía que "para ser una nación, uno de los elementos esenciales es interpretar la historia de un modo equivocado". Como epílogo una creencia personal: como diría el genial humorista español Gila, el patriotismo y el nacionalismo son un invento, una creación de las clases poderosas para que las clases inferiores no se preocupen por las cosas que preocupan a las clases poderosas.

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